Anthony Bourdain: cuando viajar se divide entre la moda y la comunión con extraños

por Gonzalo Zanini

Un caso particular

El recuerdo apareció instantáneamente: mi mamá, mi papá, mi hermano y yo acomodados en la cama de dos plazas frente al televisor, viendo a un tipo flaco, alto y encamisado que viaja por el mundo y prueba comidas tan ricas como extrañas. Con quince años no sabía que al frente mío tenía a una persona digna de admirar y que detrás de su faceta televisiva podía encontrar un estilo de vida muy especial. La triste noticia que sacudió al mundo cuando murió llegó a mí convertida en un eco bastante desalentador: Anthony Bourdain había muerto y yo jamás volvería a tener un momento de conexión tan especial entre mi familia y la televisión tal cual la recordaba. Claro, la conclusión pesimista fue caprichosa, pero no dejó de hacerme ruido. La sentí como una amputación incomoda. Esa genialidad era No Reservations y fue emitido entre 2005 y 2012.

El programa era mucho más que una buena combinación de viajes y comida exótica. La cámara no sólo hacía primeros planos de platos de Pho (sopa de fideos con carne sazonada con diferentes hiervas) o Pho Quon (lo mismo pero enrollado en masa fina) ambas provenientes de Vietnam; o comidas como Nasi Lemak (arroz cocido en leche de coco acompañado por anchoas, huevo cocido, salsa picante y verduras) o Charsiew rice (arroz con carne de cerdo caramelizada) provenientes de otro punto remoto como Malasia sino que enfocaba algo más.

Bourdain no se limitaba a ser filmado mientras probaba los platos más típicos de un lugar como si fuera un libro de Doña Petrona andante. Bourdain lograba alcanzar algo que para el panorama televisivo de los 2000 era bastante novedoso: la conexión con lo cultural. Porque la comida, después de todo, es una confiable fuente de identidad de una comunidad, el fondo por donde circulan problemáticas que luego se vuelven históricas y analizables para los académicos  e intelectuales.

AnthonyBourdain

En los programas como No Reservations y Parts Unknow la comida es vista como el pilar que permite abrir conversaciones introspectivas, crear vínculos entre personas, provocar momentos de reflexión y risa, es la excusa perfecta para conocer al otro y para entender a veces que no estamos tan solos. Nada más juntarse a comer y hablar, algo que nuestros ancestros primitivos lo hacían en tiempos cavernarios. Es ahí donde Bourdain clavaba el cuchillo: en el factor humano que deambula alrededor de la comida y en el contexto que los determina a la hora de juntarse a comer.

Aunque es necesario aclarar que Bourdain es la clase de persona que describe una comida de las afueras de Camboya diciendo que tiene una consistencia testicular y el tamaño del pene de Mick Jagger según Keith Richards. Por supuesto, no es un presentador políticamente correcto. Es más conocido por ser el rockstar de la gastronomía, con un humor ácido y una filosofía zen que lo convierte en un sujeto que no nos conviene perderlo de vista.

Una de las mejores formas de ejemplificarlo es en su viaje a Jerusalén, en el programa Parts Unknow. La actitud de rechazar cualquier simbología judía y cristiana y la forma en la que mira a los fanáticos creyentes habla de una personalidad que no se ve mucho en la televisión. Y no es por pura rebeldía juvenil o por tratar de representar a un antihéroe ficcional pero en cierta forma comprensible y respetuoso. Bourdain en Jerusalén (como también en Armenia o Beirut) toma una posición política bien explicita: rechazar al catolicismo y a todo tipo de fe fanatizada e insistir en mostrar los lugares menos conocidos y más desprotegidos.

