Chalecos amarillos y negros de mierda

[Boca. River. Copa Libertadores. Seguridad. Sociedad. Martin Caparrós. Monroe. Francia. Mauricio Macri. Emmanuel Macron. Patricia Bullrich. Le niñe bengala]

por Patricio Pérez (@sandiaconqueso)

¿Y yo qué hice?

Para empezar, acá Martín dice que fue tu culpa. Tuya, sí, vos que estabas sacando la carne del asador en un patio de Barrio Talleres. Tu pasión irracional nos llevó a esto. Animal. O vos, que te chupa un huevo o un ovario, que andabas paseando tu caniche por Vélez Sarsfield cuando viste al pasar la imagen de un cascote volando sobre un colectivo Flechabús en la tele de una peluquería. O yo, que sinceramente no me acuerdo qué estaba haciendo: también cargo una parte de culpa. Somos todos enfermos. Culpables de ser la “sociedad”. Esa sociedad decadente y descontrolada, impredecible como la lluvia que todo lo arruina pero que a la vez se prende como un fosforito ante el primer chispazo, y que deja ver toda la animalidad de sus bajas pasiones, que corren ocultas tras el velo del folklore y las “costumbres argentinas”.

Vos podrás decir: ¿qué culpa tengo yo? Martín te avisa cosas que vos todavía no sabés: que estos inadaptados son la “punta de un iceberg”, que vos sos parte del “bloque sumergido” para cual el fútbol (y nada más que el fútbol: ni el básquet, ni el tenis, ni siquiera el fútbol “femenino”, torpe adjetivo añadido a eso que aparentemente no cuenta como fútbol) es la excusa para romper para siempre el pacto social. Que treinta tipos tiren piedras a un ómnibus habla tanto de vos como de mí. Martín nos pide en el New York Times que hagamos mea culpa, que ya es hora, carajo, que estamos dañados y que lo admitamos de una vez. Todo esto es tan culpa nuestra como de los “funcionarios” (dicho así, sin un solo nombre propio además del de Macri, mencionado para citarle un testimonio de hace dos semanas), los “medios” (¿cuáles?) y “esa madre” de las bengalas (ella sí, identificada con imagen, video, link a nota periodística, y diferenciándola de los hinchas, colectivo violento pero indefinido: foco del ataque sensacionalista sobre una mujer). Idénticas calificaciones se replican en diarios locales: en La Nación, leemos que “las pasiones extremas han desbordado todo marco racional”, que “el salvajismo que derrota a todo un país tiene fuerza de sobra para helarle la sangre a otros poderosos”.

Nosotros, calladitos, masticamos el asado frío sintiéndonos una mierda.

En un país serio sí pasa

“Al cabo de un rato, un tipo dio el primer paso, gritando: ‘andate, o te apedreamos’. Eran tipos con chalecos amarillos. Tenían baba en los labios. Estaban iracundos: querían matar a un periodista.

Vi llegar hacia mí un tsunami de chalecos amarillos. Mis dos guardaespaldas ─trabajo con dos guardaespaldas hace una semana─ me decían: ‘corré, corré, apurate’. Veinte o treinta personas me rodearon, corrí 100 metros a toda velocidad mientras me decían: ‘si te caés, se terminó’. Primero quise refugiarme en un patrullero, pero estaba vacío. Entré en un comercio y mis dos guardaespaldas me hicieron de escudo. Eran absolutamente monstruosos. La policía enseguida cargó contra los manifestantes para dispersarlos”.

