Cómo se construyó Keith Haring: entre el graffiti, Andy Warhol y el HIV

[Keith Haring. Arte. Modernidad. Nueva York. Batik. Andy Warhol. Graffiti, Jenny Holzer. HIV. LGBT. Yoko Ono]

por Abril Fernandez

Moderno es una palabra que cada tanto se quita de algún lugar y se coloca en otro. Nada puede ser moderno durante mucho tiempo. Es una idea tramposa. Algo moderno suele ser algo poco comprendido para la sensibilidad general. “Esto es raro porque es nuevo”, decimos. Cuando ya no es nuevo, ya no es raro, y ya no le damos tanta bola.

El trabajo de Keith Haring era moderno para su época. Pero después de un tiempo, su popularidad sostenida lo volvió un clásico. Todos estos adjetivos se quedan cortos para mi gusto. Después de ver sus obras y conocer su pensamiento, creo que Haring se merece otra palabra: universal.

En las ciudades, donde suelen juntarse personas con orígenes de lo más diversos, la vida cotidiana y la adaptación a la urbe producen modernidad a cada rato. Una Nueva York alicaída y bastante rota daría lugar a la vanguardia artística y cultural que la década pedía. El punk y el new wave entrarían en escena para musicalizar el desencanto de las nuevas generaciones. Esta ciudad era el prototipo de urbe densa y caótica que nadie se animaba a arreglar. Menos después de una severa crisis financiera.

Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

Keith nace en la década del ’50 en un pueblo chico, del que huye varias veces en busca de nuevas sensaciones. Ya a los quince, apenas podía, se mandaba a mudar haciendo dedo en la ruta. Su familia, tradicional y católica, venía con tres hermanas e incluía un padre que disfrutaba de los cómics y que lo ponía a dibujar con él. Su infancia quedaría marcada por los noticieros transmitiendo la guerra de Vietnam y su mirada adolescente por la experimentación con alucinógenos.

De su pueblo natal se muda a Pittsburgh, donde consigue trabajo refaccionando una sala de exhibiciones que eventualmente alojaría su primera muestra, a los 19 años. Pero esta ciudad tampoco parece darle la libertad que necesita, así que se pone otro desafío por delante. A finales de los ’70, este chico que había pasado su juventud repartiendo diarios en bici y vendiendo remeras batik hechas por él mismo en las calles de su barrio, llega a Nueva York.

Se anota en la escuela de artes visuales, estudia arte comercial, y pronto se da cuenta que la academia es otro lugar donde los límites aparecen por todos lados. A su alrededor todos parecen buscar dinero haciendo cualquier cosa durante demasiadas horas, dedicándose a su arte personal sólo en los ratos libres. Keith encuentra en el ambiente nocturno y gay a su tribu: artistas, bailarines y fotógrafos que amaban el LSD, la experimentación y la creatividad. Todos viviendo en los peores barrios y trabajando por muy pocos pesos. Pero una ciudad abandonada para algunos puede ser el lugar perfecto para otros [1].

Cultura urbana

Entre quienes hacen de su marginalidad un estilo de vida en NY también están los artistas del graffiti. En ese entonces conocidos como writers (escritores), explorando el límite entre vandalismo y expresión (y quedando por lo general del lado del vandalismo, metidos en comisarías), Keith queda fascinado y se acerca a ellos. Pero su mirada no es igual de urgente que la de los writers. Esto no le impide formar vínculos estrechos con los “vándalos”, siendo considerado como un par a pesar de desarrollar un estilo visual diferente al del graffiti.

Jenny Holzer era otra de sus amistades cuyo medio plástico era la vía pública, interviniendo paredes o marquesinas con largos textos, resúmenes de textos que había leído. Al principio Keith hace eco de este estilo “semiótico” y pega en las paredes afiches con collages armados con titulares del diario. “Reagan baleado por policía”, por ejemplo. Al igual que Holzer o los writers, buscaba romper la monotonía del transeúnte, desconcertarlo.

