Borges toma un trago en San Junipero

Por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

Acodado sobre la mesa del bar Tucker´s, un veinteañero argentino recorre lentamente la superficie de su vaso de ginebra con el pulgar derecho. Absorto en sus pensamientos, no nota la presencia de la morocha que se le ha acercado y lo mira directamente, casi como si lo interpelara a actuar. Ni siquiera se inmuta cuando la negrita pregunta en un inglés erosionado por la oralidad:

— ¿Qué te trae por los Veinte?

Nuestro joven no quita la vista del punto perdido que la cautiva, y responde:

— Considero que fui muy feliz en los Veinte. Además acá puedo ver de nuevo.

— ¿Y por qué la mala cara, entonces?

— Porque esto no son los Veinte.

— ¿Y cuál es la diferencia?

— La diferencia, lamentablemente, es que me acuerdo.

***

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La poética borgeana y el eco argumental de la mayoría de los capítulos de Black Mirror comparten una obsesión: la memoria. El recuerdo como reflector que salva porciones aleatorias de la insondable oscuridad del olvido, el recuerdo como representación de lo que ya no es -ni puede ser-, el recuerdo como eslabón de la cadena de justificaciones que explica todo aquello a lo que me refiero cuando hablo de mí mismo (entonces, el recuerdo como garantía de la identidad).

Casualmente, el cuento en el que más puede percibirse el problema de la memoria, la identidad y el tiempo es El Inmortal. Un militar romano recorre distancias enormes para encontrar un río cuya fama es la de otorgar vida eterna a quienes beban de él. Cuando está a punto de rendirse, toma agua de un río arenoso y sucio y desfallece a poca distancia. Pero no muere, se levanta y descubre también una tribu de “trogloditas”, especie de sub-humanos con nula capacidad para el lenguaje o el raciocinio que se limitan a seguirlo por donde vaya. Finalmente entiende, por medio del único troglodita que lo acompaña hasta el último momento de su estadía, que aquellos hombres no son sino los Inmortales y que el río mugriento del cual ha tomado es el que siempre estuvo buscando.

Black Mirror

Los Inmortales de Borges han perdido todo interés por el mundo terrenal, dedican sus días a la especulación y el pensamiento. Casi no comen ni duermen, abandonaron toda voluntad de acción o de lógica (bajo el recurso ad infinitum: en un tiempo infinito le suceden al hombre todas las cosas, por lo tanto un hombre es todos los hombres). De la consciencia de su finitud pasaron a una progresiva asimilación de su inmortalidad. Ya olvidaron quiénes eran (el troglodita que lo acompañaba no recordaba que supo ser Homero), su existencia se limita a la relación con el medio natural. En fin, los Inmortales se animalizaron para soportar el hecho de que vivirán para siempre (Borges no concibe la posibilidad de que el ser humano pueda existir más allá de su consciencia de muerte. O mejor: una vida infinita llevada por un solo hombre requeriría una memoria igual de infinita para almacenar todo lo que ese hombre es. Al ser esto imposible, cada hombre pasa a ser todos los hombres, o ninguno).

***

—Creo que no estás viendo las posibilidades de este lugar.

— ¿Qué posibilidades? Esto es una copia degradada de lo que recordamos, que ya a su vez es una copia de una realidad que vivimos y que ni aun cuando la experimentábamos podíamos entender del todo.

—Estoy hablando de otra cosa, tonto: de juventud, de placer, de cambio. ¿No te das cuenta dónde estás? Tenés la forma que querés tener para siempre, vivís la época que querés vivir a cada momento y, si tenés suerte, los que amás también están ahí con vos en plenitud. Nos salteamos el juicio de Dios y vamos directo al Paraíso, querido.

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***

Los Inmortales de San Junipero están muertos. Parece paradójico pero es así: sus cuerpos no presentan ningún signo biológico y sus cerebros no producen ya las sinapsis neuronales que llamamos Mente. ¿Qué son, entonces, los Inmortales de San Junipero? Borges respondería simplemente: copias. Copias de juegos mentales sobre copias de recuerdos sobre copias de palabras que refieren una realidad inasible por los seres humanos. Almacenadas en la Gran Computadora presentada en la última secuencia, las almas de los Inmortales son conjuntos de bits y algoritmos que bailan, cogen, hablan, recuerdan y que sólo experimentan dolor si quieren hacerlo. Es un Más Allá mediado por la tecnología en el que tampoco se reconoce posibilidad plena al ser humano de una existencia infinita. O, mejor, se plantea la ambigüedad madre de todo capítulo de Black Mirror: ¿es esto real? ¿Soy real? Si sé que esto no es real pero lo estoy percibiendo, ¿acaso eso no lo torna real? Preguntas que derivan, en última instancia, de la Gran Pregunta De Toda Filosofía: ¿Qué es la realidad?

