por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

El cuento “Los teólogos” que pertenece al libro “El Aleph”, escrito por Jorge Luis Borges, presenta una de las disputas que más disfruto. Me refiero a aquellas que duran toda la vida y que nos hacen sospechar si no fueron las vidas las que duraron por el período de una disputa. El protagonista, Aureliano, es un teólogo teórico de la antigüedad clásica romana; su antagonista, Juan de Panonia anda por los mismos ámbitos. No me interesa en esta nota, como tampoco le interesaba a Borges más que como medio inevitable, exponer las razones de la disputa, sino sus alcances. Aureliano pasa toda su vida escribiendo, reescribiendo, refutando y rectificando a Juan de Panonia. Toda su doctrina teológica se basaba en eventuales embestidas a su adversario y en posibles adelantamientos a las reflexiones del otro. Cada página que lee, la lee para ser mejor que el otro. Aureliano termina siendo la causa de la muerte de Juan de Panonia al culparlo de heresiarca por unos textos teóricos, los cuales bien pudo haber escrito él mismo. En persona presencia su ejecución y se siente como quien se quita de encima una enfermedad que presumía incurable y a la cual había asimilado. No mucho después Aureliano también pasa a la otra vida: sólo para descubrir que para Dios no había ni Aureliano ni Juan de Panonia. La Divinidad, en “el mapa celeste”  los tomaba como la misma persona.

ERNESTO SÁBATO 3

Este cuento borgeano siempre me ha parecido fundamental y me sorprende que no haya trascendido tanto como otros del mismo libro. Pone en juego la idea de competencia como eje de la vida y las implicaciones de tal competencia para el resto, para ese “los otros” que bien podríamos tomar como divinidad murmurante. Los teólogos parecen entrar en el círculo hegeliano de tesis, antítesis y una síntesis mortal de todas sus polémicas. Ninguno de los dos hubiera existido en absoluto sino hubiera estado el otro en el camino. Dios, en el cuento, les otorga la existencia en separado y se las reclama en conjunto.

Me pregunto si no habrá ocurrido alguna de esas magias en tantísimas otras antinomias.

Borges mismo, si lo extrapolamos al Grupo de Florida, pudo haber caído en una de estas discusiones eternas con el Grupo de Boedo. Uno más cercano al arte por el arte, el otro más cercano al arte como voz de las sociedades; no son sino la vieja polémica que atraviesa toda la literatura desde que empezamos a preguntarnos por ella. ¿Qué hubiera sido de cada uno de ellos sin la existencia molestísima del otro? Porque si hay algo que huelga decir, es que la existencia de los escritores de arrabal potenció a los argento-europeos que intentaban una escritura que trascendiera los problemas de la cotidianeidad. Y el hecho de que estos hombres se arrogaran el derecho a las condecoraciones y los apretones de mano con las altas figuras, sin duda que exacerbó la literatura de los bajos fondos. No busquen más lejos que Borges y Bioy Casares para explicar un fenómeno como Arlt (cuyo olvido en los anaqueles del pasado literario argentino ya es una especie de cliché romántico que deberíamos dejar de llorar).

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El terreno donde se decantan más notoriamente las rivalidades es el deporte. De hecho, no existe otro lugar donde la confrontación sea tan clara y la competencia el marco total. Las guerras, si se me permite, en más de un caso se dan más para evitar la disputa real, frente a frente y en vida, que para medir fuerzas con un competidor.

Volvamos. No existe deporte sin rival, al menos a nivel profesional. Dolina solía decir que le encantaba Pablo Aimar adentro de la cancha por una razón muy particular: sabía que sin el contrincante no podía haber partido. Si no había partido, él no podía deslumbrar. Si el rival no abre las piernas, vos no podés meter el caño. Si el arquero no mide dos metros y salta otros dos hacia los costados, ¿cuál es el motivo de que festejes el gol? Hasta el peor geólogo puede hacerle un gol a un muerto. Aimar, para Dolina, reconocía en el otro a un enemigo necesario.

SL Benfica v FC Twente - UEFA Champions League Play-Off

Quizás la oposición más significativa de todas sea entre Nadal y Federer. Probablemente los dos mejores jugadores de tenis de la historia, que tuvieron en desgracia ser contemporáneos. Federer fue, durante demasiados años, rey indiscutido del ranking ATP. Nadal fue, durante demasiados partidos, verdugo de Federer. Si alguna vez un entusiasta se pone a la penosa tarea de recoger en un libro la historia de los segundos puestos, habrá que dedicarle un tomo a Rafael Nadal. El hecho de que Federer haya perdido muy asiduamente con el español, hacía que se esforzara el triple con el resto de los pobres tenistas por conservar el cetro. La diferencia era abismal con todos, menos con Nadal. Y Nadal, que solía ganarle a su archirrival partidos famosísimos (recordamos, sin ir más lejos, un partido que pese a ser tenis pareció una pelea con cuchillo y puño cerrado: Wimbledon, Final del 2008) podía perder con los mejores del ranking en cualquier superficie que no fuera polvo de ladrillo. No hay que ir muy lejos para desentrañar que a Federer le debemos Nadal, porque la motivación del segundo siempre es superar al primero. Pero no perdamos de vista que gracias a la paternidad del español sobre el suizo, éste último nunca pudo relajarse en los laureles. Tuvo que demostrar con firmeza su superioridad con todo el resto porque había alguien, uno sólo, que lo podía superar. Cuando estos dos pierdan al fin el set contra la muerte, estoy convencido de que si existe un Dios del Tenis, éste los va a recibir como a hijos perdidos. Capaz les tire un par de pelotas, les abra la reja de una cancha y los deje pelotear por toda la eternidad. Así, sobre el final, se harán cada vez mejores hasta convertirse ellos mismos, un buen día, juntos por qué no, en Dios del Tenis.

