Arte: el presente es el pasado procesado hasta el infinito

[Arte. Escuela de Frankfurt. Novedad. Industria Cultural. Alma. Marcel Duchamp. Boris Groys. Internet]

por Gonzalo Zanini

Discutir sobre el arte como ente abstracto goza de la misma pedantería innecesaria que las reiteradas preguntas de un familiar sobre cuestiones intocables y personales. Y además discutir sobre la situación del arte actual no renueva nada: es difícil establecer un paradigma artístico ya que estos suelen tener una fecha de vencimiento invisible. Pero al menos podemos hacer ciertas distinciones. Por desgracia la Escuela de Frankfurt se empecinó en hacernos creer que toda Industria Cultural creaba un colectivo de masas estúpida, individualizada y obnubilada; en contraposición a la cultura burguesa (otra vez el marxismo reforzando valores burgueses) que era la cultura de la experiencia original, única y esencial. Porque la pérdida del aura en las obras de arte no es otra cosa que el miedo a la pérdida de la sensibilidad burguesa. Estamos ante la tesis de unos caballeros enojados con el capitalismo que manifestaron el horror de la pérdida de un espíritu burgués y elitista cuya experiencia autentica no debía ser corrompida por nadie.

Para esta gente muy querida y respetada (y realmente admirable y revolucionaria) hay que pararse frente al cuadro de la Mona Lisa en el Louvre y dejarnos llevar por un trance espiritual porque es en ese contacto entre el sujeto y la obra de arte donde supuestamente encontramos lo realmente verdadero y autentico. Y por lo tanto queda totalmente inaceptable, bochornoso, estúpido y fuera de clase andar viendo la Mona Lisa en alguna película o panfleto publicitario en donde no podemos alimentar correctamente la experiencia del ser; como si realmente (y es necesario hacer énfasis en esto) se pudiera normativizar la forma de entender y experimentar el arte.

La verdad es que nadie debe tener el tupé de diferenciar lo que es una experiencia original y verdadera y una experiencia supuestamente superficial aunque masificada. A la Mona Lisa hay que experimentarla de muchas formas, viéndola en un tatuaje, en el fondo de pantalla del celular, en el grafiti del paredón de un baldío, en el cubrecama de tu habitación. La mona lisa masificada permite abrir los espacios de inserción del arte que dan como resultados nuevas interpretaciones, lo cual es fundamental para renovar el mismísimo arte en sentido general. Entonces hay que dejar que la clase bien burguesa pague su entradita a museos que rebozan de esnobismo y aceptar que el arte ya no le pertenece ningún estrato social.

Y lo dicho anteriormente no tiene nada de nuevo. En el preciso instante en que Marcel Duchamp autografió un mingitorio en 1917 y lo puso en un museo el párrafo de arriba se volvió excesivamente redundante. Pero digamos que a ciento un años de distancia la aclaración se vuelve necesaria. En el libro Arte en Flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente Boris Groys dice que el arte se volvió no solo un objeto de discusión libre de todo criterio de verdad, sino también una actividad universal, accesible de manera general, no especifica, no productiva y libre también de todo criterio de éxito. Si no hay límites que definan la forma de interpretar el arte, no hay límites para determinar qué se puede entender como arte y qué no. Y si bien esto parece una réplica del ready-made (arte basado en el uso de objetos que normalmente no son considerados artísticos), la situación da un vuelco con la aparición del gran archivador de la humanidad: Internet.

La forma de congelar la historia

Para Groys el arte moderno y contemporáneo nos permite observar el periodo histórico en el que vivimos desde la perspectiva del desenlace. A través del arte podemos encontrar desde los caprichos más radicales del ser humano hasta las representaciones más fieles de acontecimientos sociales, políticos y culturales de la historia de la humanidad. Pero esto no quiere decir que Internet sirva nada más que para aprobar Historia del Secundario a la hora de plagiar monografías de San Martin o la Revolución Rusa. A través de Internet (como posiblemente lo sepa todo el mundo) podemos acceder a nuestro pasado por medio de datos textuales y audiovisuales (teniendo supremacía ante el libro). Este acceso casi total al pasado que presenta Internet entra en conflicto con la idea convencional del tiempo: el tiempo histórico real no tiene retorno. Por mucho que Marcel Proust se haya esforzado en hacernos creer que no, el tiempo es irreversible, situación que con Internet cambia, se revierte, permitiendo la posibilidad del retorno.

En contraposición con el paso del tiempo tradicional, caracterizado por la erosión, lo inalterable y la fijación real de los acontecimientos, Internet permite congelar el pasado para examinarlo.

Pasado, divino tesoro

Supuestamente todo tiempo pasado fue mejor. Y después vino Spinetta y dijo que hoy es mejor. Pero a Spinetta nadie le dio cabida. Así que por lo visto, el pasado es mejor. Con lo que respecta al arte contemporánea más taquillero parece que este mismo se subió al DeLorean de Marty Mcfly y viajó de 1985 al 2015 tal como sucede en Volver al futuro 2. Estamos ante una vuelta al pasado que habla mucho de nuestra generación: la incapacidad de innovarnos.

