Breve introducción al Infierno

Por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

De las creaciones teológicas -hijas del espanto, la admiración o la manipulación- que la humanidad a lo largo de los siglos ha sabido acumular, sin duda las más interesantes son las locaciones de ultratumba. Imaginar territorios enteros donde el ser humano pueda existir cuando se agote su tiempo terrestre es digno de una literatura fantástica más moderna y más compleja que cualquier cosa escrita en el siglo XX.

En el caso del catolicismo, el judaísmo, en parte también el Islam y muchísimas religiones más con un tronco común en la Mesopotamia asiática, las posibilidades post-mortem parecen reducirse a dos: el infinito castigo o el infinito premio. Pocas veces encontramos zonas intermedias de expiación, como el Purgatorio, o zonas absolutamente neutrales donde las almas simplemente ¿penan, esperan, se aburren? por siempre.

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Esas zonas neutrales, cuyo mejor ejemplo podría ser el Hades griego, son curiosísimas. En el Hades de los mitos más antiguos simplemente residían los muertos. Las referencias a quienes dejaban la vida estaban colmadas de expresiones como “vagar”, “penar”, “languidecer”. No hay tormento (el tormento está reservado en el Tártaro a los monstruos y titanes) ni premio (como si lo tienen algunos héroes en los Campos Elíseos en revisiones posteriores del mito, como la Eneida); lo que hay es simplemente una nada eterna, interrumpida brevemente por posibles invocaciones de los familiares a través de libaciones que “despiertan” por un rato a los muertos. Es un espacio construido para la tranquilidad de los vivos, para soportar la idea de la muerte, para amenguar la pérdida de un familiar, de un amigo.

Luego vendría la filosofía y los filósofos revisarían esos fondos míticos, adaptándolos a sus nuevas instituciones y razonando que, en realidad, en el Hades debía haber jueces que lo envíen a uno al Tártaro o a los Campos Elíseos o a otras zonas adaptadas al mejor o peor desenvolvimiento de cada uno en vida. Es decir, la filosofía griega vino a democratizar la vida eterna. Ahora los actos del ciudadano medio también eran medidos para ser castigados o recompensados, ahora también uno podía ser condenado. Como siempre, los filósofos vinieron a romper las pelotas.

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Un Infierno dedicado

Un hombre sentado en un parque. Sus ojos están rojos de tanto retener lágrimas de amargura, lágrimas de rabia, lágrimas de tristeza simple y llana. Todo lo que quiere en el mundo es a una mujer, una mujer que nunca fue suya y que ahora murió. Si lo vieran, si alguien en el mundo se acercara a ese hombre que está fundamentalmente solo -desde entonces y para siempre- no podrían entender por qué se muerde los labios de bronca. En ese momento es cuando lo decide: va a dedicarle un libro. Va a ser el mejor libro de la historia de la humanidad, o al menos se dignará a pelear esa discusión eterna. No va a ser un libro sobre los vivos, que ya no le interesan: va a ser un libro sobre los muertos. Un libro donde la encuentre a ella como nunca pudo encontrarla en vida; un libro tan hermoso, tan enorme, tan erudito, tan místico, tan religioso y tan bien escrito que jamás podría olvidarse; un libro donde Ella sea la fe, la interminable fe de los días. Se levanta y se seca las lágrimas, ya el pecho se le embrutece de gloria y vanidad. Agarra una hoja, moja la pluma y escribe: “Commedia”. Las generaciones y el tiempo agregarán un adjetivo al título: Divina Commedia.

Seguramente Dante no haya hecho ninguna de todas esas cosas (algunos dicen que Beatriz nunca existió, que es un símbolo inventado por él), pero no tenemos que olvidar nunca que los vacíos históricos, hasta no ser llenados, pueden parcharse con literatura.

Sandro Botticelli - La Mappa dell'Inferno

El Infierno de Dante es, por lejos, lo mejor de una obra espectacular. Está dividido en nueve círculos concéntricos, cada uno de los cuales destinado a un tipo diferente de pecador y cuyo fondo y punto céntrico es el Diablo propiamente dicho, quien mastica por siempre a Judas. Lleva a un extremo literario casi imposible todas las creencias teológicas de su época, a la vez que se hace de la compañía y guía de Virgilio –por ese entonces y más que Homero, considerado clásico entre clásicos-. Su Infierno es básicamente punitivo, es un territorio de castigo y sufrimiento donde ninguna salvación es posible ni esperable: “Abandonad toda esperanza/ aquellos que entráis aquí” es la inscripción sobre la puerta del Averno. Alineado con todo el dogma católico, el Infierno dantesco es paradigmático para todos los infiernos que lo sucedieron en la imaginación de la humanidad.

Un Infierno amorfo

A mediados de la Segunda Guerra Mundial y bajo ocupación nazi, aparece en Francia un libro que encaminaría las vías de la reflexión filosófica de su década y la siguiente: El ser y la nada, de Sartre. Hija de Heidegger, de Marx, de Husserl y de Hegel, la mirada existencialista de Jean-Paul se basa casi enteramente en un concepto fundamental: la libertad humana. Pero no es una libertad placentera, no es un derecho que ha ganado el hombre: es una condena. El hombre está condenado a ser libre en este mundo porque no hay nada en su esencia, no tiene ser, no “es” nada. Tiene que, continuamente y hasta su muerte, darse ese Ser, tratar de darse una esencia que nunca llegará a completar.

