Aborto: la realidad es bastante compleja y llena de mugre pero no vende espejos de colores

por Daniel Vimett (@dvimett)

Ilustraciones: Cho Bracamonte (@chobracamonte)

Hace pocos días vi la intervención de este señor de apellido impronunciable ante el Congreso de Argentina [1]. Véanla ustedes también, si no han tenido ya ocasión:

No es un asunto muy difícil el que nos expone Darío Sztajnszrajber. Al menos, para mí. La opinión balbuciente que expondré es una forma de empezar a intentar responder a alguna de esas preguntas que nos surgen desde la brevedad de su discurso. Una en particular: ¿qué es hacer política?

El discurso de Sztajnszrajber se sustenta en algo evidente: la moral respecto al aborto, y la muerte en general, siempre ha tenido un sentido profundamente práctico. Y basta hacer un breve repaso de la historia para comprobarlo. Todas las sociedades, desde la más remota antigüedad y en prácticamente todas las culturas, han consentido el infanticidio – y el suicidio, la eutanasia y el asesinato – en determinadas circunstancias. Para el colectivo social hay vidas que no merecen la pena vivirse. En Roma las Doce Tablas reconocían el derecho paterno a cometer infanticidio, e incluso Cicerón afirmaba que es un deber del padre matar al hijo deforme. Platón lo aprueba en la República y Aristóteles [2] en La Política. Hasta el siglo IV, ni la ley ni la opinión pública veían nada malo en el infanticidio que se verificaba en Grecia o en Roma.

Durante la Edad Media, por influencia del judaísmo y del cristianismo, se elabora un nuevo discurso sobre la muerte y se rechaza, teóricamente, cualquier forma de infanticidio. Aunque en la práctica estos hayan sido recurrentes: si atendemos lo que narran las actas de Aquisgrán, los monjes y monjas de los monasterios medievales mataban sistemáticamente a sus hijos. Estos ascendían a lo más alto en la escala del pecado y resulta habitual hallarlos citados como «anticristos» en la literatura de la época. Su destino por tanto debía ser la muerte, para eliminar el mal que traían consigo. Pocos años después de celebrado el sínodo de Aquisgrán, los cadáveres de mil niños fueron encontrados en las inmediaciones de una abadía.

Podemos justificar que lo ocurrido en un monasterio del siglo VII es un caso puntual, y que la Edad Media fue un tiempo anárquico y carente de estructuras de Estado. Pero de algún modo las prácticas de la Iglesia y sus miembros parecen repetirse sin importar los siglos. Al igual que los monjes del siglo IX, las religiosas del orfanato de Tuam, en Irlanda, se deshacían de los cuerpos de los infantes a su cuidado en el espacio destinado a los desperdicios fecales. Un total de setecientos noventa y seis niños, de entre 35 semanas y 3 años de edad, fueron arrojados a la fosa séptica del orfanato, entre los años de 1925 y 1961. Es decir, durante todo el tiempo en que la institución estuvo en funcionamiento.

Hay además un motivo adicional para estos infanticidios registrados en la Edad Media y Moderna: la causa económica. Las crisis y hambrunas medievales motivaban que muchos padres abandonaran a sus hijos a su suerte cuando no podían darles de comer. El eco de esta costumbre, vertido a la tradición oral, fue recogido por los hermanos Grimm en el cuento de Hansel y Gretel, y se ve reflejada en la genial Una Humilde Propuesta [3], de Jonathan Swift, donde el escritor irlandés ofrece una descabellada solución del problema de los niños y la miseria: Swift recomienda, tras una supuesta consulta a los expertos, que los padres pobres se coman a sus hijos. Así no sufrirán, y será bueno para la restauración o el comercio, además de muy beneficioso para la sociedad. Un uso tremendamente actual de la ironía para mostrarse crítico con una realidad trágica.

La tasa de infanticidio era bastante elevada hacia el siglo XVIII en todos los países de Europa. En 1890 todavía se veían con frecuencia niños muertos en las calles de Londres y era común abandonar a los recién nacidos en los tornos de casas de beneficencia, lo cual era una forma encubierta de infanticidio. Estos establecimientos eran auténticas carnicerías: cuando los padres ya no pagaban su mantenimiento las nodrizas asesinaban a los niños. La costumbre de abandonar niños con nodrizas persistió en Alemania hasta el s XX.

