Dos pilotos y algunas notas al respecto

por Santiago Guindon

Todo comienzo esconde una promesa y toda promesa una hipotética desilusión. ¿Qué sucede con los capítulos iniciales de las series, esa especie de piedra arrojada hacia el futuro? ¿Los capítulos pilotos son una herramienta de lectura de líneas a desplegar en sucesivas temporadas? ¿Hasta qué punto constituyen una apuesta destinada a convencer a las cadenas y los productores? ¿Pueden convertirse en un chaleco de fuerza que limite a futuro su desarrollo narrativo?

soprano

La propuesta es repasar los pilotos de dos series caracterizadas por su diversidad –Los Sopranos y Mad Men– con la intención de pensarlas en términos retrospectivos, desde el futuro y sus desarrollos, hacia los comienzos.

I. Los Sopranos. En el comienzo siempre estuvo el gordo Tony. Los Sopranos son, según Wikipedia, la serie económicamente más exitosa en la historia de la televisión. Semejante chapa comercial no desconoce los laureles que cosechó en materia de crítica. Se sabe, HBO no come vidrio y si levanta el pulgar es porque algo intuye en la primera entrega que se le muestre de una historia. ¿De qué va el piloto de este drama mafioso contemporáneo? La escena inicial es clave: Tony Soprano no se encuentra ejerciendo su liderazgo en las calles de New Jersey. Está en una sala de espera mirando incrédulo una estatua. Corren los minutos y vamos armando las piezas. Tony, por consejo de un médico vecino, asiste a la consulta de un psiquiatra debido a una serie de desmayos desencadenados por un ataque de pánico. La situación es más delicada de lo que parece: en un ámbito que valora la virilidad como requisito constituyente de la autoridad, la confidencialidad médico-paciente es muy significativa; primero, para cubrir las fisuras de Tony, que lo volverían vulnerable ante sus competidores y subalternos; segundo, como dosificador de información, en tanto amenaza permanente de publicidad y exposición ante el Gobierno y el F.B.I.

Tony-hablando

The Family. El piloto de Los Sopranos hinca el diente en un punto medular: cómo una familia, Los Soprano, colisiona con otra familia, la Mafia, hasta el punto de generar un desequilibrio en el jefe de ambas. Tony sufre la sombra de una figura materna –Livia– excesivamente autoritaria y castradora, que redujo al padre a una miniatura y ahora lo intenta con el hijo. A su vez, una pareja de patos que anida en la piscina del patio y forma su familia allí, obsesiona a Tony. Al aprender a volar, sus crías despliegan las alas y abandonan el nido que aquél les había preparado. Éste es el desencadenante de la enfermedad.

El otro gran tema al que refiere el primer episodio se vincula también con el de la familia: la herencia. ¿Quién va a heredar el puesto de Tony? Aparece entonces el personaje de Christopher Moltisanti, el sobrino y protegido de Tony. Incauto e impulsivo, Christopher hace su aparición de manera desprolija, eliminando a un miembro de la mafia checa y pidiendo a gritos, como un niño caprichoso, reconocimiento por su accionar.

Tiempos Modernos. Tony confiesa a su terapeuta sentirse ubicado en el final de una línea. Entiende que los tiempos que corren no se condicen con las normas de una institución conservadora como la que él comanda e intuye que este desfasaje le genera un desgaste que lo pone al borde del abismo. La referencia salta al escalón paterno: entre la forma de manejar a la tropa que desplegaba su padre y sus formas hay un recorrido temporal irremontable. Un ejemplo de esto es el mismo Christopher: los jóvenes no respetan como antes los códigos impartidos por la estructura jerárquica y actúan de manera impulsiva e irreverente. Este combate entre dos temporalidades se mantendrá a lo largo de casi todas las temporadas.

LES SOPRANO (SAISON 5) (THE SOPRANOS)

 

El piloto clásico. El piloto de Los Sopranos permite advertir ciertas líneas temáticas que serán problematizadas con el correr de las temporadas. Algunas de ellas llegarán a su punto cúlmine coincidiendo con los picos narrativos de la serie, por ejemplo, las pugnas generacionales: Livia, la madre de Tony, autora de tentativa de filicidio, el tío Junior-Corrado desconociendo (¿desconociendo?) a Tony antes de dispararle, la lucha continua entre Tony y Christopher por un reconocimiento que muta en resentimiento. Quizás estamos ante una manera clásica de construir el piloto: plantar dos o tres semillas y hacerlas germinar en las temporadas venideras.

