Borges vs Cortázar: El round del amor

Entre mi amor y yo han de levantarse 
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros

Jorge Luis Borges

Vení a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos hará

Julio Cortázar

por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

El canon literario argentino está dominado por dos figuras centrales desde hace más de medio siglo: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Me parece teóricamente indiscutible y prácticamente inútil debatir esta afirmación. A los cánones se los puede odiar o amar pero no se los puede negar: uno puede desviarse, ocultarse, atacar francamente a las figuras canónicas y decir que detesta lo burgués en Borges y lo canchero en Cortázar. Pero no se puede negar que hoy por hoy y por mucho tiempo seguirán rigiendo el cetro de escritores cumbre de la literatura argentina del siglo XX. Borges, más a la europea. Cortázar, más a la latinoamericana (pero desde Francia). Lloran Sábato y Aira acurrucados en un rincón: ya vendrá, si no es que ya pasó, su hora.

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Ahora bien, poco se los ha confrontado a los dos. Los críticos y académicos han aprovechado la buena relación entre ambos para no forzar comparaciones. Se ha visto a Cortázar como un pupilo borgeano, el más ilustre de la rama de sus admiradores, aquel que ha podido aprender del maestro, devorarlo, digerirlo, dejarlo a un lado (y para algunos, superarlo). Es famosa la anécdota de que Borges aprobó la primera publicación de un joven Cortázar en Argentina: el cuento “Casa Tomada”, quizás uno de sus mejores.

Para eso está Nadie es Cool: para forzar cosas sin ningún sentido con total devoción y detalle. Hoy me interesa meter a los dos en un ring y medir en las tarjetas sus declaraciones amorosas. Quiero ver cómo dicen al sexo, al enamoramiento, a la caricia, a la mirada. Y quiero que uno de los dos termine en la lona. Veamos.

Golpe Ciego

Al azar agarro uno de los poemas que más me gustan de Borges. Está escrito en inglés, se llama “Two English Poems”. Es básicamente un poema largo dividido a la mitad. La primera parte narra una declaración: “tengo que tenerte”. La segunda es un inventario: “qué puedo darte para tenerte”. Por lejos es mejor la segunda. Su calidad reside en la novedad. Lejos de atraerla con la chapa de campeón, con la pinta de inteligente, con el chamuyo voraz, intenta conquistarla con declaraciones de su propia incapacidad. Leemos, por ejemplo, “te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria” o “te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal”. Está clara la inversión: si no tengo nada de eso que todas admiran, de eso que todos piensan que hay que tener, entonces intento atraerte con lo que hay (y lo que hay, sólo lo tengo yo). Todo resulta en la paradoja de jugarse a la conquista con las confesiones de un extraordinario hombre normal. Uno que no tiene victorias para mostrar: estoy tratando de sobornarte con incertidumbre, con peligro, con la derrota.

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Es excelente la propuesta porque se anticipa a la negativa. Al aportar como positivas todas las razones por las cuales él sería rechazado, queda en la mujer (el poema está dedicado a Beatriz Biblioni) develar las verdaderas virtudes del poeta. No le da pompa a sus Pros y oculta sus Contras; enaltece sus Contras, se muestra hiper modesto en su incapacidad de manera que queden implícitos todos sus Pros.

Tu turno, J.C.

Qué vanidad

Me resultó casi imposible encontrar un poema de Cortázar donde se tuviera que levantar a la mina. Todos sus grandes poemas son del después o del durante: el recuerdo de un beso y una mordida, de un hastío, de una infidelidad provocada. Me acordé, sin embargo, de un poema hermoso que se llama “Bolero”. Arranca así: “Qué vanidad imaginar que puedo darte todo, el amor y la dicha, itinerarios, música, juguetes. Es cierto que es así: todo lo mío te lo doy, es cierto, pero todo lo mío no te basta como a mí no me basta que me des todo lo tuyo”. Es verdad: no está chamuyando. Ya está en la relación. Pero qué distinta es la pretensión cortazareana de querer darlo todo aunque no alcance contrapuesta a la pretensión borgeana de dar lo poco que tengo. Uno es la exageración consciente de las propias posibilidades, una mentira autoimpuesta para permitirse enfrentar a la amada con la actitud invencible de un dios que todo lo puede. El otro es la exageración consciente de las propias imposibilidades, una mentira autoimpuesta para permitirle a la amada enfrentarse a él con la actitud invencible de un dios que todo lo puede. Apoteosis de la soberbia contra apoteosis de la modestia. Piñas por todos lados.

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A los bifes

El que diga que no hay sexo en Borges simplemente miente o lo ha leído sin mucho ánimo de entenderlo. Está en todas partes. Pero, paradójicamente, está como ausencia. Está tan ausente, tan implacablemente oculto, que impregna todos sus textos de sugerencias. El sexo es otra imposibilidad en el amor borgeano: es una utopía instintiva que no se dice, que se evita, que por todos los medios intenta olvidarse. De ahí la caída a un platonismo anacrónico (en tanto búsqueda de una belleza ideal, de un amor triangular que no se termina en ella sino que a través de ella nos lleva a la divinidad, a los Arquetipos), la exaltación de la castidad de las mujeres, la anulación de la voz de la mujer en “La Intrusa” y la elipsis de la escena sexual en “Emma Zunz”. Por eso creo que es mentira que no hay sensualidad en su obra. Hay búsqueda constante, sostenida, pudorosa y hasta patológica de evitarla. Cuando un hombre crece en contra de algo, se transforma en alguien que no sería nada sin esa aversión.

Un azar que no busco comprender

Perdónenme de antemano pero es imposible hablar de literatura amorosa en Cortázar y evitar el capítulo 7 de Rayuela. Y además de ser imposible es el colmo de lo cool y acá estamos donde estamos. “Así que toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. … Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.

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¿Hace falta decir que Julio Cortázar excede a toda su generación por el manejo de la sexualidad, del eufemismo carnal, de la incorporación de la mujer a la imagen amorosa, de amantes que se muerden y se salivan y de la lengua? No hay con qué darle. Uppercut a la mandíbula.

Tarjetas

Cuando escribía esta nota pensaba que tenía un ganador en mente. Que en la conclusión iba a decir magnánimamente quién ganaba el round del amor y por qué. Ahora pienso que es totalmente inútil, tan inútil como discutir el hecho de que Cortázar y Borges son los escritores más consagrados de Argentina. Lo cierto es que no sé tanto de boxeo. Casi no sé nada. Les dejo a ustedes la angustiante tarea de levantarle la mano al vencedor (pero ¿quién gana? ¿Gana el más picante, el más pulenta, el más vivo, el más genuino, el más consciente, el más sagaz, el más peligroso, el más genial, el más inteligente, el más idiota, el más fachero? ¿Quién carajo gana en el amor? ¿GANA ALGUIEN?)

***

P.D. Los que aman

El que lee el poema “Buenos Aires” y memoriza “no nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”. La que lee “me basta mirarte para saber que con vos me voy a empapar el alma” y piensa en alguien. Los que buscan las tumbas de sus escritores favoritos en ciudades perdidas por el mundo para saber si tendrían la suficiente valentía para llorarlos. Las que arruinan un instante de belleza en el mundo para ser las únicas que puedan retenerlo en la memoria. El dictador y su verdugo. El subversivo y su verdugo. Todos, hermano. Todos.

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