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Hay algunas competencias deportivas que ya fatigan de sólo mencionarlas, por haber sido repetidas por cuanto periodista deportivo que hable boludeces. Los equipos de Guardiola en Barcelona y de Mourinho en Real Madrid, que pueden despejarse hasta decir Lionel Messi y Cristiano Ronaldo (Véase, sin ir más lejos, la nota “Platón sería hincha de River”). No hacen más que ir al lugar común de la historia del fútbol, la contraposición de siempre: los que especulan con la garra, el caudillismo, la patada y el susurro al oído; y los que proponen por abajo, se florean, cancherean, hacen goles al ángulo y otros ignominiosos goles sin arquero. No tengo respuesta ni posición sobre cuál es la vía perfecta para ganar al fútbol, ni sé  si exista. Ni siquiera sé si lo fundamental en un deporte -con aristas tan parecidas al arte- es ganar. Es probable que esa respuesta la tenga anotada en un margen algún Dios del Fútbol, o el mismísimo Diablo, pero no quiero saberla. Me gusta putear cuando un uruguayo le pega de mala leche a nuestro delanterito sobrador, y disfruto de festejarle un quite con pelota, pierna, novia y billetera a Demichelis contra el 9 brasileño. Es necesaria la disputa de estilos. Si todos jugaran igual, podríamos hacer una elipsis de la fatigosa tarea de organizar partidos y limitarnos a mirar los mercados de transferencias. Quien arme el mejor plantel a todas luces deberá ganar, puesto que no hay variantes.

No. Por suerte no es así, por suerte los equipos se paran diferente y contratan toda clase de malos jugadores para nosotros, que nos divertimos viendo a esos seres matarse por justificar el sueldo.

“No existen tales competencias entre escritores, directamente, porque la ficción no soporta el ataque directo a un tercero y apenas si resiste los golpes disimulados” dirá algún desprevenido. Claro que ha habido competencias hombre-a-hombre en la historia literaria. Quevedo y Góngora, por nombrar uno, son un caso excepcional de dos hombres denostándose entre sí los trabajos. Claro, sin poder darse cuenta de que, cada vez más, se iban transformando en el otro. Las competencias más hermosas resultan en síntesis, en muerte, o en ambas. “Tenga mucho cuidado al escoger a sus enemigos. Uno termina pareciéndose a ellos” dice Borges. Pienso que somos tan valiosos como el menos virtuoso de nuestros rivales. Enfrentar a alguien es dignificarlo con nuestro tiempo y nuestra capacidad, si uno utiliza esas armas para derrotar a un imbécil, bueno, está perdiendo tanto el tiempo como la capacidad. Y esa debería ser la definición de imbécil. Por demás, los escritores no necesitan una competencia directa puesto que ya compiten con el resto de sus contemporáneos, en primer lugar; con todos sus ídolos a los que intenta imitar, en segundo; con todo el resto de los escritores de la historia, cuyas ideas desesperadamente envidian por no sentirse capaces de habérseles ocurrido a ellos mismos, en tercer lugar; y finalmente con ellos mismos, su propia persona, tanto en el presente por búsqueda de superación como en el pasado por la búsqueda de auto-afirmación. Además, ellos utilizan el lenguaje como herramienta, fin y justificación de su arte. Un lenguaje que, desde hace un siglo, hemos entendido que no es otra cosa que redes intrincadísimas de competencias, donde absolutamente todo está en juego.

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No estoy diciendo que la competencia, en todos los casos, nos haga mejores. Estoy diciendo que nos hace. Lisa y llanamente, somos lo que hemos obtenido de nuestras rivalidades, de nuestros juegos. La próxima vez que veas a tu contrincante (el defensor central del equipo rival clásico de tus amigos, la otra piba linda del curso, tu hermano, todos los otros odiosos que osan “levantar la pluma”) no lo odies por las razones equivocadas. Odialo en la medida en que te sea útil.

Sin él, creeme, no sos ni vas a ser nada.

m9redi

***

Posdata al enemigo anónimo:

¿Sobre la mesa de qué bar perdido en qué ciudad estará posada la botella de cerveza que habré de tomar el día que me conozcas? ¿Serás un pibe? ¿Una mina? Capaz un hombre o una mujer. ¿Sobre cuál base se fundará nuestra enemistad? ¿Serás un escritor triste, vos también, o te condenarás en alguna otra magia? ¿Me vas a odiar o vas tener la condescendencia de ignorarme? Quiero darte las gracias hoy, antes siquiera de que existas. Una vez comenzado el juego, no es posible darse el lujo de hacer este tipo de concesiones.

Comentarios

2 Comments

  1. Genial Fede… realmente impresionante. Te felicito.

  2. Jorge Luis Borges

    Leí ‘Borges’ y me hice pis de la emoción.

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