Celebridad

Autor: Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

No entendés muy bien por qué te levantás con esa melancolía. Vas a arrastrarte hasta el espejo y vas a inventariar lo que sigue estando ahí a pesar de todo: tu cuerpo, tu cara, el marrón intenso de tus ojos. Y sí, qué le vas a hacer, las canas ya interrumpen la simetría en tu pelo, las arrugas ya delatan tu cansancio. Te gustaría ser por un día más la celebridad de Zona Norte que hace treinta años caminaba por la Recta Martinolli y no pensaba en que nadie camina la Recta sin saber a dónde va. Sólo pensabas en llegar al bar, una vez más y como siempre, para cantar hasta que a la audiencia se le acalambren los oídos de tanta dulzura. A tus pies la Recta era la espina dorsal del barrio y no había veinteañero al volante que no desacelerara al verte para poder contarles a sus amigos sólo que te vio pasar. Nada tenía sentido y por eso era tan divertido, ¿no?, de un día para el otro en la cima de la cultura del barrio más elitista de la ciudad. Si uno triunfaba allá, no le hacía falta triunfar en el centro. No lo sabías, pero Córdoba era más de una ciudad cuando vos eras la celebridad de Zona Norte.

Esa noche tan atrás en tus recuerdos atacaste el frío que perforaba a la audiencia con el color imposible de tu voz y como siempre mirabas cada tanto al guitarrista con la sutil advertencia “no te vayas a equivocar” que el siempre pareció entender aunque no se la dijeras, advertencia que él no necesitaba hacerte porque vos nunca te equivocabas cuando ponías los labios a dos centímetros del micrófono. Y no pudiste haber sabido que ahí nomás y sobre la izquierda había un pibe que en su momento quiso ser escritor (y terminó convirtiéndose en intelectual) que te envidiaba, te envidiaba y admiraba cada segundo que duraba tu canto porque tu talento salía directo desde tu garganta hacia el mundo sin intermediarios, en cambio el de él necesitaba artificios y retórica y técnica del mentir: vos no mentías, vos hablabas con una cadencia que no venía ni terminaba en este plano de la experiencia, pasaba como una alegría y quienes escuchaban sentían ese tránsito de lo que viene de otro mundo hacia otra realidad, nunca el producto acabado. En esos tiempos no dejabas quieta la mirada, recorrías de derecha a izquierda la audiencia entera como queriéndola amontonar, calculando la potencia que tenía que tener tu voz para empalagar hasta al más alejado del escenario.

Abandonás el recuerdo como a un amigo. Sabés que no queda mucho de la veinteañera ágil y elegante de tres décadas atrás. Tenés ganas de probar ese último resabio de los años de fama y belleza, tenés ganas de ver si el talento sigue ahí. Así como estás, pijama mediante, removés las cajas que guardás debajo de la escalera y lo encontrás. Está sucio y oxidado (a todos nos pasan los años).

Caminás hasta el living con la decisión con la que entrabas a los bares, como un nene que empieza a jugar. Conectar el micrófono es una auténtica prueba de sonido. Uno, dos, tres, hola, hola, ah, ah, sí.

—Ahí va -susurrás cuando estás segura de que funciona.

Largás esa sonrisa que apenas si muestra los dientes frontales porque sabés que todo está dado una vez más para comenzar. Pero todavía no. Hay que inventar un pequeño anfiteatro con los sillones. Disponelos en un semicírculo, apuntando a un escenario virtual. Muy bien, hay que hacerse rogar un poco. Buscás, ahora sí, la silla sobre la que te vas a subir.

Entonces fluye un sonido largo como todos estos años, querida, sonido que traducís en algunas palabras

Ain’t no sunshine when she’s gone

Tu casa tiembla cuando recibe la vibración. El público inexistente se ha quedado mudo sobre sus asientos

It’s not warm when she’s away.

A unos veinte pasos se despierta tu hijo. No entiende de donde viene o a dónde va esa voz

Ain’t no sunshine when she’s gone

Se desliza despacio hacia el living: como de otra vida recuerda las notas que vas haciendo pasar

And she’s always gone too long

A cinco mil kilómetros de distancia, perdido en otra ciudad que no entiende, el escritor de aquella noche en el bar no piensa ya nunca más en las celebridades de Zona Norte

Anytime she goes away.

Tu hijo se acerca con temor y ocupa el sillón sobre tu izquierda. Casi no pestañea pero nada te preocupa porque treinta años atrás sobre un escenario de madera cantabas

Wonder this time where she’s gone

¿Dónde estará tu guitarrista de aquellas épocas? Un nene en el público está sentado al borde del sillón. Flexiona las rodillas y las cubre con sus manos, absorto en el vaivén de las palabras

Wonder if she’s gone to stay

Él no sabe inglés, es demasiado chico. Podrías estar cantando cualquier cosa. Lo único que percibe es que el mundo se retuerce y endereza cada vez que se cierra y abre tu boca

Ain’t no sunshine when she’s gone

Todo el cuerpo lanzado hacia adelante, casi sin apoyo sobre el asiento. Se debate entre el impulso de tirarse encima tuyo o dejarte seguir con la esperanza de que cantes para siempre

And this house just ain’t no home
Anytime she goes away.

Cerrás los ojos al tiempo que bajás el micrófono. La masa ausente no emite un solo ruido: ya no canta la celebridad de Zona Norte.

Abrís de nuevo y ahí está él. Recién se entera de que podías hacer eso sólo con la garganta y los labios. Salís del trance para abrazarlo y notás que algunas lágrimas le dibujan líneas caóticas sobre la cara.

Entendés, por fin entendés que la admiración es la forma más perfecta del amor.

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