Adam McKay y el poder del entretenimiento

[Adam McKay. Vice. Saturday Night Live. Anchorman. Will Ferrell. The Big short. Humor. Absurdo. Entretenimiento. Comedia. Christian Bale]

“El entretenimiento y el aprendizaje no se oponen; el entretenimiento puede ser el modo más efectivo de aprender”
Herbert Marcuse

por Santiago Miranda

Voy arrancar este ensayo con una suerte de autoafirmación que quizás el título ya haya sugerido: hay algo que Adam McKay puede y sabe hacer muy bien, y eso es entretener.

Con una imponente estructura de metro noventa y seis, unos anteojos circulares que lleva puestos casi religiosamente y que lo pintan como una criatura inteligente y torpe a la vez (sumado a un desorden neurológico que lo hace ocasionalmente temblar), el director y guionista estadounidense es una de esas tantas personalidades raras destinadas a la comedia. Luego de fundar en su juventud el grupo de improvisación Upright Citizens Brigade (junto a Amy Poehler y Matt Walsh, entre otros) se dedicó durante seis años (entre 1995 y 2001) a hacer reír semana a semana a miles de espectadores en Saturday Night Live, escuela y hogar predilecto de la sketch-comedy norteamericana. Su trabajo en el show no consistió en monólogos, imitaciones, u otras payasadas performáticas en frente de cámara, sino más bien en pararse detrás de ella y obrar como creador y orquesta de guiones hilarantes. Como headwriter logró comprender la mecánica del amusement y diversión que impone la caja boba y, con su sentido del humor, pudo darle al programa y a su audiencia la cuota de renovación que exigía el fin de siglo.

Tras abandonar SNL, McKay inició su carrera de cineasta y desde principios del 2000 se fue consolidando como una de las grandes mentes maestras de la Nueva Comedia Americana, con películas histéricamente graciosas y absurdas como Anchorman o The Good Guys, aferradas en el protagonismo de su partner creativo Will Ferrell (con el que además creó el sitio FUNNY OR DIE  y la productora Gary Sanchez). Sus primeras seis cintas llevan por marca un estilo desestructurado al servicio y orden del gag y el chiste constante llevado a cabo por personajes ridículos, brutos, e ingenuos (lo que algunos llaman Smart Dumb Comedy), y que apunta a un objetivo claro y casi exclusivo: la risa.

Entonces sí, si hay algo que Adam McKay sabe y supo hacer durante la mayor parte de su vida es entretener.

Sin embargo, sus dos últimos films se desvían de su registro cómico patentado y definen un giro en su carrera como director (volantazo que la crítica califica como la entrada a su etapa de “cineasta serio”). The Big Short (2015) y la recién estrenada Vice no son películas esencialmente cómicas ni se anclan en esos festines de disparates permanentes que Adam, con tanta maestría, sabe organizar.  Se tratan antes de ficciones –sí – pero basadas en personajes y situaciones reales cargadas con el dramatismo que ofrecen este tipo de acontecimientos.

La primera es un relato sobre la crisis económica mundial del 2008 contada en la voz de unos outsiders – en el sentido más literal de la palabra- que previeron la llegada del colapso y la debacle financiera cuando nadie quería hacerlo. Por otro lado, Vice narra la historia de uno de los más fieles representantes del partido republicano y del sistema político estadounidense, el ex-vicepresidente Dick Chenney. Ambas películas generan una reacción distinta en la audiencia, casi contraria a las carcajadas que el director solía provocar, y más asociada a la inquietud, a la sensación abrumadora de la verdad: las dos se dedican, por sobre todo, a exponer el funcionamiento y las perversiones del poder.

Hay una vocación política en el cine de McKay. La había en sus primeros films, donde los personajes encarnaban la arrogancia, el individualismo y el egocentrismo gringo. Y la hay en su obra más reciente, de manera mucho más expuesta, en su voluntad para informar tanto sobre la corrupción del sistema bancario y económico internacional, como para exhibir las sombrías pretensiones detrás del mandato de Bush.

