Autor: Lucas Berruezo

 

No te despertaste de golpe, todo transpirado y con el corazón acelerado, como siempre se despertaban los personajes de las películas cuando tenían una especie de epifanía como la que acababas de tener. No. Tampoco tuviste frío ni lanzaste vapor por la boca. Tampoco. Sólo lo sentiste, mientras estabas tirado en tu cama, con tu libro apoyado sobre tu panza y la luz del velador inundando las páginas desde la mesita de luz, a tu derecha.

Simplemente eso: lo sentiste.

Unos ojos, que te miraban desde algún lado.

Dejaste el libro sobre la mesita de luz (al lado del velador y a pocos centímetros de una taza con café ya frío), bajaste los pies de la cama, te calzaste las alpargatas y, con paso inseguro, saliste de la iluminada habitación hacia el oscuro exterior.

Algo te decía que los ojos estaban ahí, en la negrura.

Caminaste con sigilo. Al llegar a la pared de tu izquierda, alargaste la mano en busca de la tecla de la luz. La activaste. El ambiente se llenó de una tenue (y casi enfermiza) luz amarilla, que dejaba a la vista un pasillo estrecho, con una ventana que daba a un patio interno, un viejo modular contra la pared opuesta y el hueco de la puerta que comunicaba con la cocina y que vos nunca cerrabas. Un piso de cerámica marrón sugería a la vista una superficie terrosa. Las paredes, alguna vez blancas, pero ahora de un color que parecía no definirse entre el gris o el amarillo, estaban desnudas de cualquier adorno. Los ojos, aquellos ojos, no estaban. El pasillo, para tu (agradable) sorpresa, estaba vacío. Pero la sensación… La sensación persistía. Alguien («o algo», te dijiste casi contra tu voluntad) te seguía mirando, observándote con un detenimiento perverso. Podías sentirlo. Era como… viscoso.

Avanzaste por el pasillo, pasando primero entre el modular y la ventana y después junto al umbral de la cocina, con la vista clavada ahora en el living comedor que estaba delante.

Aquellos ojos parecían estar y no estar, ocultos en alguna parte.

Cuando alcanzaste la tecla de la luz y la accionaste, la escena anterior se repitió: la luz amarilla te devolvió a la soledad.

Nadie.

Ni nada.

Pero los ojos seguían ahí, en alguna parte, mirándote.

Mirándote con atención. Como si tuvieran hambre.

Volviste a la cama casi corriendo, sin apagar las luces. Te acostaste nuevamente y agarraste, casi por instinto, el libro que habías estado leyendo. Lo apoyaste sobre tu regazo mientras clavabas la vista en el ahora iluminado pasillo.

Nada.

Pero sin embargo…

La mirada (la sensación de ser observado) persistía.

Fue en vano que intentaras dormir. Aun con las luces encendidas, tus nervios ya se habían alterado lo suficiente como para que te resultara imposible, incluso irrisorio, conciliar el sueño. Un temblor te cubría y traspasaba todo el cuerpo. Un temblor que tal vez no se vería a simple vista, por más atento que fuera el que observaba, pero que nacía desde dentro, en el estómago, y se extendía a todos los órganos, a todos los miembros. Aunque… Sabías que aquel (o aquello) que te estaba observando sí lo veía, de la misma manera que cualquiera podría ver, por miope que fuera, el mar desde la playa.

Te revolviste entre las sábanas. Primero hacia un lado, después hacia el otro, con mucho calor como para estar tapado y con mucho frío como para quedar expuesto al aire inmóvil de la habitación. Te sentaste, te acostaste, te pusiste en posición fetal, te estiraste hasta cubrir la cama de punta a punta… Y en ningún momento pudiste deshacerte de la sensación de ser observado.

La misma cama empezó a ponerte nervioso, por lo que decidiste no quedarte quieto. Volviste a calzarte las alpargatas y saliste nuevamente, en dirección al pasillo, para una vez ahí caminar hasta el living y, de ahí, de vuelta al pasillo. Caminar te tranquilizaba (siempre lo había hecho), por lo que no escatimaste pasos. Perdiste la cuenta de cuántas veces fuiste y viniste, pero de seguro fueron muchas. En el reloj circular del living (de fondo blanco con letras negras y un reborde rojo), las agujas marcaban las once y veinte de la noche.

Caminar te calmó un poco. No obstante, no podías sacarte esa mirada de encima, siempre posada en tu nuca, en tu espalda, en tu mismo corazón… ¿Cómo bloquearla? ¿Cómo hacerla desaparecer?

La revelación te llegó con una sensación de tranquilidad que agradeciste de inmediato. Debías ahogarla. Y no había mejor medio para ahogar la ansiedad y tranquilizar los nervios que el alcohol. Por suerte, en tu casa nunca faltaba.

