por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

No hace mucho (hablamos de algunos meses atrás) fui a tomar un café con mi ex profesora de Lengua y Literatura Castellana del colegio. Ella tuvo la tortuosa amabilidad de leer todos mis cuentos y hacerme una especie de devolución/corrección considerando su experiencia en el campo. La conversación, naturalmente, apenas si tocó mis escritos en algún momento; supongo que ninguno de los dos somos, lo que se dice, conversadores de agenda. De todas formas recuerdo y aún tengo muy presente lo que fue su consejo más acertado: Fede, deberías introducir el humor en tus escritos.

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Totalmente. Siempre consideré que los mejores escritores son aquellos que pueden sacarnos una sonrisa o incluso una carcajada en el medio de un libro serio. El problema es que para hacer reír escribiendo, uno tiene que ser capaz de hacer reír diciendo. Y no me refiero al típico humor adolescente burlesco-circense basado en traspasar ciertos límites y que da una fuerte sensación de rebeldía, de contraste con lo normal, y por eso produce risa. Tengo gran admiración por estos comediantes de la vida social, pero lo que ellos tienen es un talento, digamos, inenarrable, imposible de escribir sin perder, con ese acto, toda la gracia de la performance. Yo me refiero específicamente al humor de las palabras, al humor que cala profundo y que requiere de un acto creativo inmenso en un tiempo ínfimo. Un humor casi de reflejo. La ironía.

La mejor definición de ironía que escuché o leí se reduce a: “Decir algo como si se lo pensara cuando en realidad se da a entender otra cosa: la que realmente se piensa”. Parece bastante complejo y de alguna manera lo es, pero creo que para muchas personas, entre las que me incluyo, la ironía (y su versión más negativa, el sarcasmo) es natural. Cuando se observa con la suficiente atención o detenimiento, todo resulta astronómicamente irónico. Desde allí, los comentarios emanan solos, sin que uno busque en todo momento ser irónico. Nietzsche relaciona este humor con un alto grado de inteligencia. Yo pienso que, además de precisar un alto grado de audacia intelectual, el humor es más bien una actitud ante las circunstancias (dieciocho años y refuta a Nietzsche: ahí tienen su primera ironía).

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Entonces y teniendo en cuenta la reflexión anterior, me di a la tarea de recuperar situaciones “anecdóticas”, en las que pudiera encontrar genuina ironía, sarcasmo brutal o sátira a la pasada por parte de los escritores que admiro. Quise saber si esos hombres, los que pueden hacerme levantar la vista del papel para reírme por un segundo a la vez que logran mantenerme compenetrado noches enteras, también tenían el reflejo irónico-satírico-sarcástico en el face-to-face de la creación espontánea. Naturalmente, anduve flotando en un mar de narraciones apócrifas sobre estos señores. Lo que sigue es lo que considero menos caricaturizado de lo que he investigado. La vida de ciertos escritores se idealiza al punto de considerarlos una especie de semi-dioses -o dioses- de la palabra; y sus anécdotas se difunden ampliándose cada vez más. De todas formas, esas hipérboles nacen de la admiración y no de la malicia, y en última instancia son entretenidas. Tratando de eliminar lo mejor posible lo incomprobable, atendamos a estos exponentes:

Imposible no empezar con Quevedo. En mi nota anterior me referí a él como “perdido en el Siglo de Oro” y quizás me equivocaba. Incluso puede ser el que mejor ubicado estaba. Toda su obra está impregnada de un fatalismo irónico esencial e hiriente, y es bien sabido que tal actitud no cesaba al levantar la pluma del papel. En la facultad, la profesora de Literatura Española nos contó (nótese mi esfuerzo por validar la narración) que en ocasión de una ceremonia, donde Quevedo sería reconocido, nuestro poeta apostó con un amigo que le diría renga a la Reina (la cual, de hecho, lo era -y le molestaba sobremanera que se lo recordaran-) En la ceremonia, al turno de Quevedo, el poeta tomó dos flores de la decoración y se arrodilló frente a la reina, diciendo:

“entre el clavel y la rosa
Su Majestad escoja”

Basta separar la última palabra en dos partes para entender que don Francisco habrá ganado la apuesta.

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En nuestro pequeño rebaño incipiente de literatos argentinos (tenemos doscientos años, solamente) tenemos millares de ejemplos de esta clase. Quizás el menos conocido y el más re-conocido de todos sea Macedonio Fernández, al cual todos los próceres de las letras en nuestro país – Borges, Cortázar, etc. – reconocen como emblema del humor tanto escrito como situacional. Cortázar recoge una anécdota (en el libro “La vuelta al día en ochenta mundos”) en que Macedonio, luego de que le pregunten por un concierto al que había asistido, responde: “Al concierto faltó tanta gente que si faltaba uno más, no entraba”. Simplísimo y en una oración, Macedonio invierte los términos de la ocupación de la sala y transforma los asientos vacíos en una muchedumbre ausente; todo, en el lapso de tiempo entre una pregunta casual y su respuesta, en segundos. Borges, por su parte, a lo largo de las infinitas entrevistas que dio en su larga trayectoria, también tuvo momentos irónicos memorables. En una ocasión, una entrevistadora que no puede contener su admiración le dice: “Señor Borges, usted es un genio” a lo que él responde: “Pero no. No crea eso, son calumnias, señora”. En una respuesta Borges condensa humor, amabilidad, (¿falsa o verdadera?) humildad, y el mismo tipo de inversión que Macedonio utilizó con el concierto. También es muy conocida su respuesta a la pseudo-provocación de un muchacho que le suelta: “Y bueno, en política no vamos a estar de acuerdo, maestro, porque yo soy peronista”, y con extrema agudeza satírica-sarcástica el escritor le responde “¿Cómo que no? Yo también soy ciego”.

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Por último, me gustaría cerrar con dos angloparlantes esta pequeña demostración. En primer lugar el irlandés Bernard Shaw, quien en una reunión de alta sociedad vio pasar a una mujer y se tiró un lance al estilo decimonónico. Le dijo: “¡Qué hermosa es usted!” (Nada de “che, ¿venís seguido acá?”). La señorita le corta el rostro ridiculizándolo: “Caballero, no puedo decir lo mismo de usted. ¿Qué me recomienda?”. (La pregunta que cierra la oración tiene a todas luces indicios de ser una interpolación posterior a la anécdota, pero sirve para dar el pie a nuestro amigo Shaw). Shaw, en una situación en que cualquier mortal hubiera agachado la cabeza en muestra de humillación y rebote, se retira airoso respondiendo “Le sugiero que haga como hice yo, que mienta.”

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El otro, un inglés que peleó dos Guerras Mundiales y fue Nobel de Literatura –sí, en la misma vida-, es Winston Churchill. Hablando de su contrincante político en Inglaterra, infinitamente inferior a él en audacia e inteligencia, C. R. Attlee, Churchill declaró a la prensa inglesa: “Es un hombre muy modesto, con todas las razones para ser modesto”. El elogio lanzado como caricia envenenada, típico recurso de Winston.

Me gustaría no haber dejado de lado a Swift, Cortázar, Shakespeare, Cervantes, García Márquez, Oscar Wilde y tantos otros excelentes ejemplos que encajarían con lo que expongo, pero no quise cansarlos ni mentirles de más.

Hay que reírse más. De nada, de todo. Hablando, escribiendo, gritando, sonriendo para adentro. Hay que ponerle un filtro irónico a los acontecimientos, hay que usar a la sátira como a la mano que le saca la sábana al fantasma de la realidad.

Después de todo, si uno no se burla un poco de la vida, la vida se le caga de risa a uno.

 

 

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