Carlitos: el ángel del pelo largo

[El Ángel. Carlos Robledo Puch. Luis Ortega. Toto Ferro. Chino Darin. Lulu. Cine. Marginalidad. César González Estética. Homoerotismo]

por Diego Rach (@tre393)

El viernes fuimos a ver El Ángel, la última película de Luis Ortega. Y aunque suene un poco snob voy a decir que la fuimos a ver porque hace unos años tuvimos la suerte de cruzarnos con las ideas de Luis en la presentación de LuLu (2014) en El Cairo, el cine municipal de Rosario que es algo así como un refugio seguro para amantes del cine de la ciudad. Está bien que LuLu desencadenó una serie de eventos personales inesperados, pero también fue una experiencia poética que nos dejó claro que estábamos frente a un gran director de cine.

En una entrevista hace poco, Luis Ortega dijo que el uso de Carlos E. Robledo Puch como protagonista del film es una excusa para dar rienda suelta a una expresión creativa, para desprenderse del afán documentalista sobre la vida del mayor asesino de la historia argentina (ponele). De modo que no interesa hacer digresiones sobre el tipo que está encerrado en la cárcel de Sierra Chica. Sobre todo porque lo que leí hasta ahora es una interminable pedantería sobre la banalización del criminal más que la lectura sobre el esfuerzo narrativo de la ficción.

caminamos una calle sin hablar
Avenida Rivadavia

Como punto de partida, me parece necesario dejar de lado el afán hiperrealista que corona el punto de vista con el que se aborda el film. Creo que el cine de Luis Ortega no abreva en esa tradición narrativa como sería el caso de Pablo Trapero. No es casual este contraste con un cineasta que hace poco tiempo retrató la vida de la familia Puccio en El Clan (2015) siguiendo la tradición del nuevo cine argentino que retrata con crudeza la vida runfla de la argentina en decadencia. Ese cine que a su modo es maravilloso no clausura la posibilidad narrativa de lo real cuando se le quiera subir el precio por del lado de la mímesis estética. La ficción admite otros márgenes.

Si revisamos la obra de Luis Ortega desde la precoz Caja Negra (2002), la abrumadora Monobloc (2005), la lentitud de Los santos sucios (2009) vemos cómo cierto ambiente lyncheano espectrea sus películas, por qué no algo de la escultura en el tiempo de Tarkovski o Herzog. Sin embargo desde Dromómanos (2013), Historia de un Clan (2015) y LuLu (2016) (finalmente consagrados en El Ángel) me parece haber una nueva búsqueda de estilo, un cruce más afín entre cierta tradición del pop y del surrealismo que intenta explorar una imagen más pulida y refinada de los personajes y sus entornos (“esteticista” según el ojo de la crítica) con ideas fuerza de fondo. En cierto sentido, desplazarse desde la confusa sordidez del ruido lyncheano a algo más minimal.

En un posteo de Facebook hace unos años, César González, que es un admirable cineasta, denunció la hipocresía de la estética de la marginalidad. Un cine que se sirve del relato de los desposeídos en su crudeza para moralizar la mirada y disolverla en la culpa antes que en la acción y la potencia de esos cuerpos. Su cine, a su manera hizo el tránsito desde el neorrealismo al surrealismo para pasar de hablar de la potencia de la vida marginal al mecanismo del poder. Nada que achacar desde una moralina esteticista que acusa de traición a los estándares realistas de una época o de las fidelidades biográficas de sus protagonistas. Una obra puede tomar historias “reales” para radicalizar lo que desde siempre han sido: historias de ficción. Después de todo ¿qué límite más ideológico que el que se establece entre lo real y lo ficticio?

el otro día me quisieron matar
con ametralladoras papapapa

De nuevo una película de Ortega se consagra a personajes que deambulan por la ciudad viviendo sin importar el mañana, sin finalidades, sin propósitos. Como en LuLu, yendo de un lado a otro jugando como niñxs, bailando como niñxs, gozando como niñxs. En el telón de fondo, hay una búsqueda de estilo que acompaña una búsqueda, en cierto modo más filosófica, de la libertad. Quizá el gran tema que explora Ortega. ¿Una libertad como ausencia de impedimentos externos? Tal vez. Hay una cierta carencia de comunidad, son personajes a veces solitarios, o en medio de acciones individuales que conducen a consecuencias displicentes sobre el resto. Y si existe algún tipo de lazo, se trenza entre el amor o la amistad (pasajeras).

