Desde la Revolución Francesa al manual de la R.A.E: (breve) historia de una lucha por el lenguaje inclusivo

[Lenguaje inclusivo. RAE. Revolución francesa. Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Olimpia de Gouges. Awatef Ketiti. ONU. Eleanor Roosevelt]

por Micaela  Fe Lucero (@MicaelaFeLucero)

Primer acto, viene la R.A.E y hace una de las suyas. Saca un bonito manual de estilo digital y tira el bombazo, para nada esperado: rechaza el lenguaje inclusivo pero “guasap” está aceptada.

Segundo acto: la decisión se difunde en los medios. Entre los cientos de comentarios, la mayoría aplauden esa decisión.

Tercer acto: Ok, el final es conocido. No hubiera habido forma posible de arruinar la sorpresa de esta hermosa historia, porque lo mismo viene pasando desde la Revolución Francesa.

¿Cómo? ¿Qué tiene que ver la Revolución con la decisión de la R.A.E? Bueno, es que no es la primera vez en la historia que nos planteamos que el lenguaje queda corto para representar a todes. Ha pasado antes, ha pasado en otros lugares, y ha pasado en otros lenguajes.

El tema con la Revolución Francesa viene así: corría 1789, guillotina a los reyes, el famoso “Liberté, Egalité, Fraternité” y el best seller: la primera Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Pero hay protagonistas olvidados en la historia que todos aprendimos en el secundario: las mujeres también lucharon, también fueron revolucionarias, y a pesar de que lo hicieron mientras seguían en la cocina (división del trabajo casi ancestral, el hombre a lo público y la mujer a lo privado excepto cuando las necesitan) se quedaron sin el pan y sin la torta. No hubo ni reconocimiento, ni pasaron a la historia, ni libertad, igualdad o fraternidad para ellas (ejem, sororidad). No estuvieron ni siquiera mencionadas en la famosa y necesaria Declaración. Pero hay un nombre que sí quedó aunque esté lleno de tierra: Olimpia de Gouges.

Olimpia protestó junto con otras revolucionarias por ser dejadas fuera del reparto de derechos. “La demanda principal fue el reconocimiento por su ciudadanía y el derecho al sufragio (…) lucha asociada a la ideología igualitaria y racionalista de la ilustración” señala Awatef Ketiti, profesora de la cátedra de Teoría del Discurso y Políticas de Género de la Universidad de Valencia. De Gouges buscó contribuir a la lucha con algo básico: ser nombradas. Si la nueva declaración “negaba el acceso de las mujeres, la mitad de la población, a los derechos políticos (…) significaba negar su libertad y su igualdad al resto de los individuos”. Así que la revolucionaria francesa creó su propia Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana en 1971.

Ahí hay una primera relación clara entre invisibilización en el campo político e invisibilización en el lenguaje. La hipótesis de Sapir-Whorf es conocida en el campo de la lingüística por establecer la relación entre cómo la persona habla y cómo entiende y clasifica el mundo. La lingüística en general no puede realmente decidir si es primero el huevo o la gallina, el lenguaje o el pensamiento, pero lo innegable es la relación entre ambos. Pensamos como hablamos y hablamos como pensamos.

¿Cómo terminó la historia de Olimpia? Por su reclamo, fue guillotinada por Robespierre. Otra víctima más de la sociedad patriarcal. Ésta no sólo omite nombrar, sino que ante los reclamos responde con violencia. En aquel momento, pedir cambios lingüísticos tenía esas consecuencias.

Gracias a la lucha de un feminismo que tuvo entre sus pioneras a Olimpia de Gouges, estamos lejos ya de las guillotinas, aunque la violencia ante estos cambios sigue. Volviendo al presente, los comentarios en Facebook a la nota sobre el manual de la RAE están llenos de insultos (y faltas de ortografía). Por otro lado, una pequeña anécdota: en una cena vino el amigo de un amigo. No estaba escuchando por dónde venía la conversación, pero en un momento comentó que cuando veía un contacto en Facebook que decía “todes”, inmediatamente lo eliminaba. Ante mi intento de abrir el debate, se negó. Hubiera sido divertido tenerlo de amigo en Facebook. Y, quizás compartiera mi sentimiento el profesor de música de La Plata que en octubre echaron de su trabajo por usar en clase esa misma palabra, “todes”. Total, que mejor que te elimine un contacto más a quedarte sin trabajo.

