Amorales, invertidos y degenerados: crónica de putos argentinos. Parte I

[Putos. Argentina. Estado. Poder. Degenerados. 1880. Medicina. Invertidos. Gonzales Castillo. Gabo Ferro. Biologismo. SIDA]

“― Hermafroditas… Invertidos…
― ¡Ah…! Un manflora… ¡Bah…! Los médicos y los procuradores siempre le han de inventar nombres raros a las cosas más sencillas… En mis tiempos se les llamaba mariquita, no más, o maricon, que es más claro… Pa’ que tantos términos… Yo he conocido más de cien…
― ¿Usted…? ¿En dónde…?
― En donde ha e’ ser, pues… En el mundo”

― Gonzales Castillo, Los Invertidos, 1914

por Conrado Rey Caro (@reycaro_ )
Ilustraciones: Rodografo  (@rodografo )

La “emergencia de nuevas subjetividades sexuales en la ciudad de Buenos Aires entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX estuvo íntimamente ligada a una serie de cambios demográficos, económicos y sociales” [1]. Está ligada a un proceso histórico que comienza en 1880 con la definitiva consolidación de la Argentina como un Estado-Nación. En aquellos tiempos, gobernaba lo que la historia conocerá como la generación del 80 o generación oligárquica/conservadora. Cuyo primogénito fue el expresidente Julio Argentino Roca, quien, bajo el lema “paz y administración” tenía como objetivo institucionalizar el poder y pacificar el país para así lograr poner en marcha un proyecto económico.

Uno de los hitos centrales que suceden en aquellos momentos es el fenómeno de la Gran Inmigración: masiva ola ultramarina de migrantes europeos que venían a la argentina en busca de mejores oportunidades. Este proceso que comenzara desde, aproximadamente, 1880, y que encuentra su declive en 1930 fue impulsado por un Estado argentino para estimular la económica a través del modelo agroexportador; y por la burguesía propietaria de tierras que buscaba mano de obra barata

Estas olas migratorias compuestas, en su mayoría, por hombres jóvenes, con mano de obra robusta, hacinados en hoteles, y en busca de ofertas laborales, implicaron un aumento exponencial en la taza demográfica. Este nuevo sujeto social que surge a finales del siglo XIX y comienzos del XX pertenece a las clases populares y forma parte de una sociedad atravesada por la delincuencia y la prostitución. Las nuevas subjetividades sexuales estarán inmersas en estos contextos sin una específica distinción del resto de los inmigrantes. Maricas, afeminados y travestis recorrían las calles de barrios como La Boca, Barracas y Villa Urquiza junto con la “masa trabajadora”, de la cual formaban parte.

“Mientras la cultura plebeya convivía con las maricas en el bajo fondo, los médicos y psiquiatras se empeñaban en explicar y clasificar sus comportamientos” [1]. La institución de la medicina fue central en la construcción de la anormalidad y en la definición de patrones de conducta. Se construyó un “deber ser” que no debía atentar contra el proyecto de país que la elite intelectual oligárquica, cuya dirigencia estaba conformada en su mayoría por profesionales de la medicina y del derecho, había pensado para la naciente nación Argentina.

Esta dirigencia abanderada bajo el intelectualismo europeo, la medicina y el derecho, “que se reconoce a sí misma como heredera y portadora de los valores de la civilización, ofrece los elementos y las tecnologías de análisis de su propio campo para identificar y definir a los anormales por medio de […] operaciones epistemológicas y tecnológicas medicalizando la barbarie con el fin de proteger a la sociedad” [2] de las amenazas que atenten contra la nación Argentina. Se comienza un proceso de patologización de la otredad, heredado de la ciencia europea, que construye al otro bajo la figura del enfermo, de la degeneración; con el fin de mantener el orden social y así poder generar el clima para un progreso económico.

Gabo Ferro dice que será una alianza médico-legal la que atraviesa la construcción de este saber patologizante. Y serán la delincuencia y la sexualidad los ejes principales de definición de esta anormalidad punible. En cuanto al primero, se construye desde un biologismo médico, racista y clasista en el que a partir de un arquetipo de rasgos físicos se determinaba si un individuo era un criminal nato, lo cual colaboraba a definir si la persona acusada era imputable o no. En cuanto al segundo, reconstruye históricamente Ferro, el campo de saber de la psicología argentina diagnosticara al varón que siente atracción hacia otros varones bajo la figura del degenerado: “degeneración funcional y a menudo anatómica […] monstruosas desviaciones, […] inversión congénita, […] hermafroditismo, […] imbecibilidad” y hasta, incluso, “locura moral”[3].

Amorales, invertidos y degenerados son solo algunas de las diagnosis posibles que las maricas obreras, inmigrantes y pobres, de la Argentina de comienzos del siglo XX, tendrían que cargar. El sujeto-objeto por antonomasia de recepción de estos diagnósticos eran los miembros de las clases populares, las que formaban parte de la “barbarie”. Este sujeto homosexual, convertido en degenerado por la ciencia médica se planteara como un problema público, el afeminado que camina por las calles de la nación, el invertido que habla con tus vecinos, con tus amigos, el “pederasta” depredador que persigue a tus hijos; el degenerado que tiene que rendir cuentas de su patológica y, ahora, punible anormalidad.