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En 2015 el Parlamento brasileño aprobó la Ley Muwaji que pretende combatir prácticas tradicionales “dañinas” en comunidades indígenas, entre ellas el infanticidio. Cuentan los antropólogos que han estudiado a los yanomano y a los suruwaha que es frecuente que las madres maten —por ejemplo, enterrándolos vivos— a sus hijos recién nacidos cuando se enfrentan a lo que para ellos sería un gran inconveniente: neonatos deformes, niños de madres solteras, mellizos, gemelos o incluso, en el caso de las niñas, cuando se percibe la necesidad de cierto control demográfico en la aldea. El sesgo sexual en el infanticidio no es un caso aislado: los esquimales solían abandonar en la nieve a las niñas nacidas y esto al parecer se relaciona con el hecho de que son los varones adultos los que cazan y proveen a sus grupos. En China, Birmania, India, Bangladesh, Jordania, Pakistán o Tailandia, tiene mucha más probabilidad de morir una niña recién nacida que un niño. El economista indio y premio Nobel Amartya Sen, escribió un artículo titulado “Más de 100 millones de mujeres desaparecidas”: estima que ese es el número de niñas y mujeres inexistentes en el continente asiático, víctimas por mera razón de sexo de mayor mortalidad que sus coetáneos varones. “Criar a una hija es como regar el jardín del vecino”, reza un antiguo proverbio hindú.

En Argentina, hasta hace muy poco, cuando la madre de un recién nacido lo mataba, se imponía una pena mucho menor que a cualquier otro asesino [4]. Un crimen atenuado por la cuestión de honor, haciendo referencia a la mujer que para ocultar su deshonra asesinaba a su bebé. Esta “ventaja” ya no existe en nuestra legislación, pero permanece así en la de muchos países [5].

Muchos antropólogos y biólogos han discutido las causas del infanticidio. Y no se han puesto de acuerdo. Que sea una forma de control de población, como sostenía Marvin Harris, o una estrategia dirigida al éxito reproductivo de otros hijos, presentes o futuros, es una cuestión muy interesante, pero podemos dejarla para otra ocasión. Son incontables los episodios en que los niños fueron sacrificados de múltiples maneras con fines variados: desde los religiosos hasta los económicos  Lo que importa es que siempre ha existido y que sigue existiendo y que ha sido un comportamiento mucho más extendido de lo que pensamos. ¿No es relevador el hecho de que la muerte del niño ha tenido y tiene implicaciones prácticas considerables?

El infanticidio era más habitual en épocas pasadas porque los métodos abortivos eran muy peligrosos. Simplemente es más sencillo y menos arriesgado para la madre matar al recién nacido o procurar que no tenga oportunidades de crecer que beber pócimas [6], golpear la barriga o introducir objetos. La popularidad del infanticidio decayó precisamente cuando los métodos anticonceptivos y el aborto se hicieron más seguros. Los sistemas de control de natalidad [7] permitieron rebajar el número de hijos y los niños se volvieron más valiosos porque la inversión en ellos era cada vez mayor. Esto provocó una cultura de protección de la infancia y muchas personas han interiorizado que siempre fue así, pero el uso generalizado del infanticidio a lo largo de la historia nos dice que la “beatitud de los niños” está muy lejos de ser un universal antropológico, y que esa idea de que las mujeres están programadas para tener una pulsión reproductora y para cuidar de sus crías es, al menos, matizable.

Las personas solemos confundir los productos de la evolución cultural con principios inmutables, el valor absoluto de la vida humana es un buen ejemplo de ello. En dicho principio se basan la abolición de la pena de muerte, el castigo del homicidio y también, en parte, el rechazo del aborto. Qué la vida humana haya adquirido un valor “absoluto” ha sido resultado del miedo a relativizarla, por ejemplo, y que eso dé lugar a regímenes genocidas [8]. Pero quizás cuestionar la vestidura de valores absolutos sea la mejor forma de evitar los horrores: de ellos surge el mal de la “tolerancia cero”, la idea de que ciertas cosas están mal y hay que perseguirlas cueste lo que cueste. Aceptar que el razonamiento sea simplemente práctico, insistir en que el derecho es un resultado cultural y que las normas y leyes deben basarse en razones fundamentadas en una ponderación serena de pros y contras, es el mejor camino para reducir el sufrimiento y defender la dignidad humana en las sociedades. Lo ha sido siempre.

