Autor: Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

Si la ciudad en este momento se plegara sobre si misma como un libro, con eje este-oeste, yo moriría aplastado por alguna casa lujosa de los countries de Zona Sur, quizás perteneciente a algún egresado del Taborín con quién trabe una pelota cuando los dos jugábamos en contra en la LIFI hace más de diez años y que también morirá aplastado por el agudo cemento de mi chimenea (¿te acordás como nos subía el calor por el pecho por las manos por los pies cuando sabíamos que el sábado jugábamos contra el Tabo, contra Cochís el animal y Decalli el cañón, y sentíamos miedo y también orgullo por el miedo que ellos tenían a nuestros Uria, nuestros Guidi?). En los últimos momentos -el proceso podría ser lento, podría llevar años- quizás nos reconoceríamos y decidiríamos darnos un abrazo para no perecer solos, o también podría ocurrir que yo haya olvidado una patada mala leche que le supe pegar y él tenga ganas de recordármela. Entonces, y sólo entonces, puede que uno de los dos muera antes que el otro.

Es interesante pensar que los únicos que se salvarían de morir aplastados serían los que viven sobre el borde extremo de Córdoba, los caminantes del extrarradio radical sentirían primero una absurda elevación del piso y luego el tirón gravitatorio les obligaría a ajustar su posición con pequeños pasos laterales, de manera que escapen a lo que una vez fue la superficie de la ciudad -ahora invertida- y queden en la nueva Córdoba, lo que siempre fue su bajo-tierra. Esos levantarán la cabeza y se reconocerán, uno a uno, a lo largo de la circunferencia vacía de tierra y decidirán, sin decirse una palabra, seguir caminando para siempre los bordes de la ciudad por temor a un nuevo plegamiento -las razones para no morir, que no se darán, tendrán que ver con la belleza: Córdoba jamás podría ser una ciudad por la cual uno se dejaría aplastar-, además de que la eventualidad de estar solos es algo para lo que se prepararon por décadas. Entre estos últimos seguramente habrá algunos poetas y asesinos y ladrones y técnicos de cablevisión y esos que juegan a ser outsiders, adolescentes de clase alta que ya no volverán nunca a casa (como cuando el 19 o el 13 amagan seguir por Recta pero toman Laplace, ¿viste?, cuando pensás “nunca llegaremos a casa”).

Ahora pienso otra cosa: me gustaría saber mucho de música. De esa forma, cuando la historia por fin explotase a lo lejos, yo podría decir algo inteligente como “¿quién hubiera dicho que el estallido del mundo sería un fa sostenido?”.


 

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