Pronto le llamarían la atención ciertos afiches negros colocados en el subte que protegían espacios publicitarios fuera de uso. Keith elige tizas blancas para hacer sus primeras intervenciones. La fragilidad de este material era calculada. Más importante que dejar una huella permanente era conmover con un dibujito simple. Pero intervenir la ciudad sin ser inversor o publicista significa una sola cosa: prisión por daños al patrimonio. Aunque estés haciendo un dibujo con tiza sobre un material de descarte.

Entre sus experimentos artísticos Keith había explorado el audiovisual, posado para amigos fotógrafos y actuado sobre un escenario de un club rotoso. Convencido de que su cuerpo es sólo un vehículo para esa cosa inexplicable que le ocurre llamada arte, busca cámaras amigas que lo acompañen en sus intervenciones del subte y que registren la experiencia completa, desde la elección del afiche hasta la detención policial. También lleva unos pins con sus dibujos para repartir entre los transeúntes que participan del vandalismo devenido performance. Chupate esa resiliencia.

Sacame una foto, Andy

El encuentro con padrino del under neoyorquino, Andy Warhol, estaba cantado. Con intereses similares acerca del imaginario norteamericano y la cultura pop, Warhol conoce a Keith en su primera muestra individual y pasa a ser uno de sus amigos más cercanos. Pero el estilo de Haring, menos iconográfico y más abstracto, no se apoya en figuras famosas o populares, sino en la reproducción eterna de sus propios muñequitos en movimiento. Estos seres, dibujados con trazos gruesos y rodeados de colores y vibración, terminarían poblando el mundo (literalmente) desde pins, prendas de vestir, autos, cuadernos, afiches y murales. Los muñequitos de cuello casi siempre inexistente parecían haberse escapado de las señales de tránsito o los semáforos peatonales para mandar otro tipo de mensajes.

Muchos de sus murales se conservan aún hoy, como el que advierte sobre los peligros del paco (“Crack is Wack”) o el que decora las paredes de un baño (del Centro Comunitario LGBT en Manhattan), ambos en Nueva York [2]. En cuanto a la relación arte – comercio, apenas vio que sus obras cotizaban cada vez más alto y se iban alejando del ojo público, Keith contestó con sus Pop Shops. En estas tiendas se podían conseguir productos como afiches o remeras con sus obras a precios accesibles. Por supuesto que el ambiente especializado se escandalizó, pero siempre tuvo el apoyo incondicional de artistas cercanos a él.

Si hablamos de la relación de su arte con el público, Keith fue sin dudas un ejemplo a seguir. Pinta un mural con la ayuda de niños de colegios primarios, que luego es dividido en piezas que serán donadas a cada colegio participante; le ceden una parte del muro de Berlín. Su estilo, que algunos ven africanista o primitivista, servía tanto para pintar las piezas a gran velocidad como para poder realizarlas de forma colaborativa. Su adicción al trabajo (cada persona que le pedía un autógrafo recibía en cambio un dibujo personalizado, siempre) parece resultar de la búsqueda de un estilo que, una vez encontrado, exigía ser reproducido hasta el infinito.

Keith contrajo HIV en algún punto de su estadía en Nueva York, y perdió a muchos amigos en la peor época de la enfermedad: la de la desinformación. Pero la tristeza y la paranoia no lo hicieron detenerse, sino pisar el acelerador y pintar cada vez más, concientizar cada vez más, vivir cada vez más. Yoko Ono, amiga de él y de Andy Warhol, afirma en una entrevista [3] que mientras Andy pintaba de manera importante cosas superficiales, Keith hacía lo contrario. Su trabajo, a primera vista superficial, contiene un profundo mensaje.

 


[1] El Times Square Show fue una muestra colectiva emblemática que reunió a cien artistas aproximadamente, en la que participaron Keith Haring, Jenny Holzer, Jean Michel Basquiat y otros grupos de arte. El edificio donde se desarrolló estaba abandonado en ese momento. Hoy es una pizzería.

[2] Existe un mapa mundial con los murales de Keith en la web de la Keith Haring Foundation. http://www.haring.com/!/archives/murals-map

[3] En el documental The Universe of Keith Haring (2008).

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