Apuntes feministas IV: mirá cómo estaciona, debe ser mina

[Apuntes feministas. Feminismo. Manejar. Choques.  Estadísticas. Habilidad. Mercedes Benz. Centro de Experimentación y Seguridad Vial. Patriarcado. Autos]

por Emilia Pioletti (@milipioletti)
Ilustraciones: Cho Bracamonte (@chobracamonte)

“¡Andá a lavar los platos!”, “¡Mina tenias que ser!”

Él patentó su triciclo motorizado. El 29 de enero de 1886, el ingeniero alemán Carl Benz patentó el primer vehículo en funcionar por combustión interna. El invento constaba de tres ruedas y una propulsión a gasolina – a ella le gusta la-. La velocidad máxima que alcanzaba era de 16 km/h. Digamos, para darnos una idea, tan rápida como el crecimiento invisible y la revolución de alegría que debe venir en sulqui porque ni la veo.

El 3 de julio de 1886, hizo su primera aparición pública en la localidad alemana de Mannheim: se hizo el primer viaje de larga distancia de la historia de la humanidad. El recorrido, de 104 kilómetros de distancia, fue realizado por… ¡Bertha!, la esposa de Carl Benz, y sus dos hijos.

Mientras tanto, en una historia paralela, a unos 100 kilómetros de distancia de Benz y sin conocerse, Gottlieb Daimler creó el primer vehículo motorizado de cuatro ruedas. El hilo rojo de la industria automotriz (?) quiso que Daimler Motoren Gesellscha se fusionara con Benz en 1920 para enfrentar la crisis económica causada por la Primera Guerra Mundial. Gottlieb Daimler había fundado DMG junto al diplomático austriaco Emil Jellinek, cuya hija se llamaba, nada más y nada menos, que Mercedes. Así nace entonces la gigante automotriz Mercedes-Benz.

Una mujer le dio nombre y otra mujer fue la primera en la historia del mundo en hacer un viaje en automóvil. Sin embargo, mujeres y autos, asunto separado.

Desde la invención del automóvil y su irrupción como una herramienta “útil” en la vida cotidiana (y sobre todo para la vida laboral-industrial, “para ir de la casa a la fábrica y de la fábrica a la casa”) siempre existió un mandato hegemónico, una premisa “aceptada” universalmente por la sociedad (un estereotipo heterocis, bah): las mujeres no manejan y, si lo hacen, lo hacen mal. Sin embargo, aunque la lucha feminista sigue avanzando y seguimos tomando la calle, si lo hacemos sobre cuatro ruedas, parece que aún nos mandan a agarrar esponja y detergente.

Dame datos

Según datos de un informe de CESVI (Centro de Experimentación y Seguridad Vial), en los accidentes de tránsito, la responsabilidad de los hombres es del 52 por ciento y del 48 por ciento de mujeres. Y en general, los conductores masculinos participan en más del 75 por ciento de los accidentes, mientras que las mujeres en el 24 por ciento.

Sin embargo, claro que hay más accidentes con masculinos involucrados dado que, claro, hay más hombres automovilistas que mujeres. Según datos de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, correspondientes a 2015, hasta agosto de ese año se expidieron 1.825.025 licencias de conducir en todo el país. De las cuales 27 por ciento fueron femeninas y 73 por ciento, masculinas [1].

Billetera machirula

Otro factor innegable: el económico. Las mujeres ganamos un 27% menos que los varones. Nuestra capacidad de ahorro y de poder adquirir bienes de capital (máxime en esta crisis económica que golpea a los sectores desfavorecidos e históricamente discriminados de manera ostensiblemente más cruel), es evidente. Por ende, la posibilidad de adquirir un automóvil, es mucho menor.

Durante años, el único imaginario automovilístico donde aparecía una mujer era sexualizada en un poster de un taller mecánico. Actualmente, la publicidad sobre automóviles, en su mayoría, incluyen a un varón blanco heterocis como conductor. Sin embargo, discutible o no, “el mundo está siempre mejorando”. En junio de este año, se levantó la prohibición de que las mujeres pudieran conducir en Arabia Saudita. Uno de los argumentos de los sectores ultraconservadores era que “permitir a las mujeres manejar propiciaría el pecado y las expondría al acoso”. Culpar a la víctima, figurita repetida. La lucha de las mujeres sauditas demuestra que el uso del automóvil es un dispositivo de liberación femenina que, en gobiernos y culturas conservadoras, se usan en contra de las mujeres como herramienta de dominación.