Series como Stranger Things (sí, las series son consideradas acá como obras de arte); películas como Deadpool con soundtracks ochenteros; el Awesone Mix Vol.1 que lleva Star-Lord en Guardians of the Galaxy; o hasta los queridos Arctics Monkeys con el álbum Tranquility Base Hotel and Casino, con un tranquilo Alex Turner empilchado ya más como en los ’70 y junto a su tremendo interés de volver a esos años lejanos en donde él era, quizás, muy salvaje; y hasta lo vemos en la literatura argentina actual por ejemplo, con escritoras como Samanta Schweblin o Mariana Enríquez reflejando una prosa bien cortazariana, o con la presencia del ochentero  Raymond Carver deambulando en muchos escritores cordobeses como Federico Falco y Luciano Lamberti o el santafesino Francisco Bitar. (Ni hablar de escritores como Jonathan Franzen que congelaron su estilo y su prosa en el siglo XIX). Todo parece indicar que el presente importa poco y el pasado se vuelve nuestro refugio provisorio.

Son estos tipos de productos artísticos (con huellas de un pasado específico) los que forman parte del gran porcentaje del consumo de la sociedad dentro del mercado artístico. El ejemplo de La la land con un protagonista como Sebastian reivindicando todo el tiempo la importancia del jazz y de una sociedad actual que no le da importancia, dentro de un género, el musical, que se consagró en un pasado también muy contemporáneo, y siendo una película con una gran cantidad de guiños a películas antiguas, se vuelve quizás el ejemplo más claro, más específico, sobre todo si se tiene en cuenta los premios que obtuvo el film y la recaudación alcanzada en los cines. La la land, como el arte contemporáneo, insiste en la idea de volver al pasado como el mejor camino que puede tomar el arte; y esa idea, por lo visto, está legitimada tanto por el mercado (grandes ingresos) como por la academia (muchos galardones).

Pero todas estas referencias parecen irse a un caos incontrolable en donde el lector sólo puede atinar a decir: esto no me convence. Los ejemplos nunca serán suficientes para dar cuenta que la totalidad del tiempo presente es vista como una vivencia ilusoria de un tiempo pasado. En Sobre lo nuevo, otro libro de Boris Groys (sí, es un autor interesante) se plantea que los museos y otros diversos archivadores como bibliotecas y filmotecas tienen el objetivo de archivar lo que se presume como nuevo y distinguible de una sociedad, como lo “otro” que se diferencia del orden tradicional. ¿Pero estamos realmente capacitados para distinguir lo nuevo? Boris Groys dice que no, que lo nuevo forma parte de arbitrariedades superfluas que nunca logran determinar lo nuevo como tal y por lo tanto vuelven a ser consumidas por las masas. Ya no podemos hablar de leyes del mercado o leyes de la academia erudita imponiendo formas de ver el arte y sugiriendo determinado tipo de arte. Para Groys el mercado actúa en paralelo a la cultura ya que es la cultura la que abre la posibilidad o los espacios de acción del mercado. El mercado, para el autor, depende de una estabilidad de la cultura.

Es decir que realmente no tenemos mucha capacidad de distinguir lo nuevo ya que, al menos en el siglo XX y XXI, lo nuevo en el arte no tiene ningún tipo de esencia especial y fantástica ni está determinado por las acciones del mercado ni por lo que se puede entender como autenticidad. Pasa entonces que lo nuevo se mezcla con lo ya establecido y por lo tanto la cultura no va a tener el papel de especificar lo nuevo y lo viejo porque su capacidad está atrofiada por el simple hecho de que dentro de la cultura conviven elementos difíciles de distinguir. La cultura, para Groys, funcionará más como un sistema de diferencias; y dirá que la cultura “es siempre una jerarquía de valores. Cada acción cultural confirma esa jerarquía, la modifica – o en la mayor parte de los casos – la dos cosas a la vez.”

 La novedad de lo nuevo

 ¿Entonces qué hacemos con el arte? ¿Podemos pensar en un arte reciclado y supuestamente nuevo? ¿Importa el tiempo histórico a la hora de determinar lo nuevo? Retomando Internet, los límites temporales parecen desaparecer, tenemos al alcance, al mismo tiempo, en la comodidad de nuestro sillón, tanto una obra de Goya como de Basquiat, tanto un libro de Homero como de David Foster Wallace. Que estemos cruzando por una etapa en donde el pasado está muy presente no quiere decir que sea algo malo. Simplemente es el efecto de poder acceder al pasado, y por lo tanto de aferrarnos a un tipo de arte (ya sea películas, libros, cuadros, música, etc.) que vive la nostalgia de un pasado insuperable por el tormento de un aparato tecnológico (Internet) que tiene el atrevimiento de darnos la oportunidad, la increíble y fantástica oportunidad, de consumir el pasado como nunca antes se pudo. Estamos ante una serie de artistas que se encuentra dentro de un consumo permanente del pasado no por la simple presencia de las llamadas influencias artísticas canónicas o vanguardistas sino por la consiente toma de decisión de renovar un pasado que es nada menos que un nuevo tipo de presente procesado.

 

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