El testimonio es de Jean-Wilfrid Forquès, un corresponsal de la cadena francesa BFMTV, perseguido el sábado pasado por los “chalecos amarillos” en las manifestaciones en la avenida de los Champs-Elysées. Se denomina “chalecos amarillos” a un grupo de manifestantes (244.000 en toda Francia) que se opone a las medidas de ajuste del presidente francés, Emmanuel Macron, en particular a la suba de los impuestos, las tarifas de combustible y la consiguiente pérdida del poder adquisitivo. Esta manifestación, que lleva ya una semana, tuvo lugar en París el sábado 24, en unas protestas que iniciaron pacíficamente y terminaron en una gigantesca barricada en el emplazamiento del Arco del Triunfo, con la intervención de 3.000 efectivos del cuerpo policial. El resultado: 130 detenidos y 8 heridos, que se añaden a dos muertos y 620 heridos de la semana pasada.

No faltó nada: autos incendiados, cartones en la calle, mobiliario público arrancado de cuajo e integrado a esa enorme barrera que bloqueaba el paso de los camiones hidrantes, que junto con los gases lacrimógenos (todo un estilo) fue la respuesta del cuerpo policial. Otra que conocemos bien: dicen que los disturbios fueron iniciados por infiltrados. Quiénes son los infiltrados, eso está por verse. El ministro del Interior francés, Cristophe Castaner, acusa a Marine Le Pen y a su partido de ultraderecha como “sediciosos que estimularon la violencia”. Le Pen, a su vez, se defiende diciendo que los gobernantes son inútiles que no pueden contener a los grupos radicales. Circulan videos en Twitter que muestran a los infiltrados (esta la conocemos todavía mejor) como integrantes de la propia policía.

No obstante sus características, el reclamo de los franceses es visto en la prensa internacional (no la francesa) como un reclamo transversal, hasta el punto que en él coinciden tanto Le Pen como diputados del socialismo. Además de transversal, es justo: efectivamente, las medidas de Macron son percibidas como excesivas. Y, para peor, el mandatario se justifica diciendo que un impuesto al combustible es una medida “ambientalista” que estimularía a los franceses a “comprarse autos eléctricos”, apuntando así al voto de los “écolos”, los ambientalistas. “Los franceses tienen la sensación de ser tomados como imbéciles”, titula el diario alemán Die Welt, quien añade a continuación que “estas protestas son más que el folklore (!) habitual: son el síntoma de una ruptura entre las clases dirigentes y las clases medias”. En todos lados proliferan los mismos calificativos: un movimiento “inédito”, “marginal”, de gente que se siente “despegada de la política”, sin líderes ni color político, que pide la renuncia de un presidente que les ha traicionado.

Los chalecos amarillos y los negros de mierda

Claro que de los dos disturbios simultáneos, uno solo sucede en (y merece los calificativos propios de) un país bananero. La turba iracunda que arroja piedras a un colectivo que se mete por una calle equivocada (origen, además, de toda una serie de teorías conspiranoicas fogueadas por los representantes más destacados de ambos bandos) es bien sudaca: “sólo en Negronia”, “70 años de peronismo” y “ya somos Burundí” son la manifestación más llana de lo que en los medios de comunicación es denostado como “los hinchas salvajes”, “la animalidad” y “la irracionalidad de las pasiones populares”, que “la razón no puede contener”. La razón, por no decir, por nunca jamás decir, el adecuado despliegue de las fuerzas de seguridad.

Allende el Atlántico, las cosas son muy distintas: un pueblo “que se ha cansado de ser tomado como imbécil” lleva adelante una manifestación multitudinaria, inédita además (incluso teniendo en cuenta su destacada trayectoria de luchas sociales), cuya transversalidad es síntoma de una crisis política. Este movimiento carece de líderes y color político… pero no de violencia. Pero es una violencia (dice un gran tuitero) estetizada: una violencia Gus van Sant, no una violencia de gordo montonero. Queman autos, pero fijate qué hermosas son estas sillas.