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Pero esa libertad no es impoluta ni azarosa. El hombre (la “realidad humana” para Sartre) está situado. Existe con las cosas, nunca por fuera ni por encima de ellas. Al mirar el mundo, la realidad humana organiza las cosas en torno a sí, objetiviza lo que ve. Pero, entre esos objetos, existe uno que emerge y le arrebata el centro, desorganiza lo que estaba ordenado. Es el Otro, que también es realidad humana, distinta a la mía, y también dispone de los objetos a su alrededor. Mirar al Otro no es más que entender que hay otro que me mira. Y desde el momento en que me sé mirado comienzo a actuar de acuerdo a la mirada del Otro.

En la filosofía sartreana, los Otros son parte constitutiva de mí mismo. Como siempre estoy situado, como no hay realidad humana pura y abstracta por fuera de la relación con otras realidades humanas, los Otros influyen e intervienen en la conformación de mi Yo. Solo soy Yo en tanto reconozco que hay Otros en mi mirada que me miran y me convierten en objeto de su mirada. En un mundo donde no hay valores preexistentes a nuestra libertad, donde no hay Dios ni moral, los Otros son los verdugos, los salvadores, los jueces de todas mis acciones libres.

“¿A qué tanto fuego y tridentes y demonios y ultratumba?” dirá Sartre, “El Infierno, queridos, está acá, en este eterno presente que llamamos Existencia. El Infierno son los Otros”.

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Un Infierno manipulador

Se me hace imposible no rescatar la visión marxista de la religión y, en especial, del Infierno. Para Marx, cualquier creencia en una vida distinta de la material, aquella experimentada inmediatamente por los sentidos, es ilusoria y es, a la vez, un instrumento ideológico que ayuda a mantener los modos de producción actuales. En el marco del capitalismo, “la religión es el opio de los pueblos” puesto que adormece a las masas explotadas para que no se organicen y rebelen contra la clase dominante que los subyuga: la burguesía.

Desde una perspectiva bastante diferente, Marx estaría de acuerdo con Sartre en situar al Infierno en el presente (una vida ultraterrena sería una locura para Marx, ya que no puede ser sino producto del pensamiento del hombre y el hombre sólo existe en la materialidad de esta vida): no hay tal cosa como una instancia posterior a tu muerte donde tus acciones sean juzgadas y tus pecados castigados, el único Infierno que podés conocer es el que, en caso de que seas un proletario explotado, ya estás soportando. Por lo tanto, nada de “los últimos serán los primeros” ni “poner la otra mejilla”; organizarse y revolucionar los modos de producción capitalista. Se cometan los pecados que se comentan. Se merezcan los ilusorios castigos eternos que se merezcan.

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El Infierno del ídolo

Tengo que confesar que me atraen mucho más los Infiernos en vida que los otros, eternos y lejanos (espero). En vida uno tiene la chance o sufre el azar de salir y entrar constantemente de infiernos y paraísos, de pensar que se está en uno cuando en realidad se está en otro. De descubrir cómo quema el paraíso de la carne y como hiela el infierno de la soledad.

La única vez que creí ver un Infierno, con todas las letras, fue el 13 de julio de 2014. Lo vi reflejado en los ojos inexpresivos de la cara de Lionel Messi. Empezó antes de patear un tiro libre a más de treinta metros del arco de un gigante alemán en el minuto ´123 de la Final del Mundo. En esa mirada vi la última esperanza de más de cuarenta millones de personas puestas en un tiro imposible del Ídolo. Lo sintió, sintió el peso abrumador sobre los hombros. Y la tiró a cualquier lado. Terminó el partido. Perdimos. Perdió Messi, porque los ídolos ganan para todos pero pierden solos. Tuvo que subir a un escenario -con una puta medalla de plata en el pecho- para recibir el trofeo de Mejor Jugador del Mundial. No lo merecía. Él también lo sabía. Y sabía que todos sabíamos que no lo merecía. Entonces corrió la vista y la vio. Fue un segundo. Apenas rozó con la visión a la Copa del Mundo. Y ahí estaba el Infierno. El Infierno del Ídolo. El Infierno de desilusionar a todos los que te aman y de dar razones a los que te odian. En ese momento Messi hubiera cambiado años de torturas y laceraciones en el otro Infierno por estar en cualquier otro lado del mundo.

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P.D. El Infierno una y otra y otra vez.

Huxley se preguntaba: “¿Y si este mundo no es más que el Infierno de otro planeta?”. Entonces pienso en la infinita coreografía, esa de levantarse, irse, trabajar y estudiar, volver, prender la televisión o leer hasta dormirse y así también mañana y pasado y el día después de pasado, hasta el fin de semana donde desagotaremos la frustración en una pileta de alcohol y música demasiado fuerte como para que podamos darnos cuenta que incluso hasta eso está pensado por nosotros, incluso hasta lo que hacemos para desviarnos del día a día está pensado, minuto a minuto.

Ni a Dios, ni al mismísimo Diablo se le hubiera ocurrido un Infierno tan sádico como el que nos dimos nosotros mismos: la rutina.


 

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