por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

Qué concepto tan polifuncional el de “inteligencia”. Primero porque es común a la especie humana y es lo que nos define, entonces hablamos indistintamente de razón y de lenguaje (cuál engendró a cuál es una discusión que encuentra su análoga en la del huevo y la gallina). Segundo porque la utilizamos para diferenciar a aquellos que exceden en sus capacidades académicas del resto de sus compañeros en el ámbito estudiantil. Tercero porque es una especie de comodín para referirse a aquellos que no entran en la acepción segunda por tener desempeño regular, pero que a la hora de conversar o de resolver conflictos demuestran conocimiento y experiencia. Cuarto porque algunos lo usan como sinónimo de “culto”, de “hombre/mujer bien leída/leído”. No quiero seguir torturándolos con este párrafo tan RAE, permítanme seguir y confíen en mi palabra de que podríamos llenar una nota entera con variaciones de lo que consideramos inteligente en las personas.

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Como me jacto de ser un tipo insoportable (suelo tener razón), no voy a utilizar ninguna de las variantes que sugiere el sentido común, y voy a referirme como gente inteligente a aquella que sabe que todo, absolutamente todo, está en juego. A los que ven la vida como una competencia irrisoria y vertiginosa proyectada a una nada imposible donde se ahogan las verdades. A los que se persignan frente a las instituciones como quien hace el saludo marcial irónicamente frente la tumba de un dictador muerto. Al que hace deporte, literatura, música y demás con la distante certeza de estar simplemente matando el tiempo. Ya habrás entendido a lo que me refiero y te habrás sentido aludido. Si no fue así, lo lamento, esta nota probablemente no haya sido escrita para vos, con toda libertad podés elegir no seguir y retomar lo que sea hayas estado haciendo anteriormente.

Seguiste. No hay con qué darte.

Si leíste el título es posible que estés esperando consejos. A mí me gusta dar órdenes. No voy a brindar una especie de carta de máximas a seguir para ser inteligente. Voy a decirte qué hacer en caso de que ya lo seas.

A CONTINUACIÓN LAS 10 ÓRDENES FUNDAMENTALES PARA EL INTELIGENTE.
(IMAGÍNEME GRITÁNDOSELAS)

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NÚMERO UNO – Molestá. No te bastes a vos sólo porque te vas a corroer. Tu saber es un saber corrosivo. Sos un dedo autómata que sabe dónde le duele al mundo. Apretá, rascá las cicatrices que los otros se empeñan en curar. Gritá las palabras que se dicen en voz baja y reinventá las cotidianas. Básicamente, como Carrió pero si tanta pretensión presidencial. Feinmann, en una de las entrevistas faranduleras que tanto odia, ha dicho “la filosofía es molestar”. Yo lo llevo más lejos: todo puedo ser molestar.

NÚMERO DOS – Poné todo en disputa, devolvele a las circunstancias su valor original. Lo que es lo mismo: dudá (y hacé dudar) de cuanta realidad ande dando vueltas. ¿Dos más dos es cuatro? Pero entonces ¿qué significa el ser de ese cuatro? El subsistema numérico, creado a partir del sistema lingüístico, ¿puede ofrecer realmente verdades tan determinantes, considerando que su progenitor es tan ambiguo e indefinido como sabemos que es? No importa si crees en lo que decís o no, importa si al ingeniero al que le estás discutiendo el dos más dos le hacés temblar mínimamente la seguridad. Tenés que decir cosas como “esto no lo digo yo, ya lo ha dicho Popper. Las ciencias exactas están agonizando”. En tus manos una regla de medir tiene que transformarse en un rectángulo de plástico. Mirá Foucault. Ha puesto signos de pregunta alrededor de todas las palabras que creíamos conocer. ¿Sexo?, ¿Poder?, ¿Manicomio? Nada de lo que digas significa realmente lo que querés decir.

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NÚMERO TRES – No compres lo que vendés. Digamos, no te creas lo que decís. Parece simple la aclaración y da la sensación que no merece toda una orden para algo tan obvio, pero suele suceder que ciertos cumplidores de la orden dos terminan por considerar sus dudas como una especie de ideología de validez universal. Si te encontrás con ellos, ya sabés, dudá de sus dudas. Ahí te toca defender las certezas (mejor dicho, ahí te quiero ver). Tinelli, por poner un ejemplo resonante. Ahí tenemos un hombre que se ha creído lo que ha vendido, que sus palabras realmente cargan algún tipo de lección. Se ha olvidado lo que bien sabía cuando comenzó: que la gente lo ve para no tener que pensar. Si a esto le sumamos la industria chupamedista que ha sabido formar, tenemos una serpiente enorme y cada vez más grande comiéndose la cola, totalmente vacía por dentro.

NÚMERO CUATRO – Reíte de Las Sagradas Instituciones De La Sociedad Moderna/Posmoderna/Postposmoderna. Los pilares fundamentales de la sociedad están hechos de papel. Nada hay que no pueda no ser. Todo es tan contingente que roza la náusea. Los futuristas se reían aún de sus muertes, se imaginaban a sí mismos como escombros sobre los que los jóvenes que les siguieran podrían pararse. Quevedo haciéndole chistes a la reina en plena ceremonia sólo para cumplir una apuesta: ahí está tu cúspide.

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NÚMERO CINCO – Jamás cumplas las expectativas. Desilusioná o excedelas. Que la gente no sepa que puede esperar de vos. Cómo me duele el ejemplo: Messi. Pasa partidos enteros caminando del centro de la cancha al lateral, participando lo menos posible, viendo a su equipo perder y al público culparlo. Y así como nosotros un domingo nos levantamos y nos ponemos a estudiar, él puede llegar a la cancha y hacer tres goles, uno mejor que otro, y volverse a su casa picando la pelota como un nene. Lo voluble de la genialidad, a eso tenés que aspirar.

NÚMERO SEIS – Conocé hasta donde llegan tus conocimientos. No lo digo yo, ya estaba escrito en la puerta del templo de Apolo hace dos mil quinientos años: “Conocete a ti mismo”. Esto no sólo implica tus límites, también tus posibilidades. Tu deber es saber hasta dónde podés llegar. Una vez que lo sepas, tu mejor amiga es la soberbia. Soberbia es comprender y hacer comprender al resto todas las capacidades que tiene uno. La falsa humildad o modestia está sobrevalorada, es simplemente una mentira más como cualquier otra (como cualquier cosa). Borges no pensaba realmente que era tan mal escritor como él decía, simplemente deseaba quebrar la institución del elogio. En ese sentido, su soberbia era doble: tan soberbio que ni se rebaja a aceptar los elogios. Cristiano Ronaldo (a veces es genial, otras simplemente es un vendedor de shampoos) empata un partido que venía complicado en el Camp Nou (hogar de su clásico, el Barcelona de Messi) y festeja bajando la palma de la mano y señalándose el pecho. Calma, aquí estoy yo.

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NÚMERO SIETE – Jamás dejes que te la cuenten. Corrés el riesgo de recibir consejos u órdenes de gente mediocre. Si te convence, hacelo; si no, no. Si lo hacés, hacelo bien. En lo posible no des consejos vos tampoco (nunca sabemos realmente si somos mediocres o no, mejor evitar posibles negligencias), o hacelo simplemente para cumplir con la orden 1.

Suficiente.

Habrás entendido, a esta altura. Y claro, si sos un tipo inteligente.

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