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Es común leer ese argumento a favor dela interrupción voluntaria del embarazo: el embrión en el primer trimestre de desarrollo no es un ser humano. Un argumento que busca enmascarar la misma naturaleza del aborto, bajo eufemismos como “derecho reproductivo”. El aborto es, por definición, interrumpir la vida de un ser humano dependiente en un momento de su desarrollo [9]. Opinar respecto a si un feto es o no es como discutir si una molécula de agua está formada por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. La discusión ética se centra en si esa vida a interrumpir es o no una persona, es decir, un ser humano depositario de dignidad, tampoco entendida como un resultado absoluto, producto de alguna norma ajena y preexistente o divina, sino un producto histórico, casi artesanal; una joya de la civilización, que debemos cuidar porque es el humus del bien.

En otra la trinchera, la antiabortista, se suele remarcar las incalculables posibilidades que se derivan de la potencial existencia de esa persona. Esta idea ha sido ridiculizada hasta el hartazgo en numerosos memes, pero más allá de la trampa ética (la diferencia entre los seres que existen, los que tienen una biografía, y aquellos que podrían haberla tenido) ¿no oculta este razonamiento el alegato de que la existencia de un ser pensante se estaría justificando no por su dignidad, sino por los beneficios que aporta la sociedad? Ello también es una relativización del valor absoluto de la vida humana, ese que los antiabortistas dicen defender [10].

No pretendo, no obstante, desarrollar mucho lo anterior, menciono estos alegatos como ejemplo de hasta qué punto debatir sobre dogmas es un camino sin salida. Uno que lleva a la necedad. La complejidad nos asusta y nos agota, y por ello rechazamos la ambigüedad, suprimimos la duda y exageramos el valor de la coherencia. Así el fundamentalista, en su mirada del mundo, tiene certezas absolutas. Utiliza la religión o la ideología como una fuente inagotable de respuestas rotundas, y a menudo, equivocadas.

La ciencia, asiduamente contrapuesta a la religión, en realidad ayuda bien poco, porque la cuestión para la mayoría de los antiabortistas se reduce a la aparición de un ser humano único y eso se produce en el momento de la concepción, y porque el derecho, otra construcción cultural, puede incluir al preembrión desde el momento en que lo decidamos. La ciencia no puede ser decisiva en este asunto, como mucho nos dará alguna información relevante [11]. Los antiabortistas se centran en el concepto vida humana o ser humano porque ahí se sienten fuertes y en realidad da lo mismo.

Entiendo que a muchas personas, a menudo injustamente acusados de retrógradas, el aborto les parezca un crimen cruel y horrendo, y que la trivialización de sus sentimientos con frecuencia resulta gratuita.  Pero también comprendo que la realidad a veces es mucho más complicada, pero que no es lo mismo un feto de cuatro semanas que uno de quince, ni un recién nacido que una persona de treinta años, y que el derecho debe llegar a soluciones razonables que eviten que las mujeres pongan en riesgo su vida abortando en tugurios infectos, o que asesinen subrepticiamente a sus neonatos, y que poder decidir cuándo tener un hijo o no es importante, porque se relaciona directamente con la vida de una persona adolescente o adulta, y de esa decisión puede depender como va a ser la vida de aquel que viene al mundo. Comprendí que siempre es mejor defender una postura más cercana a la libertad que a la prohibición, y que es necesario bajar a la realidad y pensar en soluciones. Que es preferible que el aborto se regule con claridad, en un listado de derechos  y obligaciones, basados en la autonomía de la voluntad, antes de ser una actividad sumida en la clandestinidad, que sea legal y se convierta en una actividad sometida al derecho y a las normas sobre seguridad social.

Nuestras instituciones no pueden basarse en dogmas, las normas de un sistema equilibrado y que privilegiase la seguridad jurídica solo se producen a partir de acuerdos básicos: eso es hacer política. Es un dato el que muchas personas en nuestra sociedad consideren el aborto un grave crimen, y lo seguirán pensando aunque se prohíba a partir de una determinada semana de embarazo, pero tendrán que admitir que es “mejor” que se prohíba de forma eficaz a partir de esa fecha a que se permita en cualquier caso. Esa es una de las razones por la que el aborto ha sido legalizado en la mayoría los países fijando un plazo antes del cual se permitirá practicarlo sin restricciones, y fijando consecuencias penales para los abortos a posteriori. Con un plazo razonable, salvando excepciones de casos conflictivos como el riesgo para la vida de la madre, ninguna mujer puede alegar que no ha tenido oportunidad de evitar un embarazo no deseado y la consecuencia sólo puede ser que, traspasado ese límite, el aborto sea delito. Y la penalización de ese delito es el pago que se hace a los que se oponen al aborto para encontrar un lugar de acuerdo.