Entonces nuestro famoso chef newyorkino está ahí, hablando con un padre cuya hija fue fusilada por un militar israelí, o comiendo en una casa de familia palestina sentado en unos bancos de plástico teniendo al frente una hoya enorme con Maqluba (arroz con carne, berenjenas, coliflor y diversas especias), rodeado de niños que gritan todo el tiempo y hablando con una periodista palestina admirable; y a su vez, en el mismo programa, prueba comida vegetariana de la más experimental, en los montes de Israel, en un restaurante dirigido por una pareja judía-musulmana. Bourdain es simplemente esa eficaz combinación de compromiso político, humor ácido, filosofía new age, gastronomía extraordinaria y momentos enternecedores. Casos como los de Jerusalén hay muchos. En la visita que hace a Armenia junto al cantante Serj Tankian se logra ver que detrás de toda conversación y plato puesto en la mesa deambula el pasado de un genocidio todavía no resuelto que pesa con dolor en los hombros de la comunidad armenia.

El chef existencialista no ejemplar que dio el ejemplo

Ante una generación joven que sería capaz de vender un riñón para viajar por todo el mundo, Anthony Bourdain se vuelve una persona necesaria para pensar con más detenimiento ciertos axiomas que deambulan con abundancia. Los viajes alimentan las ansias de nuestra generación como nunca, y ante una persona como Bourdain que no estaba decidida entre ser chef o escritor de novelas policiales (lo cual hizo y publicó varias), entre elegir el infierno de las drogas o la esterilidad de un trabajo estable, el dilema dicotómico pareció acabar con la simple idea de televisar sus viajes. Y le fue bien.

Por supuesto, como supo decir, él sabía que tenía el mejor trabajo del mundo y que muchas personas lo envidiaban por eso. Y quizás sea injusto comparar a Bourdain y su equipo de producción con el/la joven de veintitrés años que va a España con los pasajes de avión pagados por sus padres y con el google maps a mano. Es injusto. Pero viendo los programas de Bourdain, el sentido de viajar toma una dimensión que deberíamos seguir. Otra vez más está la televisión dando la lección, en contra de los intelectuales pesimistas con los medios de comunicación.

Programas como Parts Unknow o No Reservations demuestran que viajar no es una actividad para salir de la rutina y disfrutar de unos días efímeros sin preocupación;  viajar es profundizar nuestras relaciones humanas con el fin de desprender de nosotros la-preocupación-por-un-otro que si bien recién conocemos, sabemos que podemos establecer un vínculo importante con él; o al menos intentarlo.

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Pero si lo dicho anteriormente fuese del todo cierto, entonces Bourdain tendría que ser el humano más feliz y experimentado del planeta tierra. Y no, no lo es. La realidad con los puños cerrados te toca la puerta para despertar del sueño idílico: ni con el mejor trabajo del mundo ni con la supuesta actividad más revitalizante de todas la vida del ser humano se vuelve un cuento de hadas con trama exenta de tragedia. Un chef con talento que quiere cocinar para los grandes restaurantes pero no tiene ganas de estudiar y termina creando restaurantes con la fórmula ideal de la alta cocina francesa pero también se mete en el consumo de drogas pesadas y a su vez hace programas de televisión en donde los viajes les van mostrando una esencia de la que él se alimenta como un demiurgo hippie para terminar siendo una persona mayor que hace Jiu-Jitsu dos horas al día con un equilibrio mental admirable, después de un combo de vida como esta, resulta difícil entender las causas de su suicidio.

Y lo mejor que podemos hacer es dejarlo ahí, en esa incógnita que revitaliza su vida terrenal, y que deja mucho para reflexionar. Quizás una forma simple de recordarlo sea con el último programa que filmó meses antes de su muerte. Bourdain viajó a Bután (junto al director Darren Aronofsky) y se involucró en el ritual de la muerte de los lugareños. Bután se caracteriza por mantener un budismo vajrayana, que es budismo tántrico y en el caso de Bután budismo de corte tibetano. Que Bourdain haya presentido la muerte hace tiempo, como si alguien pudiera cronometrar y decidir conscientemente el fin de la vida con anticipo, es algo que no está muy claro. Pero podemos sacar una reflexión de todo esto: antes de llegar a la decisión de abandonar todo ¿qué estas esperando para compartir un momento con alguien?

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