Lo que nos deja a nosotros una vez más en vergüenza por partida doble: no sólo somos un país violento, sino un país de bajo presupuesto. Si fuéramos sólo violentos, pero por las causas adecuadas, vaya y pase. Martín mismo ensaya, al final de su nota, un orden aproximado de prioridades: “un tercio de pobres, 45% de inflación, cada vez menos educación”. Y nosotros calentándonos por el fútbol, por la pasión irracional del fútbol. Ni siquiera sabemos elegir bien las causas de la violencia. Que se tome como estándar el evento del sábado para culpar a los hinchas ─y, de modo metonímico, a la sociedad toda─ de la violencia, y no el copioso historial de violencia estatal desmesurada de la que el macrismo hizo gala en tres años, es sólo un aspecto más de la tilinguería de plumas de MacBook Pro pretendidamente racionales.

Le public et la foule

¿Existe la buena violencia y la mala violencia? Quizás la diferencia obedece a un criterio estético. Con el filtro (de Instagram) adecuado, una es una movilización inédita, otra es una manifestación monstruosa.

El juicio de estas voces que escriben desde la cumbre misma de la moral, generalizando patologías sociales a partir de un hecho local (un bondi apedreado en una avenida porteña), termina deviniendo un muestrario de prejuicios. Sólo ciertos grupos son capaces de manifestarse sin quebrar el orden social (hermoso subcapítulo de esta novelucha: Marcos Galperín tuiteando que en el rugby no pasa). Los otros son turbas iracundas, irracionales e incivilizadas.

Por más cool que sea mostrarlos en Twitter, estos prejuicios tienen una raigambre larga en el pensamiento occidental. En el fondo, perpetúan formas esenciales de percibir a las sociedades: una decadente y enferma desde su nacimiento, irracional y esclava de sus pasiones y tosca en sus formas, cuando no fea, video de 240p, choripán y McDonalds roto; la otra racional, fina en sus motivos, que piensa por sí misma y no tolera la injusticia que proviene del mismo líder que eligió. En el fondo, todo esto tiene un olorcito a decimonónico: podemos recordar aquí la distinción de Gabriel Tarde (que recupera Laclau en “La razón populista”) entre público y multitud. La gran diferencia entre los dos es una cuestión de desarrollo tecnológico: el público sabe leer, es más escéptico, es posterior a la invención de la imprenta y los ferrocarriles. La multitud es un cuerpo desorganizado y espontáneo, destructivo y regresivo por donde lo mires: tres tipos enojados en una vereda pueden formar una multitud, porque la violencia de sus formas se contagia mediante la sugestión y la sugestión es extremadamente peligrosa.

Nuestra verdadera vergüenza como país (que vos y yo compartimos, como Martín allá en la redacción del Times y los hinchas que tiraron piedras a un colectivo abandonado a su suerte) es no ser más civilizados al momento de elegir nuestros motivos. Para el próximo superclásico, asegurémonos de tirar sillones Luis XIV en vez de vulgares piedras; adosar un reclamo tarifario a la espontánea violencia. Y si nos cagan a palos (como en tantas otras ocasiones), para Martín al menos fue un avance de nobles intenciones.

 


Fuentes

Martín Caparrós, “Un país dañado” en el New York Times, 24 de noviembre de 2018

“Ce que dit la presse étrangère des gilets jaunes”, en BFMTV, 26 de noviembre de 2018

“«Gilets jaunes»: La presse étrangère raille Emmanuel Macron”, en 20 Minutes, 22 de noviembre de 2018

Tear Gas and Water Cannons in Paris as Grass-Roots Protest Takes Aim at Macron, en New York Times, 24 de noviembre de 2018

Aumenta la presión contra Macron: la protesta de los ‘chalecos amarillos’ llegó a los Campos Elíseos”, en La Nación, 24 de noviembre de 2018

El Gobierno francés acusa a Marine Le Pen de instigar la violencia entre los «chalecos amarillos»”, en ABC, 24 de noviembre de 2018

La violencia es un mandato”, por Pablo Alabarces en Revista Anfibia

“Caos en la Libertadores: las bochornosas imágenes del superclásico entre River y Boca”, El Español

 

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