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Me pregunto cuántas personas admitirán esa penalización. Y me lo pregunto porque creo que los argumentos sobre la dominación encubierta o la violencia estructural que llevan a alguien a tomar ciertas decisiones (como fundamento para indultar) son una forma de enmascarar nuestras posiciones morales. La mayoría de los actos importantes realizados por la gente se encuentran condicionados de forma más o menos intensa. Somos nosotros y nuestras circunstancias. Sin embargo, a muchos nos cuesta entender que haya individuos que hagan “ciertas” cosas, y necesitamos una explicación extrínseca. Esto sucede regularmente con las conductas “mal vistas”, y tengo tendencia a sospechar de esas justificaciones. No puedo evitar pensar que se dirigen, no tanto a hacer el bien, como a servir de consuelo moral de los que no comprenden que la libertad de los demás consiste también en que puedan hacer aquello que nosotros no haríamos y que nos repugna.

Sabemos que hay personas más tontas o más listas, más ricas o pobres. También sabemos que la suerte influye y que tiene que ver con cosas como el lugar de nacimiento, el sexo, la clase social o tus características físicas. Y conociendo todo eso las leyes se aplican sobre la ficción abstracta de que los de que los seres humanos iguales, libres y capaces de tomar decisiones, y es una ficción importantísima porque no hay alternativa. Hacemos algo inteligente: presumimos la capacidad y la libertad, y quien los discute en el caso concreto tiene que probar que no concurren. No decimos “te condeno por ser un monstruo” o “te indulto por ser un mártir”, sino algo mucho mejor. Decimos: “sos libre y responsable de tus actos”.

La libertad es eso: dejar de discutir las razones por las cuales la gente hace esto o aquello y que asuman las consecuencias de sus acciones [12]. Las leyes no pueden completar las decisiones de la gente, con un Estado que indicara cuál es la decisión correcta, una especie de Gran Hermano capaz de resolver qué nos conviene. Y es mucho mejor así. Lo contrario es abrir las puertas a la tiranía. Somos responsables de nuestros actos y solo de nuestros actos, que siempre son consecuencia de un entorno que nos incluye pero no nos exculpa. La cuestión es si el aborto debe o no ser legal. Si finalmente lo es, las mujeres deben poder decidir sin intromisiones y ser responsables de esa decisión.

Hemos comprado un mundo irreal en el que todo debe hacerse por un buen motivo.  Un mundo donde todas las causas y efectos encajan maravillosamente, una interesante forma de consuelo psicológico para nuestras dudas morales. Y cuando no encajan maravillosamente, adecuamos el relato a los perfiles del peor monstruo o el mártir perfecto. Así creamos un conjunto de prejuicios que a menudo son como vampiros, se alimentan de trozos de realidad. Y la realidad es bastante jodida y llena de mugre, pero no engaña ni vende espejos de colores.

¿Hagamos política?