¿Por qué, si modelamos el castellano como queremos con tantas otras palabras, en el campo del género cuesta tanto? Incluso la anquilosada RAE ha hecho revisiones del diccionario para cambiar significados de palabras que eran claramente machistas, en las que se veía innegablemente la “estrecha relación entre la lengua y las representaciones sociales de los roles de género”, en palabras de Ketiti.

¿Cómo entender la violencia que hubo en respuesta a la lucha de Olimpia, la que vemos en las redes o el despido del profesor? ¿Sólo por una palabra? Valentín Voloshinov, lingüista ruso, postula que todo signo es ideológico y que la lucha por determinar su significado implica la puja de sentidos dentro de una comunidad. Él, seguidor de las ideas marxistas, se refiere a la lucha de clases, pero podemos extrapolar su análisis a la lucha de género. Aún más, ahora la lucha no es sólo por determinar significados, sino por determinar los símbolos. Ni siquiera eliminar símbolos: ampliarlos, enriquecerlos. Pero nuestras sociedades se sustentan sobre la base de la dominación de unos sobre otros, de un género sobre otros, de roles y reglas establecidas que cambian muy lentamente. Atacar los símbolos es atacar la estructura misma de esta sociedad. El lenguaje lo aprendemos junto con respirar, y si lo cambiamos, parece que tambalea todo, especialmente aquellas palabras unidas a una identidad que se nos hace esencial: somos hombres o mujeres. Bueno, noticias: hace rato que se viene cuestionando el binarismo.

Volviendo al repaso de historia, más cercano en el tiempo hay otro ejemplo olvidado de una disputa por los símbolos. En 1948, la ONU encarga a un comité la creación de un documento que ayudara a la protección de los derechos humanos. Dentro de ese grupo, la única mujer era Eleanor Roosevelt, quien luchó porque no se usara en el documento la palabra “hombres” para referirse a todas las personas sino “humanos”. Así, la Declaración de los Derechos Humanos, previa traducción al castellano, todavía no era “humanes” pero al menos no era sólo para los hombres. Un avance desde las épocas de Olimpia.

Hoy, estamos a 70 de la creación de esa Declaración. Lucía Avilés, magistrada española experta en violencia de género, en una conferencia con motivo de tal aniversario, señaló que el reclamo de Eleanor fue tomado como una excentricidad. Algo que realmente les costó comprender a sus compañeros masculinos. Avilés usó una palabra perfecta para explicar la situación: los hombres del comité no entendían qué necesidad había de cambiar el general y “sacrosanto” masculino para referirse a todos.

Sacrosanto. Así son los privilegios del macho, incluso en el lenguaje nuestro de cada día. Nuestro, de todes, y con derecho a proponer nuevos símbolos aún si estas propuestas son imperfectas. Porque el lenguaje lo hicimos, lo usamos y lo hacemos juntes.

Ese hacer y vivir colectivo del lenguaje está claro desde que Ferdinand de Saussure, considerado padre de la lingüística explicó una idea base: el habla es algo social, que cambia junto con sus hablantes. No permanece estática en el tiempo como la lengua, y es gracias al habla y sus cambios que la lengua sobrevive y permanece en el tiempo.

Aquí nadie quiere matar el castellano. Queremos vivirlo. Igual que queremos el derecho a caminar tranquiles por las calles, queremos el derecho de hacer el lenguaje y así poder hablar un lenguaje que nos incluya, a todes.

Ojalá que la R.A.E no deje como yo las cosas para último momento y esté preparando su nuevo manual de estilo igualitario. Porque en algún momento, lo voy a querer ver. Mientras, el manual de estilo feminista se va creando día a día, todes haciendo un poquito, aún si no somos Olimpia de Gouges o Eleanor Roosevelt.

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