 

II. Mad Men: instructivo sobre el funcionamiento de una industria. La historia sobre los hombres que trabajan en las agencias publicitarias de la Avenida Madison, New York, alrededor de los años sesenta. Así podría resumirse brutalmente Mad Men. Y no estaría del todo mal. Aunque deberíamos ponerle negrita a la palabra “hombres” y a la década en cuestión por los cambios en la estructura social que estaba incubando en su seno.

El blanco creativo y el negro cercenado. La primera escena del piloto de Mad Men nos muestra a Donald Draper en un bar fumando febrilmente y anotando ideas sueltas en una servilleta. Aparece un mozo negro que entabla una conversación con él sobre la marca de cigarrillos. El jefe del mozo sanciona a éste por su verborragia con el cliente y le pide disculpas a Don. Primer pantallazo: la servilleta borroneada es índice de carencia de ideas; segundo pantallazo: los negros no tienen derecho ni a entablar una conversación. Dos líneas que irán consolidándose en la serie: por un lado, el trabajo creativo convive con la laguna, con un faltante que carcome las neuronas; por el otro, la coerción sobre la comunidad negra será una olla a presión difícil de contener. Don ni se incomoda por la sanción hacia el mozo de color. Él lo ve como algo instrumental, como un informante amante del tabaco. Entendemos, entonces, que el director creativo de la Agencia Sterling-Cooper necesita ideas. ¿Para qué? Para una campaña publicitaria de Lucky Strike, en el marco de una declaración del Gobierno contra las tabacaleras. O sea ¿Cómo vender algo que mata?

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Así se comporta una mujer. Peggy Olson entra en el ascensor y es objeto de la denigración de alguno de sus eventuales jefes. El bautismo no es gratuito. Quien será la nueva secretaria de Donald Draper es rápidamente instruida en el protocolo de comportamiento de alguien de su categoría. Objeto sexual en general o amante de su jefe, como ella misma interpreta al final del episodio, su radio de acción está claramente delimitado. El consuelo es ser la última aventura de Peter Campbell en vísperas de su casamiento. No olvidemos la consulta al ginecólogo, quien condena que Peggy siendo soltera quiera usar anticonceptivos: “las mujeres fáciles no consiguen marido”; un encanto el doctor. Por su puesto, el modelo hegemónico se reafirma con su excepción: Don tiene una presentación para una tienda de ropa de origen judía y cuando pretende saludar a su propietario, le advierten su error. No es la mano masculina que intenta estrechar, sino la mujer que lo acompaña. Una empresaria soltera con visión innovadora para elevar las ventas de su tienda. El personaje de Peggy Olson es fundamental, pero sólo conoceremos su radicalidad con el transcurrir de las temporadas, como si el piloto sólo nos mostrara una cara de algunos personajes para después subvertirla.

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El matrimonio y el adulterio. No es casual, supongo, que entre las cartas que baraja el piloto se encuentre la despedida de soltero de Peter Campbell días antes de dar el sí. La monogamia y el deseo unidireccional como focos problemáticos son una parte vertebral del futuro de la serie. Casi hacia el final del episodio, Donald Draper dice que el amor y su consecuencia, el matrimonio, son un invento de su industria, la publicidad, para vender medias femeninas. Se vuelve cínico su registro, asegura saber que se está solo en la vida, que la sociedad impone ciertas reglas para que uno olvide eso, pero él no lo olvida. Todo esto entre miradas intensas donde la tensión sexual es palpable. Acto seguido, Don vuelve a su casa besa a su mujer y le da las buenas noches a sus dos hijos. ¿Qué mierda es esto? ¿Me están cargando?

Estos son dos gestos, dos formas en la que el piloto de Mad Men se distancia del de Los Sopranos. Su propuesta, creo, es más arriesgada: juega con los perfiles de algunos personajes, con la información que nos da, sobre Don y Peggy, para que creamos una cosa, pero paulatinamente, a medida que consumimos los capítulos y las temporadas, advertimos que ese rostro inicial va mutando por otro. Si el piloto de Los Sopranos apuesta por las continuidades narrativas, el de Mad Men lo hace por la senda opuesta, por las discontinuidades y los quiebres en la identidad de algunos personajes centrales.

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Se trataría, a fin de cuentas, de diversas formas de abrir el juego, de distintos criterios para construir una introducción. Lo que no podemos olvidar es que en el arco abierto por esa baraja inicial está cifrado el porvenir y las fidelidades de aquellos testigos presenciales privilegiados, los espectadores.


 

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