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  1. Más allá de si estoy de acuerdo o no con quienes exponen sobre la legalización del aborto en el Congreso, quiero entender por qué son ellas las que hablan ¿Alguien me lo explica? Un desfile de cientos de personas, muchos de los cuales no cuentan con más credenciales que la fama. Lejos estoy de oponerme a la libertad de expresión de Miss Bolivia y Doña Jovita, es simple curiosidad.
  2. Aristóteles en La Política, libro VII, 1335.: “En cuanto a la exposición o crianza de los hijos, debe ordenarse que no se críe a ninguno defectuoso, pero que no se exponga a ninguno por causa de los muchos hijos, en el caso de que la norma de las costumbres prohíba rebasar cierto límite; la procreación, en efecto, debe limitarse, pero si algunos tienen hijos por continuar las relaciones más allá del término establecido deberá practicarse el aborto antes de que se produzcan en el embrión la sensación y la vida, pues la licitud o ilicitud de aquél, se definirá por la sensación y la vida”. Lo que se dice, un progresista.
  3. “…Y es exactamente a la edad de un año cuando yo propongo disponer de ellos (los niños)  para que, en vez de convertirse en una carga para sus padres o para el municipio, o necesitar comida o ropa durante el resto de sus vidas, contribuyan por el contrario a alimentar a otros miles y, en parte, a vestirlos. Mi plan tiene además otra gran ventaja, pues detendrá todos esos abortos voluntarios y esa costumbre horrible que tienen las mujeres de asesinar a sus hijos bastardos —¡algo que es lamentablemente demasiado habitual entre nosotros!—, sacrificando a los pobres niños inocentes para evitar —me temo— más el gasto que la vergüenza, algo que podría arrancar las lágrimas y la compasión del corazón más salvaje e inhumano”. Jonathan Swift, otro progresista.01 (3)
  4. La figura del infanticidio en la ley argentina hacía referencia exclusivamente a la madre que asesina a su hijo durante el post parto, no a la matanza de niños en general. Estuvo  contemplada en la ley 11.179 (Código Penal de la Nación Argentina) y fue derogada por la ley 17.567. Regresó con la ley 20.509 y fue nuevamente derogada con la ley 21.338. En 1984 reapareció a partir de las reformas del texto ordenado del Código Penal (decreto 3992/84). Finalmente, la ley 24.410 del 30 de noviembre de 1994 derogó el tipo penal de infanticidio.
  5. Por citar algunos, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Venezuela. Otros tantos, entre los que se encuentran Canadá, Alemania, Japón, Suiza o Reino Unido poseen penas relativas a las mujeres que matan a sus hijos, por lo general menores de 1 año de edad, aunque por consideraciones que nada tienen que ver con el honor.
  6. Algunas de las pócimas más populares en la Antigüedad y la Edad Media: pasta hecha con estiércol de cocodrilo, aceite y mercurio calientes o el “agua de herrero”, es decir, el agua residual que los herreros habían usado para enfriar el metal. Con esta última perdían a los bebés, pero también podían quedar estériles o fallecer, debido al plomo líquido que contenía el agua.
  7. Sí, el aborto también es un sistema de control de natalidad.
  8. Entiendo que pueda parecer justo lo contrario: la relativización de la vida humana (el judío no es hombre,      ergo, se le puede exterminar) nos ha hecho ver y reforzar lo absoluto de ésta. Un progreso moral. Y si bien es cierto que esa relativización está, por ejemplo, en la raíz de la ideología nazi, para volverse totalitaria dicha     ideología debió revestir su racismo y nacionalismo de valores absolutos. La locura genocida y el fascismo se   promueven y funcionan en el absolutismo, no en el relativismo, aunque precisen de ambos.
  9.  Naturalmente, soy consciente de que la definición “ser humano dependiente en un momento de su desarrollo” no la admitirá mucha gente, pero la creo razonable y, cómo es la mía, la expongo. Si lo desean pueden proponer eufemismos que consideren menos incómodos.
  10. En EEUU dos funcionarios pulsan un botón para que ninguno sepa quién hizo funcionar la inyección letal. En los pelotones de fusilamiento hay un arma de fogueo que nadie sabe cuál es. Cuando hay muerte de por medio siempre buscamos alguna forma de descargar conciencia. La empatía, vamos.
  11. Digo que es un argumento interesante, porque la idea de que una persona debe justificar su existencia adquiere especial relevancia en la cuestión del aborto en el caso de fetos a los que se diagnostique determinadas patologías o síndromes. Entre ellos, la trisomía del cromosoma 21. Este tema merece un post aparte, pero si quieren pueden ver la intervención de Frank Stephens ante el Congreso de Estados Unidoshttps://www.youtube.com/watch?v=j4R1L-618p0 e intentar responder a alguna de esas preguntas difíciles e incómodas que surgen de la sinceridad brutal de su discurso04 (2)
  12. Dejar de perseguir a los gordos, a los que fuman, a los obsesos sexuales, a los machistas, a los zurdos, a los derechosos, a los que se drogan, a los que tienen aficiones raras, a los que escuchan Tan Biónica, a los que piensan cosas diferentes a las “correctas”, sin perjuicio de que asuman las consecuencias de su conducta. Las que sean. Sos tus impulsos, lo que venía de serie, y también sos lo que te rodea, tu entorno.  Sos lo que hacés y lo que no hacés. Sos todo eso, pero responsable de una sola parte: tus actos. Detrás del afán regulatorio no hay más que una manera de uniformarnos, intentando convencernos de que el Estado es más capaz que nadie de decidir qué nos conviene.

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