Si el ser humano sabe que no puede morir, ¿sigue siendo un ser humano? Borges responde nuevamente con claridad: no. San Junipero nos hace trampa, juega con los golpes bajos del amor pos adolescente, la discapacidad, la muerte de seres queridos. Hacia el final parece proponer un happy ending bien al estilo americano, con un deportivo que acelera por una de esas rutas rurales que siempre están desiertas y bien asfaltadas. De todas formas, el último plano nos muestra lo que realmente son Kelly y Yorkie: dos dispositivos conectados a una memoria enorme.

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Y en eso radica la diferencia fundamental entre los Inmortales semi-animales de Borges y los Inmortales más allá de lo humano de San Junipero: en la memoria. Para el escritor, la inmortalidad solo es soportable mediante el abandono de la memoria, y, con ella, de la identidad (del “ser uno mismo”, inextricablemente unido al “narrarse a uno mismo” como señala Ricoeur). El contrapunto de sus Inmortales lo representa Funes El Memorioso, un joven de diecinueve años que no puede olvidar y termina suicidándose. Parece ser que el recuerdo está atado a la muerte, puesto que es en aquel donde la consciencia de muerte reside. Todos los animales son inmortales porque no conocen la muerte (porque no saben que van a morir), muy bien, entonces el único modo de ser Inmortal es animalizarse. En cambio, la inmortalidad en San Junipero se construye como esa exacerbación de la memoria: la nostalgia. La posibilidad de retornar para siempre al cuerpo en el que fuimos jóvenes y a las épocas en las que fuimos felices se acerca más a la idea de Paraíso que a la de existencia terrenal ilimitada.

El acierto de Black Mirror es dejar cantidad de preguntas sin responder que interpelan la naturaleza de su propio happy ending: ¿cuánto puede durar el asombro ante la corporización de la nostalgia? ¿El placer es el único motor de una existencia infinita –o de una existencia a secas-? ¿Qué hacer cuando se agotaron todos los modos del placer (incluso, qué hacer cuando se agotaron todos los modos del dolor)? Yorkie recuerda a Kelly que San Junipero termina cuando ella quiera, cuando ella lo decida. ¿Es tan fácil la opción por el suicidio? Técnicamente la vida también se termina cuando uno quiere, pero ¿cuál es el umbral de tristeza, hartazgo, aburrimiento, repetición a partir del cual un ser humano ya no soporta más la existencia y la abandona? ¿Puede ser el suicidio una decisión consciente, a partir de razonamientos? Si mi cuerpo será joven para siempre, ¿cuándo decido yo que mi mente ya tuvo suficiente?

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Borges imaginó un grupo de hombres que olvidaron la existencia de la muerte, comprendieron que todas las cosas suceden en un tiempo infinito y que el orden de los acontecimientos es indiferente, por lo tanto, perdieron toda empatía e interés en el otro. No por nada siempre le pareció a Borges que amenazar de muerte era banal, que lo terrible sería amenazar a la gente con la inmortalidad.

San Junipero despliega un conjunto de backups de datos mentales que se interrelacionan entre sí en un juego de simulaciones que quiere desafiar a la muerte. Análoga a Dios, la Gran Computadora que almacena los cadáveres electrónicos les concede la posibilidad de un Más Allá eterno.

Animales de la ignorancia o máquinas de la nostalgia, lo humano siempre termina por morir.

***

PD:

Malacostumbrado por cincuenta años de bastón y ceguera, el veinteañero argentino se para con gestos amplios y hasta graciosos. Son las once y cincuenta y nueve en San Junipero, hora que reclama ya a los vivos. Camina dos pasos hacia la puerta y, sin dejar de darle la espalda, gira apenas la cabeza para decir una última cosa a la morocha que lo mira divertida:

— ¿Cuánto tiempo va a pasar hasta que olviden quiénes son? El tiempo de los hombres es el tiempo de su memoria. Vivir es acordarse de estar vivo. La batalla nunca fue contra la muerte, sino contra el olvido.


 

 

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