Autora: Camila Gik (@cammigik)

 

Había sido una tarde de esas que la lluvia cae como un bordado de canutillos sobre la ciudad. Yo estaba parado al lado de un tipo canoso, que fracasaba sistemáticamente en su intento por prender un cigarrillo.

 —Dejá —le dije—, el viento de la sudestada te está llevando puesta la llama.

 —Callate pibe —me ladró sacudiendo el combustible en el encendedor transparente-. Yo sé lo que estoy haciendo.

Miré el pavimento con algo que podría haber dicho que era nostalgia; pero era algo mucho más retorcido y traidor que un sentimiento tan noble, era una soledad con consistencia de lodo y una esperanza psicópata de manos en los bolsillos.

Sentía los clacs de las botas aterrizando en las lagunas que ya se formaban en las veredas, los suspiros de los paraguas al abrirse y cerrarse, el olor a perros mojados refugiándose debajo de los toldos, las señoras que salían de la peluquería quejándose porque el clima no contemplaba nada, ni que hayan pasado las últimas cinco horas en una silla aspirando el químico de la tintura. Me reí con mi risa áspera, esa que es más un bufido que una expresión de alegría.

Te vi pasar por al lado, tenías puesto un piloto amarillo semáforo con la martingala de la espalda suelta, las pestañas te pesaban con el agua que te empapaba sin clemencia y tiritabas un poco; te quise ofrecer mi campera, pero vos no me viste, no me prestaste atención, así que te seguí. Si quisiera comprar mi inocencia, diría que no te quise seguir, que fue un impulso, una idiotez. Pero la verdad es que sí te quise seguir, quise saber donde ibas y cómo te llamabas, cómo era tu casa y por qué carajo habías comprado ese abrigo tan dañino para los ojos; ese que sin embargo a vos te hacía parecer una muñequita de Sarah Kay. Nunca te había cruzado, parecías nueva como si ni siquiera te hubieran sacado el envoltorio, como si estuvieras esperando debajo de algún árbol de navidad para que alguien le diera un sentido a tu existencia.

Caminaste tres cuadras derecho y doblaste en una esquina, saludaste a alguien que no quise ver por miedo a que desaparecieras. Cuando empujaste la puerta de vidrio me escabullí atrás tuyo, tampoco te disté cuenta que la atajé cuando la soltaste despreocupada, mientras te sacabas la capucha y tu pelo largo color almendra se sumaba a las partes tuyas que ya había visto.

Descubriste que la tormenta había cortado la luz en tu edificio cuando el botón del ascensor no parpadeó, puteaste en voz baja y subiste las escaleras, yo te imitaba; en mi cabeza preparaba una excusa para darte en caso de que me preguntaras qué hacía, pero vos estabas en otro plano, como si fueras una foto revelada y yo un negativo a la luz del sol, quemándome con lamparones mientras vos eras expuesta en un museo.

Te di caza hasta tu piso pero no quise aventurarme más allá. Esa noche dormí en el pasillo al lado de tu departamento, te descifre detrás de las paredes buscando velas o una linterna, calentando la comida del día anterior, secándote desnuda en medio de un cuarto oscuro; lejos, cerca, te quise, te quise tanto, te quise para mí, exclusivamente para mí.

Me desperté a tiempo para poder esconderme antes de que salieras, tenías puesta el mismo tapado que el día anterior, cantabas enfatizando las consonantes con un acento lánguido. Cuando por fin te fuiste, violé la cerradura y arrastré mi mochila conmigo. Investigué cada centímetro de tu espacio personal; tu peine con algunas hebras doradas atrapadas en los dientes, las fotos encima de la mesa ratona, los títulos y autores de tu biblioteca, el vaso sucio que habías dejado en la pileta, tu cama de una plaza al lado de la ventana de la habitación. Encontré tu nombre sin querer, escrito con letra minúscula y apretada al margen de una hoja, que si unías las frases se transformaba en una carta para alguien cuya identidad me era indiferente.

Virginia

Tu nombre era tan volátil como tu complexión; eras flaquita y no muy alta, tenías los ojos grandes y la boca de comisuras puntiagudas, tu aura parecía desprenderse del rocío de los árboles. Virginia. Mi hermosa Virginia.

Estaba revisando los frasquitos del botiquín del baño cuando casi me atrapaste, me escondí atrás de la cortina mientras vos te lavabas la cara con la canilla que enjaulaba el agua helada. No tendría forma de salir sin que te dieras cuenta, así que me fabriqué una cueva temporal debajo de tu cama. Me dolía un poco la columna y las motas de polvo se me pegaban a la piel como abrojos, pero vos estabas encima, sentada sobre el edredón de florcitas con los pies colgando. Intentabas comunicarte con alguien por teléfono, parecías enojada y se te quebraba la voz. Cortaste sin dejar ningún mensaje y lloraste mucho, el aire se había vuelto salino, casi irrespirable.

