El Marginal: cualquier parecido con la realidad es pura ficción

[Sebastián Ortega. El Marginal. Undergorund. Luis Ortega. Ficción. Realidad. Diosito. Televisión. El Ángel. Mario Borges. Cárcel. Inseguridad]

por Santiago Miranda

Al hablar de ficción uno tiende a pensar en un espectro amplio no sólo de nociones y conceptos sino también de conjuntos y tipos de obras, ya se trate de literatura, historieta o cine, por ejemplo. Pero cuando se habla de ‘ficción argentina’, la tendencia se inclina inmediatamente hacia el espacio de la televisión.

No sé si será gracias al histrionismo de María Valenzuela en aquel fin de discurso en los Martín Fierro, cuando levantó al cielo su gaucho dorado y en pose de estatua neoyorquina algo borracha desparramó por toda la sala del Hotel Hilton un eufórico ¡aguante la ficción carajo! Pero esa auto-celebración, eterno gag reproducido por los adoradores boicoteros de la pantalla chica (Bendita, TvR, Duro de Domar), dejó ligada a ‘la ficción’ en el inconsciente televisivo (colectivo) con la propia Tv.

Y sí, desde la tradición romanticista que representa la estatuilla de premiación que agitó Valenzuela por los aires, podemos entender a la Televisión Argentina como un espacio desde el cual se construye y se ha construido la Gran Ficción Nacional, reality show en el que se generan y difunden ciertos modelos y en donde se ponen en circulación distintos sentidos y significaciones.

Pero hoy vemos a la caja boba en crisis: hartísima  de sí misma y repetitiva de fórmulas y caras, la TV está siendo desplazada cada vez más por las nuevas lógicas de streaming que dominan en la era digital. Con Guidos Kaczkas de por medio (quién sabe cuántos serán), la programación argentina diaria se agota en pisos y pisos de panelismo antidigestivo, conductores altaneros, y comunicadores al servicio de la primicia.

Sin embargo, son programas que, mientras disimulan su elaboración discursiva, se encargan de tramar la Ficción (nuestro espacio-tiempo ‘real’) de acuerdo a sus intereses particulares. Mientras tanto y entre todo este jaleo, las otras ficciones -las que no ocultan serlo- se ven algo desdibujadas. Aun así, hay que entender que desde allí también se construye: las tiras, unitarios, y novelas son lugares desde los cuales se busca cuestionar, debatir o modificar ciertos aspectos de la realidad y/o reforzar otros.

 

Desde este punto de vista, parece conveniente mencionar el trabajo de Sebastián Ortega y su plataforma de contenidos, Underground, que entre sus últimas producciones tiene una tira que introduce la temática trans en el prime-time televisivo, algo inédito para un personaje protagonista de la novela que ven tus padres.

De todas maneras, es el trabajo de su hermano menor, Luis Ortega, el que resulta aún más interesante. ¿Por qué?

Juego de porongas: de violencia, pasiones, insectos y forasteros

Luis Ortega (quien tiene películas como Lulú, Monobloc y Caja Negra a sus hombros) viene de estrenar hace poco la cinta El Ángel y en 2015 se encargó de dirigir y co-escribir la serie Historia de un Clan. Ambas realizaciones tratan con situaciones/personajes ‘siniestros’ de la historia argentina (el joven Robledo Puch y la familia Puccio) y están basadas en hechos reales. Pero también comparten la aclaración que en común se hace de ellas: “No muestran todo tal cual y como sucedió” y, entonces, se habla de que no-es-fiel-a-la-historia o de que “hay una toma de libertades creativas por parte del director”. Pero lo que hace Luis Ortega en sus realizaciones es captar esa difusa dicotomía, esa tensión que se plantea entre Realidad/Ficción. Y fundirlo.

En este punto es donde entra en discusión la segunda temporada de El Marginal, la producción televisiva más reciente de los Ortega. La serie pone en escena a personajes y situaciones en torno a un núcleo -sí- marginal: el penal de San Onofre (la imagen de la cárcel argentina) como un espacio dinámico disputado entre los presos, la policía, las bandas, los porongas y los mandatarios de la prisión.

Al retratar tales escenarios no es extraño que la serie ahuyente a los televidentes más conservadores, caso Mariano Obarrio, quien en su cuenta de Twitter se descargó contra la TV Pública por poner al aire una serie que “exaltaba la delincuencia, el delito y la violencia”. A partir de ese tipo de comentarios y sus consecuentes rechazos, se generó un debate alrededor del tipo de representación que El Marginal ofrece: desde quienes la critican por ofrecer una visión estigmatizante y estereotipada de los protagonistas y sus acciones hasta aquellos que, por el contrario, lo hacen por sostener una visión demasiado romántica. El poeta y cineasta César González, quien tuviera una pequeña participación en la primera temporada, denunció el morbo y la estética bizarra con la que representan la marginalidad.

He aquí la cuerda tensa en la que Ortega salta. El Marginal nunca pretendió ser una representación realista/exacta (llamenla comprometida si quieren) de la marginalidad, los sectores populares y el mundo delictivo: siempre se paró en la ambivalencia ficción/realidad. En un ensayo de esta misma página, Carlitos el rey de pelo largo, Diego Rach clarifica esta cuestión: “Una obra puede tomar historias “reales” para radicalizar lo que desde siempre han sido: historias de ficción. Después de todo ¿qué límite más ideológico que el que se establece entre lo real y lo ficticio?”.

Los medios la califican de hiperrealismo tumbero o realismo mágico. En todo caso, El Marginal busca jugar más con el imaginario épico y fantasioso del consumidor promedio del entertaiment: se asemeja mucho más a un Game Of Thrones carcelario que a otra cosa.  Es una historia plagada de violencia, pasiones, secretos, alianzas, traiciones y venganzas. Poder.

De hecho, podemos trazar varias analogías a través de los personajes y las escenas construidas, desde los más pequeños detalles: el Sapo (emperador/poronga) es un Jabba the Hutt con un bulo de palacio, que tiene de secuaces a un Judas gordo con nombre de achura y risa grotesca y a un gladiador/ninja que compensa su tartamudeo con su brutalidad física. Por otro lado, la inocente simpatía de Diosito no oculta el uso de un vocabulario atípico cuando habla de “forasteros” o “insectos”. Y si no bastan las referencias bíblicas, en uno de los episodios los “del patio” imitan la composición de la última cena con Marito Borges al centro de la mesa. “El motín de San Onofre” del capítulo final bien podría ser una de las tantas batallas que se dan en Westeros.

La lista sigue y probablemente sea una de las razones por las que El Marginal sea tan atractivo: interpela rápidamente a nuestro imaginario remarcando todos nuestros consumos culturales. Por otro lado, la espectacularización de la violencia, el poder y la corrupción humana (de a ratos dosificada/intensificada con una mezcla de humor y argentinidad) apela también a otra de las realidades del televidente

Quizás se pueda tildar al camino que toman Luis Ortega y compañía como cómodo y evasivo de cualquier crítica. Pero indudablemente puso en boca de todos la pregunta: “¿Esto pasa realmente?”

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