Descargando libertad

Por Ignacio Martín (@IgnacioNMartin)

Sí, el título puede parecer un tanto hippie idealista, lo admito. Pero no encajaría mejor en ninguna otra nota. Porque de eso se trata, de elegir qué escuchar, cuándo, dónde y, para algunos, gratis.

Hace más de quince años, más precisamente un 15 de abril del 2000, ocurrió un suceso que marcó el principio de una eterna batalla entre las malditas compañías discográficas y algunos artistas contra la tecnología, contra el hecho de “compartir” música virtualmente. Metallica demandó a Napster, un tosco programa P2P, en una corte de California. Napster, un predecesor al aún utilizado y bien tildado de “peligroso” Ares, estaba en el ojo del huracán y pronto pasaría a mejor vida.

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Hagamos memoria, la banda de Hetfield y Ulrich (dos tipos que desde hace años tienen tatuado un billete verde en la frente) acababan de sacar a la luz “I Disappear”, o mejor dicho, lo más cerca que estuvo la banda de Metal más importante de la historia musical a U2. Pop para divertirse (?)

La canción en cuestión, formaba parte de la banda sonora de Misión Imposible II, por lo que la rotación era mundial sin siquiera editar un disco. Casi sin siquiera encerrarse a componer.

Con el argumento de que Napster permitía el intercambio de música con derechos de autor, Metallica demandó a los desarrolladores por $10 millones de dólares en concepto de daños. Apoyada por una empresa de consultoría, la banda descubrió que más de 350.000 personas compartían de modo “ilegal” la canción y pidió que fueran “baneados” del servicio. Napster lo hizo, pero nada pudo frenar que se siguiera compartiendo.

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Casi un año después, en marzo del 2001, la corte falló en favor de Ulrich y compañía otra vez, y el servicio no tuvo otra opción que filtrar todo el contenido de la banda. Luego de esto, diversa cantidad de músicos, en su mayoría con canciones en el Top 10 y giras que recaudaban millones, se unieron con Sony, Warner y sus secuaces pidiendo que retiraran toda la música con derechos de autor. Napster quebró.

En 2007, lo de hippie idealista se llevaría a cabo por parte de un no tan hippie Thom Yorke y sus geniales Radiohead. Luego de quedar libres de EMI, la banda se abrió de la discusión sobre piratería que rondaba (y ronda) la industria musical. Decidieron poner su nuevo disco, In Rainbows, en Internet para que cualquier persona pudiera descargarlo sin ningún costo, dejando al usuario elegir el precio “justo” por el disco, dependiendo de su agrado y la capacidad de su bolsillo, claro.

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La innovadora forma de comercializar su material fue un éxito. In Rainbows se convirtió en un gran negocio al no tener que compartir ganancias con distribuidoras, tiendas y las malditas discográficas. Solo un tercio de las personas que obtuvieron el álbum no pagaron nada, mientras que el porcentaje restante abonó alrededor de ocho euros por el disco.

Cuando las descargas disminuyeron, se suspendió el servicio y llegaron a un acuerdo con EMI para distribuir el disco físicamente. Al contrario de lo que muchos pensaban, las ventas fueron elevadas: la mayoría de aquellos que descargaron el álbum lo obtuvieron “en carne y hueso”.

Lo cierto de todo esto, es que hoy en día los músicos se benefician más de la piratería que de la venta de sus discos. Músicos de gran rotación como Arctic Monkeys e Interpol han denunciado ganar $0 por las ventas de sus discos, mientras que construyen piletas olímpicas en Beverly Hills con lo que recaudan sus giras mundiales. Músicos españoles piden a gritos que pirateen sus discos, porque saben que solo el 1% de los músicos obtiene ganancias por la venta de sus discos, en formato físico o mediante la descarga paga (iTunes, por ejemplo). Una entrada cuesta entre 300 y 1500 pesos, un disco tan solo 150, los cuales son repartidos entre aquellos que lo “fabricaron” y vendieron, no entre los que lo compusieron.

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Sorprendentemente después de todo este tiempo, en el que pasamos de Kazaa a The Pirate Bay, las malditas discográficas se aferran al viejo modelo de negocios. Artistas como Taylor Swift reniegan de Spotify, un servicio pago, mientras que otros siguen insistiendo en obtener dinero de donde ya no sale más.

La frase de Lars Ulrich que decía “Secuestraron nuestra música sin preguntarnos” cambió por un “No nos pagan lo suficiente”. A pesar de esto, los servicios de streaming y descarga directa o vía torrent, crecen a diario y cada vez son más usuarios y compañías quienes apuestan por ellos.

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Radiohead no fue la primer banda y desde luego tampoco la última, en darnos a entender lo estúpido que significa la ilegalidad en la transferencia libre de música. Lo estúpido que suena el “Prohibida su venta, distribución, etc.” en un álbum que no le genera rédito a los músicos, que viven de sus espectáculos, de la difusión que le da Kickass Torrent, Ares, Identi, entre otros, sin siquiera pedírselo. De lo obsoleto reivindicado por un puñado de “dinosaurios”, dirían los californianos NOFX.

Metallica en cambio, y lo escribe un fanático que tiene todos sus discos (descargados en máxima calidad, incluso con el Soundtrack de Misión Imposible II), sí dio el puntapié de una discusión que solo busca alimentar las cuentas bancarias en Suiza de un puñado de CEOs. Sí, esos mismos que te dan a elegir entre Justin Bieber y Marama. Sin escalas.


 

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