Pensaste en ir a la cocina y abrirte una Brahma, pero lo descartaste. La cerveza era lenta al momento de apaciguar los ánimos. Te acercaste, entonces, al modular del pasillo y lo abriste como lo hubiese hecho un diabético en plena crisis ante un botiquín lleno de insulina. Ahí estaba lo que verdaderamente iba a servirte: whisky, ginebra, diferentes tipos de licores.

Elegiste el whisky.

Agarraste uno de los vasos que se encontraban en el estante inferior al de las bebidas y te serviste una buena dosis, que más que ser doble podría considerarse una generosa triple medida.

Lo tomaste en apenas dos tragos. Lo hubieses tomado en uno, pero el primer contacto con el líquido marrón te quemó la garganta y el esófago y te obligó a toser unas cuantas veces. El segundo trago pasó libre, sin producir ninguna incomodidad. Y los tragos siguientes, a medida que ibas rellenando el vaso, parecían ser de agua.

Antes de que te dieras cuenta, el mundo a tu alrededor giraba. Apoyaste el vaso en la superficie de madera del modular y te agarraste de él con las dos manos. Si no tenías cuidado, te ibas a caer al piso, y no era una buena noche para resultar lastimado.

Cerraste los ojos, tratando de percibir la mirada de aquello que te estaba mirando.

Nada.

La mirada se había ido, y no pudiste más que sonreír, aliviado.

Te propusiste volver a la habitación, lo que (sabías) no iba a ser nada fácil. Te fuiste agarrando del modular mientras éste estuvo a tu alcance, después tuviste que recurrir a la pared. Nada se quedaba quieto: muebles, suelo, paredes. Todo bailaba una vertiginosa danza al son de una canción que nadie escuchaba.

Cuando por fin llegaste, te quedaste duro en el lugar. En un principio creíste que lo que estaba arriba de tu cama era una ilusión producida por el alcohol, pero enseguida lo asumiste: lo que estabas viendo era real.

Ahí, sobre la cama, tirado como si no pasara nada, con el libro encima y la luz del velador iluminando desde la mesita de luz, estabas vos.

Tan tranquilo. Tan sereno…

Pero entonces, pudiste ver algo raro, un movimiento, un pequeño temblor, y tu vista se elevó del libro y miró a alrededor. Podías sentir el miedo en tu mirada, la certeza de que algo estaba pasando.

Porque algo estaba pasando.

Dejaste el libro sobre la cama y, tras calzarte unas alpargatas, te pusiste de pie. Te acercaste hacia donde vos estabas, demasiado sorprendido como para hacer algo.

­–Pará –dijiste, casi con un hilo de voz, pero no paraste, sino que seguiste caminando, obligándote a dar un paso al costado para no chocar con vos mismo.

Viste cómo te acercabas al pasillo, encendiendo luces que hasta hacía unos minutos estaban encendidas; cómo regresabas a la cama, renunciando a la lectura y dando vueltas y vueltas, tapándote y destapándote, hasta que finalmente desistías y volvías a levantarte.

Seguías tus movimientos con un interés absorbente, ajeno a todo lo demás.

Fuiste testigo, finalmente, de cómo te acercabas al modular y empezabas a tomar whisky.

Fue en ese momento cuando empezaste a experimentar una sensación de irrealidad. Te sentías más liviano… Te sentías mejor. Mucho mejor. Levantaste tu mano ante tus ojos y pudiste notar que empezaba a volverse etérea, hasta permitirte ver a través de ella a vos mismo, tomando un vaso (triple) de whisky tras otro.

Finalmente, la sensación de liviandad se convirtió en una profunda experiencia de libertad, que coincidió con tu propia desaparición. Para el quinto vaso de whisky, sólo quedabas vos, de pie frente al modular, tan borracho que apenas podías mantenerte en pie.

Sonreíste, aliviado.

Te propusiste volver a la habitación, lo que (sabías) no iba a ser nada fácil. Te fuiste agarrando del modular mientras éste estuvo a tu alcance, después tuviste que recurrir a la pared. Nada se quedaba quieto: muebles, suelo, paredes… todo bailaba una vertiginosa danza al son de una canción que nadie escuchaba.

Cuando por fin llegaste, te quedaste duro en el lugar. En un principio creíste que lo que estaba arriba de tu cama era una ilusión producida por el alcohol, pero enseguida lo asumiste: lo que estabas viendo era real.

Ahí, sobre la cama, tirado como si no pasara nada, con el libro encima y la luz del velador iluminando desde la mesita de luz, estabas vos.

Fue en ese momento cuando notaste, sentiste, que alguien (o algo) te miraba.


 

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