El personaje de Carlitos en El Ángel es un prototipo de espíritu libre, parece actuar sin pensar y matar sin maldad. Como algunxs dijeron, parece no haber psicología, aunque en cierta medida esto sea equívoco. Hay, al menos, cierta tensión en el deseo—por no decir la calentura—que Carlitos (Lorenzo Ferro) mantiene con Ramón (Chino Darín) y traza cierta introspección indescifrable sobre lo que hará el protagonista. Y creo que esa es la idea, no saber dónde va a terminar todo (pese a conocer el final de Robledo Puch), por dónde la vida va a descarrilar y, sobre todo, anticipar que esto en algún momento termina mal. O no. La respuesta lxs sorprenderá.

La tensión sexual entre Lorenzo y el Chino dejan imágenes memorables. Y creo que una buena película sabe cómo dejar huellas hechas de imágenes. Un histeriqueo que fue criticada por falta de homoerotismo, de credibilidad o de resolución, abona poco a lo que el propio director menciona en sus entrevistas. No hace falta que una escena sea explícita, que revele todo, que devele todo para enunciar algo. Esa es también la magia inexplicable del cine como lenguaje. ¿Qué sería de Pasolini sin ese recurso a lo inaprensible del erotismo?

Y en límite extramoral de la película, la controversia en la que se cruza la historia de Robledo Puch con la de Carlitos. Más que hacer un juicio sobre los crímenes y las víctimas, se puede decir algo sobre el problema del Mal. Un tema explorado desde distintas aristas por el cine en estos últimos años. Desde Historia del miedo (2014) de Benjamín Naishtat a La Cordillera (2017) de Santiago Mitre, una controversia política se abre en torno al problema del mal y su naturaleza. ¿Sobre quiénes recae y desde dónde se ejerce? ¿Se puede ser un alfarero del mal al estilo maquiaveliano de Mitre o lidiar con una amenaza que avanza sobre el área protegida de la clase media argentina en Naishtat?

A contrapelo de versiones en las que el mal es encarnado por personas desquiciadas o por poderosos sin escrúpulos, en el cine se viene tensionando la idea de un mal que habita en todo el cuerpo social. El terror ejercido a plena luz del día a la vista gorda de todxs, por “gente de bien”. Pero por oposición a la frialdad calculadora del mal en El Clan de Trapero, el protagonista de Ortega parece más cercano a una versión de la banalidad del mal, ejercida por un boludo cualquiera de 19 años. La muerte en El Ángel hace reír al espectador. Literalmente.

inútil es que trates de entender o
interpretar quizás sus actos

Siempre que tengo el impulso de escribir sobre cine, o en definitiva escribir sobre una obra de arte, se me presenta la misma pregunta. ¿Hay algo más que decir? ¿De verdad, se puede añadir algo a una obra? Y no se trata de decir que una obra contenga un sentido inscrito en ella misma, como si se tratase de una totalidad cerrada. La pregunta, la encrucijada a la hora de los palos de la escritura, viene por el lado de lo que produce la obra. Nada que ver con su sentido ¿me explico?

Decir algo del sentido no es en vano, pero es un trabajo en todo caso monográfico, biográfico y hasta en algunos casos, exegético. Pero nunca me basta ese trabajo para hablar sobre cine, siempre me queda ese cosquilleo, ese nerviosismo, esa corrupción de la carne que acelera los piecitos en el pensamiento. Siempre me queda por fuera ese incesante diluvio expresivo de afectos que me deja una película en el cine municipal, revivir un clásico, mirar una foto de Arbus en el Malba o escuchar a mi amigo recitar una poesía en el Abasto.

Como dice el mismo Luis Ortega, Robledo Puch fue una excusa para dar soltura a una serie de imágenes, de poesías y de líricas pujando por emanciparse del cerebro. Y cuando escribimos sobre ciertas cosas es igual, encontramos una excusa para dar libertad a los afectos que fluctúan entre nuestros cuerpos. Y en mi caso, la película me encontró en el final bailando.

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