El mundo está plagado de filántropos* o “no me voy a explayar en eso ahora”

*Título inspirado en la incertidumbre de la escritura libre y en una conversación sobre un cover de Radiohead hecho por Facundo Arana.

por Antonella Saavedra (@PezPost)

El mundo está plagado de filántropos. Me animo a decir que eso es bueno y es pésimo, además de peligroso, pero no me voy a explayar ahora. La acotación viene a que llevo algo así como una semana tratando de sentarme a escribir esto que debe ser publicado mañana. Voy a mencionar mis niveles astronómicos de procrastinación muy por encima. Es martes a la tarde y en Córdoba hace un grado más que en el infierno. Apago la calefacción que sigue misteriosamente prendida, deposito mi cuerpo entre botellas de agua fría.  Pongo a sonar un disco, “Waiting for the Sun” de The Doors y se alterna con canciones sueltas de Cafrune. Hace dos horas podría haber comenzado esto, pero pasó que abrí la puerta a unos Testigos de Jehová, seres del inframundo que andan por estas calles a esta hora con 36º. Hay que pasar agosto. Los atendí con una remera de marihuanitas dibujadas. Una cosa llevó a la otra. En un rato tuve a mi padre (el filántropo) y a un hombre serio con outfit de canillita de principios del siglo pasado (por las múltiples revistas y el pantaloncito corto pinzado y beige) discutiendo sobre el apocalipsis inminente. Le pregunté a mi viejo qué onda, por qué les dio tanta cabida. “Es que ellos sólo quieren hablar con alguien, pobres”. Qué buena gente. Para mi estos tipos en pocas palabras te vienen a proclamar que se viene el fin de los tiempos, el Juicio Final y un paraíso lleno de koalas, chinos y negros, todos abrazados y en situación de picnic. Los blancos ofician el picnic, especialmente los rubios, que son los dueños de la canasta. Y de varias hectáreas del paraíso. Sospecho que nos instan al suicidio masivo y siento que tengo evidencia suficiente como para afirmarlo con convicción y hasta proclamarlo. Nadie leyó nunca una Atalaya, así que no hay manera convincente de contradecirme.

testigos

A mí también, una cosa me lleva a la otra. Tengo el sí fácil. Pablo [por @PabloDurio] pidió por twitter Necesito que Pepita (esa soy yo) escriba para Nadie es Cool,foto de Louis Garrell de por medio, como para convencerme. “Y de qué escribo” le pregunté, “de lo que quieras”. Sólo me pidió que no fuera muy académica, que estaban bien vistos los paréntesis, las comas, las notas al pie. Espero estén bien vistas las oraciones largas porque hace años estoy en guerra con Jürgen Habermas (filó-faso alemán) por ver quien escribe de forma más incomprensible, extensa y quién es más inútil. Él me va ganando pero yo soy más joven, aunque él es más… inmortal. Por lo demás, en cuanto a la academia: nos peleamos hace años antes de comenzar. En este escrito hasta pretendo citar, pero sin las reglas de citado APA como declaración de principios. Se me ocurre que también podría escribir sobre la oligarquía del saber, pero le voy a hacer honor al nombre del escrito: no me voy a explayar en eso hoy.

https://twitter.com/PabloDurio/status/500059730132623362

La libertad es una farsa, es un debate filosófico-político de aquellos y no quiero citar a ningún contractualista nunca más. Peco de postmo: hoy la libertad es una farsa y siempre lo fue, hoy es (además) una sensación. Vendría a ser una cantidad ridícula de sabores en la pared de la heladería, una disponibilidad infinita de posibilidades y un acceso físicamente imposible, a todo. Esa misma sensación de libertad-falopa es la que tengo ahora. No sé de qué carajo escribir. “Escribí de lo que quieras” es una frase abrumadora, pero me gusta. Escribo sobre lo que me viene, entonces. Me viene interrupción por Testigo de Jehová apocalíptico. Se condice con lo que me viene pasando desde hace bastante. Adelante, entonces. Más tarde podría hablar de la casualidad, pero ahora no. Acá vendría a utilizar a la palabra escrita siempre como dispositivo retencional de información y en este caso prometo que la información que proporcione a continuación será aleatoria, absurda y completamente inútil. Pero la voy a pasar bien un rato, y eso es lo que importa al final.