Y no se ahorra nada.

En su búsqueda por desentramar los engranajes del poder, el director se permite suministrar al público la mayor cantidad de información posible, y por eso la trama puede resultar agobiante (como dice uno de los protagonistas de The Big Short: “¿Esto te aburre? ¿Te hace sentir estúpido? Bueno, se supone que así sea”). Y es ahí donde entra en juego la ficción (si no produciría meros documentales) y su conocimiento sobre la industria del entretenimiento: para poder acercar toda esa grosera suma de datos al público y simplificar algo que aun siendo explicado sigue resultando complejo, McKay hace uso de diversos recursos estéticos y narrativos que hacen referencia a la cultura popular. Es decir, toma elementos y “cosas del mainstream” (como él lo define) para poder transmitir el máximo de contenido haciéndolo más fácil de digerir para los espectadores. En otras palabras, educa a través del entertainment.

Ejemplo: En una de las escenas paradigmáticas de TBS, Margot Robbie hace un mini cameo de ella misma en el que toma champagne en un jacuzzi mientras explica confusos términos financieros a la audiencia (de la misma manera participan luego Selena Gomez y Anthony Bourdain). He aquí el punto crucial en el que se apoya el trabajo de McKay y que lo hace tan interesante: el filmaker abusa de estos recursos manifestando que los utiliza para algo que no fueron creados. Porque no se supone que celebridades megareconocidas, en su función como tales, comuniquen sobre los fraudes que el poder económico y político ejecuta sobre nosotros. Justamente, el entretenimiento basa su construcción y permanencia en ocultar esta información. Si este funciona como una inyección que adormece en el ocio al consumidor medio, en TBS y Vice sucede lo contrario, la intención no es otra que despertarlo y sacudirlo. La pregunta fundamental que busca plantearle es: “¿Por qué es una película la que me está enseñando esto?”

Ahí está el logro: el cine de McKay no termina cuando aparecen los créditos y finaliza la película (situación con la que juega en Vice creando un falso final). A través del narrador-personaje, el film rompe con la cuarta pared para dialogar de manera directa y constante con el público al fundir ambas realidades. Aludido y a su vez bombardeado con tanta data, el espectador es llamado a resolver las dudas e incertidumbres que se le plantean acudiendo a otras fuentes una vez finalizada la cinta, como si esta le dejara tarea.  Sí, la película divierte pero no funciona como pura dispersión y distracción: a la vez incomoda, inquieta, genera discusión. Consciente de sí misma, juega entre los rótulos que la prensa, los críticos y la Academia puedan darle: en el espacio entre la comedia, el drama y el cine biográfico se cola y reposa como un explosivo esperando a estallar.

Pero el mayor mérito de todos es la empatía que el director logra construir con los personajes. En THP cada uno de los protagonistas representa una perspectiva distinta, un juego de roles que da con la variedad y complejidad de emociones y ambiciones humanas, de la gente común y corriente. Incluso Chenney y su círculo de acompañantes en Vice, que son vistos desde una perspectiva crítica, no son ni carismáticos ni entrañables, pero se presentan como parte del mismo mundo de la audiencia. Sin esa identificación espectador-personaje ambas películas fallarían en su cometido. Es a través de ella que la audiencia logra conectar con la experiencia de McKay y hacer de él una ecuación redonda, incluso cuando resulta pesada.

Ya sabemos desde hace tiempo que el mainstream puede ser provocativo y evocativo de sensaciones que se escapan de las de asentimiento y ordenamiento pasivo al status quo. Pero The Big Short y Vice retoman esta vieja concepción del entretenimiento de masas para hacerla explícita y contradecirla.

Estando en el centro de Hollywood, y sin ser cine independiente ni contracultural, las películas de Adam McKay tienen un potencial especial, transformador, que en última instancia apunta al menos a cuestionarnos.

¿Dónde yace este poder? En que no debería tenerlo.

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