Dime qué cantas y te diré cuánto ego tienes: Drake

[Drake. Donald Trump. Ego. Rap. MC. Freestyle. Kendrick Lamar. Hip Hop. Kanye West. God’s Plan]

por Santiago Miranda

En la solapa inferior del video “God’s Plan” en Youtube se destaca un comentario: “Si Drake se postulara para presidente, América sería verdaderamente grande de nuevo”.  La ocurrencia es acertadísima. No porque eso llegase a suceder (Trump demostró que todo es posible) sino porque en su nuevo video Drake parece un político en ciernes: regala dinero a familias y aconseja a sus hijos, reparte cheques a escuelas y paga las compras a todos los clientes de un supermercado.  Pero como en las publicidades electorales en las que los políticos muestran su “solidaridad con el prójimo”, algo subyace por detrás. ¿RealmenteGod’s Plan” se trata de una obra de altruismo? ¿O es un producto destinado a engrandecer la figura de su indudable protagonista: Drake? Si así fuera, ¿eso desmerece las acciones presentadas en el video?

Probablemente no.

El hecho de que una figura tan popular y de alcance masivo se muestre solidario funciona de ejemplo para aquellos que lo siguen. Sin embargo, el video se enfoca en lo individual más que en lo comunal, y es claro que el objeto no son las acciones sino el sujeto que las realiza. Apunta a que quien lo vea diga: “Miren que bueno es Drake” por sobre todas las cosas.  “God’s Plan” no es un homenaje a la filantropía – ni una obra de caridad en sí misma como autoproclama serlo (al inicio se aclara que su presupuesto fue donado “Don’t tell the label…” reza la pantalla)-; de fondo, es un gran homenaje al ego.

drake

La cultura del ego

El hip hop y el rap nacieron como expresiones de la vida en la calle y, desde allí, como formas de protesta hacia las injusticias y desigualdades del sistema social. El ego ha estado muy ligado a esta cultura desde sus inicios: mientras el DJ giraba los discos, el Maestro de Ceremonias se alzaba como “la voz del pueblo”, elevado por sobre los demás como el portador de las rimas que encarnaban la vida en el ghetto.

Con el freestyle y las batallas de rap los egos entraron en disputa: los MC comenzaron a debatirse por quién era mejor. La constitución de un ego a través de un alias se convirtió en el primer paso para salir a la cancha, un terreno de defensa-ataque, marcado por la alta competitividad y la agresión.  En las batallas, se podría pensar al ego como el equivalente a la barra de poder de los videos juegos de lucha: se lo busca aumentar para estar en una posición desde donde se puedan proporcionar los mejores golpes.

Pero, como todo movimiento que pasa a formar parte del sistema al cual criticaba, al masificarse y al entrar a la industria musical el rap se envolvió en una serie de contradicciones. Entre ellas que los raperos pasen de ser representantes de la cultura callejera a ser millonarios que compiten por demostrar quien lleva el mejor estilo de vida. La ostentosidad, la soberbia y el narcisismo como nuevos valores que chocan con los viejos principios, hacen que el asunto del ego pase a ser un tema de debate dentro del hip-hop, muchas veces presente como la distinción entre la pose y lo real (léase en inglés). Así, hay una suerte de aliento para que los raperos mantengan sus pies sobre la tierra (“keep it real”) y que no se le suban los humos a la cabeza como si se tratara de una cuestión de equilibrio.

A nivel macro, este equilibrio hoy estaría representado por las dos figuras más grandes del rap contemporáneo: el mismo Drake y Kendrick Lamar. Por un lado, Drake ha basado su carrera en construir su ego, en darle de comer, decorarlo, hacerlo resistente. Como contracara, Lamar lo deconstruye, lo desarma (“u”), le pone freno (“Bitch, be humble“).  Mientras que para Drake es su objeto de adoración, para Kendrick es su mayor miedo.

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Pero con el estado del hip-hop actual, la balanza se inclina un poco para el lado de la exacerbación del “yo”. El trap sobre todo, como la forma del género más novedosa y popular, vuelve a traer la disputa de los egos a un primer plano (como anuncio Kanye hace unos años, el traje de rockstars ahora lo llevan los raperos y traperos). Y si bien Drake no es estrictamente trapero, es la estrella más grande, el máximo exponente del hip-hop como fenómeno pop.  Y no sólo porque encarne los valores de la rockstar moderna: el lujo hecho cultura, la decoración del ego (a decir: las drogas de diseño, los autos suntuosos, la joyería y marcas de ropa de primera élite —> Culture- MIGOS <—). Drake es el artista más escuchado de los últimos años en consonancia con una sociedad que tiene a la imagen como un aspecto fundamental en la representación del “yo”. La confianza y el carisma hecha persona, la convivencia de esa sonrisa larga con su mirada desafiante, un sex appeal que pasa de duro a sensible, hacen de Drake el sujeto de admiración perfecto para la  generación instagramera,  aferrada fuertemente a la exposición visual del individuo, donde las marcas juegan de determinantes como medidores del status de lo cool. Drake tiene y es todo eso, la persona como marca de sí misma, el ícono al cual todos imitamos y nos queremos parecer. Además, y quizás como factor más decisivo, su imagen se alimenta de los haters, la crítica hace a su ego crecer hasta una fortaleza impenetrable. Así lo celebra en “God’s Plan”  ( It’s a lot of bad things/ That they wishin’ and wishin’/ /They wishin’ on me ), mientras se alza en una plataforma sobre ciento de personas, por eso el video es una ecuación redonda.

La imagen se confirma en “Views” cuando rapea: If i was you i wouldn’t like me either.

Pero, en realidad, todos queremos ser Drake.

 

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