Cien mil kilómetros por hora

Autor: Federico Frittelli –@fedefrittelli

Estamos con José, Franco y Pablito querido en el sillón tomando un poco de birra porque, bueno, a veces no hace falta más excusa para tomar birra que la simple necesidad. Allá atrás en la cocina Valentina juega con los vasos y Rocío se caga de risa; yo pienso “mierda, si será verdad eso de que una risa es prueba suficiente de que existe la felicidad, y en cambio para probar la existencia de la angustia hace falta seguir toda una  vida” . Y Franco dice:

—Perdón.

— ¿Qué hiciste? –pregunta Pablo

—Lo invité.

—La puta madre –dice José y le pega al apoyabrazos del sillón.

Franco sonríe y teclea furioso el táctil del celular.

—No me quedó otra. Me preguntó dónde estaba.

— ¿Y qué, vos todavía no descubriste la mentira? –le dice Pablo. Tiene cara de quererlo matar.

—No es tan malo Augusto, che. –digo, pero sólo para armar bardo (a mí tampoco me cae tan bien). El tipo es de esos que piensan que la tienen clarísima, y, aunque es bastante más bajo que yo, siempre siento que me habla desde arriba. Me habla condescendiente, como si tuviera que inclinarse hacia abajo incómodamente para charlar. Y lo peor es cuando quiere hacerte un chiste o contarte alguna confidencia: ahí sentís que se agacha. Que se pone en cuclillas para igualarse a tu altura y que no te sientas amenazado.

—Es un pelotudo –dice el propio Franco– pero es amigo de toda la vida. No es de cagarte una mina, por ejemplo.

Palazo para José que se hace el boludo olímpicamente y juguetea con el celular.

Pasan diez minutos. Timbre.

Entra como flotando, como levitando, como si fuera demasiado bueno para el suelo que pisamos todos. Cuando a uno le cae mal alguien todos sus gestos son despreciables. Augusto es exactamente esa clase de persona. Nosotros hemos tenido esas famosas charlas de “no le caes bien a nadie, gil, date cuenta,  por favor” con él pero no reacciona. Si le preguntás te va a decir que no quiere cambiar. Todos sabemos que, en realidad, no puede. Que llegó a un punto-de-no-retorno y que desde ahí, sino está cómodo, al menos puede soportar la vida.

— ¿Cómo va? –dice.

—Bien, qué sé yo. –gruñe Pablo. Lo odia.

Yo le caigo bien a Augusto. Él piensa que me puede rescatar. No sé qué es lo que ve en mí que le da esa sensación. Siempre se esfuerza el doble conmigo en las discusiones. Obviamente, Augusto no discute. Augusto expone. Nadie le da bola por lo general, pero a veces es interesante.

José sale de su ensimismamiento y tira:

— Che, agarraron a un ex general Nazi cerca de Bariloche. Qué cliché. –y ríe.

— Qué hijos de re mil putas esos tipos hermano. –sanciona Pablo. Con Franco miramos aAugusto porque sabemos que no puede dejarle el beneficio de la sentencia a Pablo, tiene esa necesidad insoportable de relativizar todo lo que parece absoluto.

—Qué sé yo. Los tipos estaban convencidos de lo que hacían. Por más hijos de puta que fueran. Es más de lo que capaz vayamos a alcanzar nosotros en nuestra vida. –dice Augusto.

—Decime por favor que no te vas a poner a justificar a los nazis, no estoy de humor para discutir pelotudeces. –responde Pablo.

—Sólo digo que es entendible. Que todo es entendible. Que todo es válido, no hay un valor fundamental que esté en la base de la vida o de la sociedad y de todo lo que hacemos.

—Se puso a justificar a los nazis. –dice Pablo y se tapa la cara teatralmente.

—Media pila, Agu, son nazis. Son como el símbolo del mal. –le ruega Franco.

— ¿Y quién nos asegura qué es el mal y qué es el bien?

—Vos sos el mal. –tira José y nos cagamos de risa.

—Sólo digo que no hay nada que nos asegure nada. Ni siquiera que los genocidios son “malos”.

Augusto se esmera en caernos mal. Hace de caernos mal un arte. ¿Qué sentido tiene justificar a los nazis?

—Che, copadísima la charla. Me voy a comprar más birra. –dice Pablo. Después mira a Augusto y se muerde el labio inferior, por lo que entiendo “no puede ser tan tarado este tipo”.