Estúpido y Sensual Caballo de Troya interno

El mandato de masculinidad incluye en su kit Juliano Hombre, el carnet de conducir. En las sociedades patriarcales, el carnet de conducir es un claro marcador de hombría. Los 18, el auto, el carnet. La menstruación de los hombres: las mujeres nos hacemos “señoritas” cuando podemos cumplir el mandato de maternidad y la función reproductiva y los hombres cuando pueden poseer capital y conducir. Poder vs maternidad. Qué raro.

La idea de conducción implica liderar. Implica independencia. Conducir es definido como “guiar un vehículo automóvil” pero también comomandar, dirigir una empresa o una actuación”. Manejar, mientras, es “conducir un vehículo” pero también “gobernar, dirigir, mandar, regir”. Entonces, no: la diferencia en el acceso de las mujeres a carnets de conducir no es inocente.

“¿Me llevás? ¿Me buscás?”. El no manejar es un instrumento más de control.  Constantemente estamos pidiendo como favor, algo que debiera ser parte de nuestra cotidianidad: manejar, conducir. En toda la amplitud semántica del término.

El miedo y el estrés que sienten las mujeres al sacar su carnet se transforma también en la reticencia misma a aprender. El prejuicio sobre la “inutilidad” de las mujeres para la conducción de automóviles opera como una sugestión a priori dentro de nuestra propia psiquis: nos autoboicoteamos porque el patriarcado piensa y siempre pensó que no podíamos. Y terminamos pensando que es real, que esa idea es nuestra. Es el peligro de pasar de pensar a “ser pensadas”. Por eso, esa cosa de “es que yo soy muy insegura, viste”, “no sé si es para mí”, en realidad, no es más que el patriarcado operando en su máximo nivel: desde adentro nuestro.

Si bien es cierto que hoy hay muchas más mujeres que manejan y que poco a poco el prejuicio va perdiendo fuerza o simplemente vigencia, la realidad también es que este caballo de troya interno opera de forma “fantasmagórica”. El patriarcado tiene un brazo que es emocional, tiene un impacto anímico que se traduce en una especie de malestar constante, una intuición, el saberse menospreciada, disminuida. Pasa en debates con amigues, pasa en reuniones de militancia, pasa en el trabajo, pasa con la pareja. Pasa. Y es difícil explicarlo académica o científicamente, quizás por eso nos resulta complejo expresarlo sin ser tildadas de exageradas o de “no tener argumentos”.

Si bien las condiciones materiales de las mujeres respecto del manejo de automóviles ha ido mejorando, todavía existe una incomodidad, un “algo” que siente: una sensación dentro que dice que “manejar es difícil” y que lo sentimos nosotras. Casi nunca ellos. Y una vez que logramos (“logramos”, para nosotras es un “logro”, una conquista, algo que “arrebatamos” porque nos lo quitaron, nos estaba vedado), sigue operando el fantasma, esa voz espectral desde adentro que hace que salgamos a la calle como si estuviesemos por rendir un final. Somos evaluadas. Porque el tránsito y la calle sobre ruedas es territorio de los hombres. Por ende, otro territorio donde dar batalla, ahora que estamos juntas. Ahora que sí nos ven.

Y quizás su enojo y su insulto por la ventanilla tenga que ver con que sienten que les estamos quitando algo que siempre ha sido de ellos.

Sí.

Los privilegios.


[1] Esta nota se circunscribe a los géneros hegemónicos porque, de más está decir, que las diversidades sexuales están invisibilizadas hasta de las estadísticas. No encontré números sobre conductorxs del colectivo LGBTIQ.

[2] La autora de esta nota no maneja. Hizo cursos pagos y no pagos, aprendió de hombres que quisieron enseñarle no sin gritos y hastío. Hasta que decidió que no era para ella. Decidió, o la decidieron.

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