Hace muchas noches, tomando una cerveza con un amigo, caímos en la cuenta de la sensación de inminente apocalipsis que caracteriza estos días. No, no me hice Testigo de Jehová. Tampoco creo que sea un delirio de juventud. Quiero creer (porque así lo percibo) que es una cuestión más bien epocal. Por epocal no me refiero a exclusivo, claro que esto pasó antes. En occidente al menos, post primera y segunda Guerra Mundial, post Guerra Fría, post Cavallo (post-post) esto fue moneda común. Ya pasamos “El fin de los tiempos” gracias a la filosofía y a Hollywood, entre otros. En otras latitudes ahora alguien explota sin motivo, casi por combustión espontánea, en otra guerra. Ahí el síndrome-de-fin-de-los-tiempos es (y se) concreta, es contundente y verdadero. Eso que sentimos con mi amigo tomando la pinta negra en Clarke’s fue una mosca molesta y una mano que la ahuyenta mal. Pero no por ello voy a dejar de mencionarla. Las bombas que caen de este lado son virtuales, son de información apabullante y en cantidad. ¿Qué hacer con ella sino estremecernos? Algo que no sea estremecernos, sí. Hacer algo. Sobre esto pretendo volver en otra ocasión, porque aún son ideas poco claras. William Burroughs me diría que monte una prensa clandestina y comience la revolución electrónica. Yo le hablaría de espacios de resistencia y nos pondríamos de acuerdo. Hay algo que nunca entendí de la academia y es cuando ponen a discutir autores entre sí, cual ring intelectualoide. Como para medirse la pija con palabras, como chiste para entendidos. En lo personal, prefiero ponerme a discutir yo con los autores.william

Estoy desvariando.

No sé si puedo decir estas cosas por acá, igual. Pausa para tomar agua y poner otro disco.

En fin. A diario nos violentamos con información que comprendemos, que no comprendemos y que absorbemos involuntariamente, sin saberlo, por su carácter subliminal. Retenemos poco, es verdad. En algún momento imaginé que la información que nos llega se pega a todo como stickers, o láminas finas de pintura que se acumulan una encima de otra, hasta que no existen espacios posibles entre todas las cosas. Y la asfixia hace lo suyo. Lo imagino como un basural insoportable, como una confluencia gigante y vertiginosa de épocas, discos, libros, efemérides boludas, aparatos, circuitos, dichos, números, defaults, presidencias, anuarios, modas, actos simbólicos, etcétera ad eternum infinito-punto-todos-los-colores. Un palimpsesto: teníamos algo escrito y lo borramos para escribir ahora, pero con la huella previa. La huella es lo suficientemente legible. Tengo miles de metáforas porque me obsesiona la idea del montaje, del collage y del loop pero me doy cuenta de que esto se está poniendo largo y no puedo con la densidad. Para acercarme al final, porque se me acaba el agua y el disco, la propuesta política que aún pienso tiene que ver con la palabra propia. La autogestión nos da la posibilidad de hallar una grieta entre toda la generalización en la información e interrumpirla. Las generalizaciones funcionan como paraguas o como recipientes que juntan lluvia. Recortan la realidad de una forma que no me agrada. Conozco a mucha gente a la que tampoco le agrada la manera en la que se está recortando la “realidad”.

Hagamos el propio collage, el propio mixtape (otro día hablamos del spanglish, aún no he tomado postura y creo que se me va de las manos).

palimpsesto

Me siento cómoda con la idea de la trinchera de cada uno, pensada como construcción colectiva, porque siempre encontrás a aquel que le pinta lo mismo que a vos. Pienso en la importancia de la palabra, de la música y de la resistencia. Como dice mi amiga Gaby que dice Constantini “la poesía es la única que no macanea”.

El resto es gilada.

And this is the end/ my only friend/ the end/ the end of laughter and soft lies/ the end of nights we tried to die[1].

[1] “En consecuencia, cuando digo que el fin del mundo es el fin del mundus, esto no puede querer decir que sea solamente el fin de una cierta ‘concepción’ del mundo, y que nosotros debiéramos ponemos a buscar alguna otra, o a restaurar alguna otra (o la misma). Pues con ello quiero decir que no hay más significación asignable al ‘mundo’, o que el ‘mundo’ se sustrae, poco a poco, a todo el régimen disponible de la significación -exceptuando su significación ‘cósmica’ de universo, la cual, precisamente, no tiene (o aún no tiene) para nosotros, significación asegurada, salvo que se considere una pura expansión infinita.

Si no se enfoca en toda su amplitud -acaso infinita, en efecto, infinita en su finitud misma- el fin del sentido del mundo, en tanto fin del mundo del sentido en el que contamos con todas las señales necesarias para el manejo de nuestras significaciones –y siempre contamos con ellas, día a día-, uno no puede más que engañarse burdamente sobre el sentido y sobre la carga de la palabra ‘fin’ (y de las palabras ‘finito’ e ‘infinito’) O incluso más: uno se engaña o se enceguece acordándole todavía a la palabra ‘fin’ un sentido determinable (anonadamiento, liquidación) en nombre del cual se llega a disputas desprovistas no sólo de rigor, sino también de contenido.”

Nancy, Jean Luc en “El sentido del mundo”.

 

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