Esa fue la fecha que te envié el primer avioncito de papel. Llegó a vos volando, hilvanándose en los rieles del hollín que se amontonaba sobre todas las superficies, una película tan definida que si pasabas el dedo podías descubrir el color original de las cosas; el avioncito tenía un mensaje adentro, escrito con una lapicera azul de tinta cuajada y caligrafía enredada. Me quedé en alerta escuchando como desdoblabas los pliegues; después te fuiste.

Yo era una suerte de Fantasma de la Ópera, vos solo recibías los jets hechos con hojas de cuadernillo y a veces tu llanto paraba, como si te hubieran aplicado bálsamo en la herida; pero otras, se hacía más intenso, y todo se penetraba en una poderosa sensación de cementerio hasta que te quedabas dormida, tus quejidos irregulares me acunaban hasta que yo también cerraba los ojos y te pedía perdón por saber cosas que vos no.

Una madrugada me desperté alterado, había un instinto inexplicable que me hacía pulsar la ansiedad. Te busqué con los oídos. No estabas, el colchón no se vencía ligeramente hacia abajo con tu peso de gacela, ni hallaba el rumor que tu asma dejaba colgado del ambiente, como una puntilla de encaje negra sobre la serenidad del cuarto.

Me arrastré fuera de la cueva. Sabía que estaba poniendo mi cuello voluntariamente bajo la guillotina de tu ánimo, los miles de avioncitos que te había mandado estaban agrupados como una flota de ejército de segunda guerra mundial; después de leerlos los volvías a plegar en la forma original. Me imaginé tus manos delicadas consagradas a la tarea y te quise más, siempre más.

Seguía tanteando la penumbra hasta que me choqué con la lámpara del baño, ardiendo como una medialuna de luz por la puerta entreabierta. Estabas de espaldas, tu pelo había crecido y se te veían las raíces del color natural. Tenías una tijera y luchabas para clavarla en la intersección de una máquina de afeitar descartable, separaste las hojas como si no fuera tu debut en tan pobre acto de vandalismo, y después tiraste el mango y la cubierta al tachito de al lado de la pileta. Ahogaste una nube de algodón en un frasco de alcohol y lo dejaste absorber por la piel de tus brazos, después pasaste el filo de las laminillas de metal formando líneas como si estuvieras marcando un tablero de ta – te – ti. La sangre te brotaba como si fueran aspersores en verano, había que reconocer que tenías técnica y agallas, no era fácil hacerse tanto daño con elementos de corte limitado. Por algún motivo, nunca se me cruzó la idea de detenerte; sé por experiencia que las palabras no reprograman ninguna interfaz de autodestrucción, que no hay forma de mitigar ciertos dolores tan arraigados que parecieran de origen cromosómico.

— ¿Dónde estabas? — me preguntaste levantando la vista, como si hubieras advertido mi presencia a pesar de mis intentos por mezclarme en las sombras.

—Debajo de la cama -te contesté como si fuera obvio.

— ¿Por qué?

— Ahí es donde los monstruos vivimos.

—Te equivocás —me corregiste con el piloto desprendido, y el shortcito del pijama manchado como si fuera una plantilla del test de Rorschach—, los monstruos viven en mi cabeza. Por eso puedo matarlos.

Me miraste con desprecio, como si fuera algo que se te había pegado en los zapatos.

Virginia—, te dije — ¿Todavía no te diste cuenta?

El labio inferior te temblaba, tus retinas brillaban como un vitral atravesado por el sol, y comprendí que nunca habías notado el tono malva que tu piel acarreaba. Te delatabas sola. Seguías presionando las rasgaduras de tus muñecas porque la sustancia que esperabas que fluya, no lo hacía con el sadismo que necesitabas; no encontrabas alivio y te rehusabas a abrir los ojos.

—No —sollozaste mientras te sostenías de la cerámica.

Lucías tan frágil, y yo me sentía un desgraciado por ser el mensajero de tremenda noticia.

—¿Cuándo? —preguntaste.

—No sé, ¿una semana?

Estaba por decirte que no te preocupes, que no eras la primera en no saber, que con el tiempo te ibas a acordar de cómo pasó, y cuándo y por qué; pero alguien golpeó la puerta de entrada y vos sufriste un espasmo nervioso. Te arrastré conmigo y destrabé el pasante que mantenía el departamento seguro.

El hombre canoso giró la rueda del encendedor frente a nosotros y aspiró como solo un esclavo del vicio lo hace.

— ¡Por fin! —dijo guardándoselo en el saco—. Es imposible fumar en la tormenta.

Vos te escondiste atrás mío y el tipo se rio.

—¿Qué pasa? ¿Ya te enteraste que estás muerta?


 

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