José y Franco se paran inmediatamente al grito de “¡Te acompañamos!”. Que pedazo de cobardes que son, me van a dejar sólo los hijos de puta. Atrás las minas se siguen cagando de risa y yo sólo pienso en que no me acuerdo por qué número de vaso voy, que hoy terminé de rendir los parciales, que tengo esa especie de preocupación residual o el sentimiento de “no puedo creer que ya terminé de rendir, debe haber algo más por hacer” que tarda una semanita en irse. Pablo cierra tras de sí con un portazo y yo me quedo sólo con Augusto en el sillón.

—No hace falta, Augusto… Algunas cosas que hacés…  No hacen falta. Todos sabemos que no hay nada peor que los nazis. Vos tampoco crees en lo que decís. No se puede matar a nadie por más convencido que esté uno. Y menos como lo hacían los nazis. –no sé por qué digo esto. Para qué le doy cuerda.

Augusto ríe.

—Boludo, ¿no te das cuenta que nada tiene sentido? ¿No te das cuenta que creamos todo lo que creamos para pensar que hay un orden más allá de las casualidades? Yo sé que vos sabés que te tengo confianza. Que podés llegar a verlo. Miralas a ellas. ¿Qué causa puede haber para que te quieras coger a la novia de Franco, hermano? — ¿Cómo mierda sabe?— Si eso está mal. No tendría sentido, ¿o no? Si hay valores entendidos y fundamentales, ¿por qué te destroza la cabeza pensar en ella?

—No tiene nada que ver con los nazis.

—Tiene todo que ver. Todo esto es caótico, no tiene medida. Si esto tuviera realmente un orden, una razón de ser, los nazis ni siquiera podrían existir. Serían inimaginables o serían literatura. Pero los nazis son posibles y son realidades porque pasaron, y el mundo no dejó de girar a cien mil kilómetros por hora alrededor del sol por culpa de los nazis. Fueron un eslabón más en la cadena reventada de casualidades. Un nazi es tan válido como vos o como yo. Sólo que ellos fueron menos tibios. Y no digo que eso sea mejor. Digo que es igual de válido. Todos nos vamos a morir igual: sea de viejos en un hospital rodeados de familiares o escupidos y apedreados por una multitud. Y nada es necesariamente mejor que otra cosa porque todo termina igual.

Me doy vuelta y la miro. La puta madre, es hermosa. La concha de la lora, Franco, la concha de la lora. ¿Estaré borracho? ¿Cómo puede ser que las palabras del pelotudo éste empiecen a tener sentido si está hablando de los nazis?

Se para y se me sienta al frente, sobre la mesita donde apoyamos la birra. Me agarra desde la parte de atrás del cuello fuertísimo, me tiene con el índice y el pulgar debajo de la nuca. No me puedo mover, tampoco forcejeo mucho. Me mira a los ojos. Le devuelvo la mirada, y yo siento que me caigo al vacío cuando los miro así de negros, opacos; los ojos de Augusto son asquerosamente profundos y me pone nervioso verlos porque se siente como si uno fuera un nene que mira a través de un pozo en una noche sin Luna, esos pozos de agua larguísimos; y abajo, en el fondo del abismo, me parece ver algo que, culpa de la oscuridad, no se termina de contornear nunca y me deja la angustia de si lo que habrá lejos es algo que debe ser salvado o si está intentando salvarme a mí. Me dice:

—Obvio que los nazis me parecen una mierda, hermano. Una discusión sobre un tema absurdo como el nazismo no tiene sentido si es entre varias personas. Entre varias personas existe la moral. Pero si tiene sentido entre dos personas. Cuando la masa, cuando el Otro-Nosotros desaparece y me quedo sólo, también me quedo sólo con mi moral y mi ética. Y ahí cagué. Ahí mi moral y mi ética son tan ridículas y rebatibles como cualquier otra. Incluso la nazi. El tema es si sos de esos que pueden entender o sos de los que van hasta ahí nomás. De eso se trata todo, boludo.

Me suelta.

La puerta se abre de golpe. Entre Pablo y José traen como mil birras. Franco va hasta la cocina y le da un beso a Rocío. Ella le susurra dos o tres cosas que no llego a escuchar, y se ríen. Valentinase me sienta al lado y me dice algo de Twitter o Instagram, no sé.

Aprieto mi vaso de cerveza como si fuera lo único realmente mío en el mundo, y tomo hasta que no queda más nada.

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