Déjate llevar, los acontecimientos no toleran que los difieras.
Careces de nombre. Todo es de una facilidad preciosa.
André Breton

por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

La pregunta del título es injusta. Están en todo su derecho de exigirme que me importen ciertas cuestiones. Así nomás, en la punta de la lengua: la moral, la democracia, la felicidad, el medio ambiente, la humanidad. Algunos querrán ir más lejos: la religión, las instituciones, el Estado, la patria, las relaciones personales. Lo que suele importar, para ser más conciso.

Ustedes y yo tenemos un problema. Más allá del derecho, como hombres sociales, que tenemos de exigirme estas importancias, no tenemos fundamento alguno para seguir haciéndolo. Créanme, no es mi culpa. Pasa que Marx, Nietzsche, Wittgenstein, Foucault, Saussure, Teatro del Absurdo, el solipsismo. Pasa que siglo XX. El maravilloso siglo XX. El siglo que ha colocado signos de pregunta alrededor de las grandes verdades que se le habían escapado al XIX.

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¡Oh, bendita objetividad, nunca te vayas muy lejos! Las ciencias naturales, las leyes físicas. La tierra es un esferoide rotando estrepitosamente sobre sí mismo a la vez que da un giro convulsivo y periódico alrededor de una gigantesca masa incandescente y luminosa de gases, que a la vez está sometido al inconmensurable movimiento rotatorio de nuestra inmensa galaxia, y todo a la vez viajando y separándose a velocidades realmente inimaginables hacia la absoluta e indescriptible nada, a la igualación total de las temperaturas y las energías, al comunismo definitivo del espacio-tiempo, la hermosa y paciente entropía total. Pero, infortunados nosotros, vivimos demasiado poco y para esta hermosa palabra falta camino.

¿A qué viene todo esto? A que no puedo encontrar motivos para que me importen las cosas, mucho menos puedo encontrarles sentido. Si todo termina en nada, ¿qué importa? ¿Estamos haciendo todo lo que hacemos con la consciencia de que lo hacemos hacia la nada? ¿Sabemos, a esta altura, que toda la historia del universo puede no ser más que un rápido vistazo desprevenido de un Dios cansado?

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Sigamos, supongamos por unos renglones que podemos revertir la entropía. En tal caso, la humanidad está destinada a regir el universo. Lo hemos logrado. Tenemos una tarea. Hay un cuento de Asimov – el mismo lo considera su mejor cuento – llamado “La última pregunta”. El interrogante en cuestión es precisamente lo que nos pusimos como tarea: revertir la entropía. A lo largo de los milenios la humanidad le pregunta a una computadora potentísima, hecha para responder cualquier duda, “¿Cómo se puede revertir la entropía?”. Cada vez, la computadora responde que no tiene suficiente información y que deberá seguir recolectando datos. Finalmente, en el final de los tiempos, cuando ya la Humanidad (Asimov confía en que llegaremos al final de los tiempos) es un solo organismo solitario en la masividad de un Universo opaco, fundido con toda la sabiduría de la computadora y todo conocimiento posible en el Universo, consigue la respuesta. Y en la penumbra al borde de la entropía total, imagina Asimov: “entonces El Hombre dijo: “Que se haga la luz”. Y la luz se hizo” Uno no termina de entender jamás si habla de nuestro futuro remoto, o de nuestro borroso pasado. Quizás se refirió a ambos, a un ciclo interminable que nos condena a ser dioses, a creer en dioses, a matar dioses, a convertirnos en dioses, y así…

En este cuento ya se intuye el principio antrópico. Básicamente podemos resumirlo como la teoría de que la historia del Universo debe darse de tal modo que explique la existencia de seres inteligentes capaces de preguntarse por la historia del Universo. Aún hoy es una teoría en desarrollo y suena más como una consolación filosófica que como una hipótesis científica dura. No me interesa, me gusta lo que me produce. Me provoca una idea enorme: somos todo lo que existe, y todo lo que existe, existe porque nosotros lo somos. Tiene tanto sentido. Las cosas existirían sólo si un observador (un pensador, un oidor, cualquier cosa que corresponda) las hace existir. Y los seres inteligentes allí al medio, rigiéndolo todo con nuestro saber expansivo, ensanchando los márgenes de la existencia. Nosotros.

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El problema de Nosotros.

El problema de siglo XX. ¿Qué somos, sino un discurso ininterrumpido de enunciados encadenados de respuestas y preguntas hechos con palabras que nunca sabemos lo que significan? ¿Cómo podemos estar seguros de que nos entendemos? Después de Wittgenstein, de Saussure, ya quedó claro que las palabras forman el mundo y a nosotros en él. También después de ellos dos y de tantísimos más ha quedado claro que no existen las verdades a priori. El lenguaje conforma una intrincadísima red que no se define más que por la oposición de sus elementos, los cuales no tienen ningún sentido fundamental. Sólo hay funciones. Todo es arbitrario y fluctuante. La lengua no es un instrumento de nada, en todo caso somos simples portadores de la lengua. Nada es sino puede decirse. Y si se dice con un medio tan voluble, e incluso se dice de distintas maneras, no puede ser esencial. Nada es esencial. No podemos entendernos del todo. No podemos conocer nada del todo. Seguimos creyendo en verdades ancestrales por inercia histórica, la Modernidad que nos engendró nos ha abandonado demasiado pronto para que podamos sostenernos. Cada uno de nosotros está solo con sus verdades, con su propio esquema de palabras, con su propio mundo que trata de imponer a los demás en un continuo de competencia absurda. Hobbes, el hombre jamás dejó de ser el lobo del hombre. Simplemente ha refinado sus métodos.

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Pobre Universo. Y pobre regidor.

Propongo (ya que estamos lanzados) amigar al principio antrópico con lo que acabo de exponer. Llamémoslo principio metantrópico o principio egoantrópico, qué importa. Nosotros no somos el Universo, cada uno de nosotros lo es. Yo, Federico Frittelli, soy todo lo que puede ser y existir. Con cada paso que doy arrastro conmigo a la existencia. Todo lo que yo conozco, veo y siento es todo lo cognoscible, visible y lo que puede sentirse. Cuando duermo pauso al mundo. Cuando muero, lo mato. Ustedes no son más que variantes de lo posible, y sólo existen en cuanto los pienso. La historia existe para explicarme.

Así, cada uno de ustedes reemplace mi nombre por el suyo y se verá en perfectas condiciones de hacer propio al principio hiperantrópico.

***

POSDATA AL LECTOR ANÓNIMO: A vos, lector ignoto, necesito dedicarte un par de líneas. Vos, que no sabes quién soy, que no has visto nunca mi cara ni escuchado mi voz. Vos al leerme me estás creando. Sólo soy en vos cuando me lees. Muero cada vez que levantás la vista. Quiero agradecerte por este tiempo de existencia. Quiero que me recuerdes para no acabarme del todo. Quiero pedirte que me sigas, que me busques, que no me dejes caer en la nada del olvido.

Quiero rogarte por mi vida.

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