Por el otro lado, los homosexuales burgueses no sufrieron la misma persecución. “La pertenencia a una clase social privilegiada ofrecía ciertas ventajas –entre ellas, estar al margen de la vigilancia médico-psiquiátrica y policial– pero al mismo tiempo exigía respetar un rígido código de conducta. La desprejuiciada performance femenina de las maricas plebeyas no tenían cabida en ámbitos burgueses” [1].

Después de la caída de la bolsa del 29, Argentina responde a la recesión con un golpe de Estado que derroca a Hipólito Yrigoyen; y asciende a la presidencia el militar José Félix Uriburu. Esta dictadura militar, llamada década infame (1930-1943), se caracterizó por un uso inconstitucional de las herramientas del sistema jurídico y legal. Y en lo que atiende al punitivismo y vigilancia sobre el sujeto homosexual argentino, serán el Código de Contravenciones y los edictos los dispositivos centrales a través de los cuales la ley ejercerá su poder sobre aquellos cuerpos.

“El 15 de junio de 1932 se implementó un edicto que establecía la prisión para aquellos homosexuales que se encontraran en la vía pública en compañía de un menor.” Este era uno entre muchos, dictado por el decreto 32.265. Este edicto significaba, por un lado, que los homosexuales ya no podían salir a caminar con sus sobrinos o con sus vecinos; y por el otro, en palabras de Abrantes y Magliaiv será una fachada legal, “un elemento contundente utilizado por la policía para la persecución homosexual. Cualquier homosexual podía ser pederasta si la policía se lo proponía.”

Las circunstancias punibles claramente no referían a un acto de pederastia puntualmente, incluso para relaciones entre dos mayores que presentaban consenso se podía construir a uno de los dos como “pederasta”. Para identificarlo como tal solo hacía falta, acorde al artículo 45, “antecedentes” o “datos fehacientes y bajo la firma del director o jefe de secciones de la Dirección de Investigaciones”. Y seria a esta misma Dirección a la cual, acorde al artículo 207, los comisarios de seccional le deberían informar sobre toda reunión de homosexuales “con propósitos vinculados a su inmoralidad” y así la Dirección tendría la potestad de diagnosticar y procesar a todos los participantes de esa reunión como pederastas.

Otra de las prohibiciones era la exhibición en el espacio público del travestismo, utilizar ropas consideradas del sexo contrario era punible. La enunciación de piropos que se desviaran de la cultura social también era un acto ilegal; cualquier varón que osara disturbar la comodidad del hombre heterosexual con los mismos piropos con los que estos últimos acosan a las mujeres implicaba la posibilidad de rendir cuentas frente a la ley. La calle quedaba baneada del encuentro homosexual y la actividad nocturna parecía ser el único espacio de expresión y vivencia de la sexualidad. Sin embargo, como hemos visto, las reuniones de homosexuales podían ser consideradas rondas de pederastia; y a su vez “se castigaba a los dueños o responsables de locales de baile que permitiesen el baile en pareja del mismo sexo” [4]. Ni la casa de un amigo, ni el boliche podían funcionar como espacios seguros de socialización.

Existía un hostigamiento permanente que empujaba a la disidencia sexual de los años treinta a las herméticas cuatro paredes de su habitación. El discurso de la medicina y el jurídico-legal, cual hermanos Grimm, construirán un relato en el cual el villano perverso, peligro para sí mismo y para todo lo sano y moral, es el homosexual. Anormales, invertidos y degenerados que deberán buscar una cura en la medicina, acompañados con el ojo frio de la ley.

En los años del porvenir, este sujeto se verá atravesado por una serie de procesos que reconfiguraran el panorama de posibilidades de existencia. La llegada del psicoanálisis a la Argentina y las lecturas sobre Freud construirán otros mecanismos de patologización. El fenómeno del peronismo cambiara un poco las reglas de juego pero no disminuirá el punitivismo. La masificación del cine y de otros medios culturales de comunicación se consolidara como otro mecanismo de poder. Cerca de los años 60 comenzara un proceso de organización de lucha por parte de las sexualidades periféricas y empezara un proceso de liberación. El cual se verá atravesado por dictaduras cívico-militares. Unos años más tarde, esta comunidad se enfrentara a la epidemia del SIDA frente a un Estado al que demandan respuestas. Entre otros elementos que convergerán con los procesos de construcción identitaria de los putos argentinos y formaran parte de nuestro bagaje cultural.

Nos es menester estudiar y comprender estos procesos para críticamente poder realizar un ejercicio de memoria de nuestra historia y a partir de aquello abrir nuevos senderos de existencia y de lucha.


[1] Peralta, J. L. (2017). Espacio y homoerotismo en Los invertidos. En M. Ortega González-Rubio, & J. César Penenrey Navarro, Todos me miran. América Latina y el Caribe desde los Estudios de género. (págs. 123-150). Barranquilla: Universidad del Atlántico: Sello Editorial Universidad del Atlántico.

[2] Ferro, G. (2017). Degenerados, Anormales y Delincuentes. Gestos entre ciencia, politica y represetaciones en el caso argentino. (2 ed.). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Marea.

[3] Taborda, H. (1917). Compendio de Medicina Legal. Tomo II. Buenos Aires: Círculo Médico Argentino y Centro de Estudiantes de Medicina. iv Abrantes, L., & Maglia, E. (2010). Genealogía de la homosexualidad en la Argentina. VI Jornadas de Sociología de la UNLP, 9 y 10 de diciembre de 2010. La Plata, Argentina: En Memoria Académica. v Bazán, O. (2016). Historia de la Homosexualidad en la Argentina (4 ed.). Buenos Aires: Marea.

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