Colosal*

*Un basural, otro más.

por Antonella Saavedra (@PezPost)

En “Pequeño Mundo Ilustrado”, María Negroni escribe un diccionario fantástico que define sólo veintisiete palabras: sus obsesiones. Ni más, ni menos. Me llamaron la atención los dibujitos de la tapa cuando adquirí el libro, parece que ambas compartimos la fascinación por los garabatos muy pequeños. Está bien juzgar a los libros por la tapa cada vez que se pueda.

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Lo de Negroni tiene la misma intención diccionaria de Roland Barthes en “Fragmentos de un discurso amoroso”. El “impulso diccionario-enciclopédico” tiene larga data. Los primeros diccionarios fueron hallados en la Mesopotamia. Las enciclopedias en su noción moderna son el gran hito del hombre ilustrado: los enciclopedistas del siglo XVIII. Su intención era la de crear un arma en la lucha contra el oscurantismo tratando de compilar “todo el conocimiento del mundo” hasta el momento. Esa clase de esfuerzos  sinópticos y exhaustivos para llegar hasta el fondo de lo más vasto suelen quedarse en cantidades colosales de retazos y fragmentos.

Tanto en términos de conocimiento o saberes como de objetos materiales, todos somos potenciales víctimas del Síndrome de Diógenes.

Cuando era chica me gustaba leer dos cosas: las revistas A-Z 10 y a Borges. Curiosamente ambas lecturas tienen mucho que ver con lo que me mueve a escribir en esta oportunidad: la acumulación. Era el año 1997 y esas revistas eran difíciles de conseguir en los kioscos, tenían 100 páginas a color y un formato de librito. La dealer de mi infancia era Juana, bibliotecaria del Colegio Robles cuando comenzó a ser mixto y los curas de la congregación aterraban por igual a chicos y chicas. Ella tenía la colección completa de unas revistas que abordaban toda clase de temas que nada tenían que ver uno con el otro. Desde curiosidades del Antiguo Egipto, a videojuegos de las primeras computadoras, teorías sobre cómo se pobló América, la biografía de Graham Bell, cómics de Asterix y Óbelix. Me atrevo a decir, para mí era todo el conocimiento del mundo. Un cúmulo, un mazacote más que importante de datos intrascendentes en su mayoría y aparentemente inútiles, salvo para juegos como ese de Sofovich de preguntas, respuestas y escalones.

Por otra parte estaba Borges, que me daba mucho miedo. A los nueve años Borges me parecía el tipo más escalofriante de todos, quizás porque no entendía la mayor parte de lo que leía. Me gustaba no entender nada. Me lo figuraba como un tipo alto y grotesco. De grande me reconcilié apenas con él, me cuesta (con pesar reconozco) escindir a su obra de todo-su-fascista-ser. Como sea, una de las obsesiones más grandes de Borges era la Encyclopædia Britannica, la cual nunca pudo terminar. Él, que siempre consideró más valioso un “buen” lector a un “buen” escritor, usualmente leía los ensayos de la enciclopedia de forma aleatoria y no alfabéticamente. Es una lectura que se asemeja a una suerte de revista A-Z 10 pero de dimensiones tremendas, en definitiva.

Jorge Luis Borges retratado en Buenos Aires en 1978. Utilizaci-n libr

Todos somos (o podemos ser) enciclopedistas de porquerías. Recordemos que el mercantilismo fue un sistema económico sustentado pura y exclusivamente en acumular oro y plata. De ahí, cualquier cosa. Records Guiness, entradas al cine, boletos de colectivo, frascos de perfume vacíos, encendedores usados, cánones de Polícleto de belleza, tipos de democracia, numismática, máquinas de escribir, zoológicos. Papel.

Papeles, papeles de cartas viejas, de apuntes que nunca voy a releer, de cartas que me escribo a mí y a otros que nunca las van a recibir porque ni las pienso enviar. Toda clase de cosas que cualquiera guarda para hacer bricolaje nunca o “por si las dudas”.

Nacemos, adquirimos, inventariamos, clasificamos, a veces no nos reproducimos y morimos dejando atrás un poco de plástico y papel. No creo que haya excepciones en este punto. Las distancias entre un ciruja viviendo en la calle y juntando basura con su carro de supermercado y las cajas y cajas de inutilidades que cualquier persona junta a lo largo de los años no existen. O sí, que una de estas formas de vida está aceptadas socialmente y otra no.

Fogwill, autor de “Los Pichiciegos” y muchas obras más, era uno más del club. Cuando me meto mucho en la obra de alguien que ya murió, primero leo todo lo que pueda sobre su muerte y voy hacia atrás con sus vidas, hasta el nacimiento. Como esa película de Gaspar Noé, Irreversible, que está narrada de atrás para adelante. Fogwill murió en el año 2010. Su hija Vera relata en una nota que escribió para Página 12 que cuando entró a su casa meses después del fallecimiento de su padre para hacerse cargo del bardo que dejó atrás encontró con infinidad de colecciones absurdas.

Recolectó siete bolsas de consorcio con botellas de agua mineral vacías, frascos en cantidad, bolsas de plástico de supermercados chinos, motores de barco, discos rígidos, monedas, tickets de avión, boletos de metro europeos, tuercas, herramientas y encendedores vacíos, cables de computadora, adaptadores, enchufes y llaves de todos los tamaños que no abrían nada. Fogwill también estaba obsesionado con los circuitos. Tenía helechos en su departamento, cuyas macetas colgaban de cables de computadora y un cinturón de seguridad que se robó una vez de un avión. En el interior de todos sus libros había puchos a medio fumar y forros sin usar. Tenía muchas cajas de ahorro en varios bancos, todas en cero.

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Este nada más es un ejemplo que se me cruzó de casualidad. La indigencia es otro estado de las cosas. Otro más, de otra índole:

En el prefacio de “Las palabras y las cosas” Michel Foucault también dice que su texto nace de otro texto de Borges en el que habla de una enciclopedia china que clasifica: “los animales se dividen en a] perte­necientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibu­jados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas”. Arthur Rimbaud tenía un color para cada vocal, así los clasificaba. Difiero de su sinestesia, no concuerdo con los colores que eligió. “La A negra, la E blanca, la I roja, la O azul y la U verde.”

Si ya mencioné la idea de lo aleatorio como principio regente de todos estos afanes, tan disímiles entre sí, de acumulación… ni hablar de las taxonomías. En los diccionarios el orden es alfabético y los alfabetos son primos hermanos de las taxonomías o nomenclaturas por categoría. Son todos órdenes arbitrarios (convencionales, más bien). Lo aleatorio está pensado como imprevisible. En estadística es el azar, lo que carece de tendencia. El azar es un logaritmo más y es predecible pero no de forma sencilla. Al acumular “aleatoriamente” en realidad tomamos aquello que tenemos a mano  y lo clasificamos con lo que nos moviliza emocionalmente. La correlación e interpretación del caos es añadida por el sujeto que acumula y por nadie más. Entonces cada uno conoce su arbitrario. La aleatoriedad es el último bastión (¿?) de lo subjetivo.

Los muros de Facebook y Twitter son otro cúmulo arbitrario de giladas. Y odas a la megalomanía. Negroni (no campari+gin+vermouth) cita a Calvino  “Toda vida es una enciclopedia, una biblioteca, un inventario de objetos, un campeonato de estilos, donde todo puede ser continuamente mezclado y reordenado de nuevo de todos los modos posibles”. Ella añade además que la frase descuida un aspecto. “Toda vida es también una dificultosa conquista del no-saber.”

Como todas las colecciones incompletas, las enciclopedias, los diccionarios y los basurales.

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