Elogio del troll

[Trolls. Comentarios. Diarios. Portal de espectáculos. Odio. Indignación. Bronca. Dady Brieva. Wired. The Guardian. YouTube. El País]

por Abril Fernández

“Como periodista le pifiás al razonamiento desde el principio cuando hacés el planteo de “a quien creerle?”. no hay que creerle a nadie. o podés hacerlo, pero eso no significa que te de la pauta de juzgar al otro públicamente.”

“Con ese criterio prohibimos los autos, las motos, la electricidad, el gas…etc..etc. Todo si se hace imprudente produce accidente.”

“No miro la casa de papel y solo leí el titular de esta noteja,este genuflexo,mediocre y fanático kernerista solo puede actuar en paneles de marginales programas de debate de C5N con la conducción de sylvestre o victor hugo inmoral.”

Estos comentarios fueron extraídos de diferentes medios y hacen referencia, respectivamente, a tres temas de gran interés: los escraches públicos a músicos abusadores del rock nacional, a la prohibición de hacer asado en las sierras de Córdoba durante el Rally, y a la opinión de Dady Brieva sobre la reconocida serie española. Son comentarios que suelen hacer los trolls, mi plaga favorita, los encargados de que Internet sea el quilombo distópico mundial que es.

¿Cómo harán para elaborar sus máximas? ¿Estarán atentos a que se les ocurra alguna frase ingeniosa mientras lavan los platos o esperan el colectivo, para después anotarla? ¿O será algo más espontáneo, tipo lo primero que se les ocurre apenas leen un titular? Aunque muchos oculten su verdadera identidad, ¿pensarán que su misión en esta vida es trollear el entusiasmo ajeno?

Algunos pensadores occidentales afirman que tenemos una posición social determinada según nuestros bienes, nuestro trabajo, y el ingenio que pongamos para obtener ambos. Todo gira, de una u otra manera, en torno a estos capitales que movemos. Hay rankings de billonarios, hay récords de productividad y hay premios a la creatividad humana. En realidad, varios nos conformaríamos con trabajar de pensadores / opinadores a cambio de subsistir dignamente, incluidos los trolls. A lo mejor ellos sean filósofos sin saberlo, sin marco teórico o escuela que los contenga.

Troll_face_guy

Hay todo un ejercicio mental en la tarea de exponerse diariamente a lo que no apoyamos, no aprobamos, no queremos para nuestras vidas ni para nuestra descendencia, no toleramos, no comprendemos y no consideramos parte de nuestra personalidad. Algo que, en la antigüedad, sólo los espías bien entrenados se animaban a hacer, porque además tenían que ocultar el pensamiento propio y ser funcionales a los objetivos contrarios hasta completar su misión. Pienso que estos ejercicios de impermeabilidad mental son el orgullo de los trolls ad honorem, el hecho de reforzar sus propias convicciones mediante el seguimiento minucioso de las convicciones opuestas. Pero, a diferencia de los espías, los trolls no ponen el cuerpo, no se molestan en disimular su propio pensamiento, ni tienen una misión.

Otra cosa que el troll evita como a la peste son las acciones políticas, aunque le moleste que lo llamen opositor, nazi o patriota. Tomar partido activamente por fuera de lo virtual lo obligaría a pensarse como parte de un movimiento, aceptando el peligro de sentirse menos miserable gracias a un fin común compartido con otros. Esta felicidad podría alejarlo de los teclados. El troll auténtico no tiene pares, no tiene grupo, no pertenece a ninguna corriente política o apolítica por más banderas que elija para definirse. Le gusta llamar independencia a su propio vacío. Adhiere plenamente a no adherir a nada. Ésta es la angustia fundamental que lo mueve.

Quizás haya en esta no -pertenencia algún mecanismo de defensa perfeccionado dada nuestra extensa historia humana de persecución política. Quizás haya en cada opinión expresada sin filtros un pequeño pero reconfortante ejercicio del poder. Un uso no pasivo de la red de redes. Un instante de tiranía satisfactoria ante una realidad que reduce cada vez más nuestro margen de acción.

Trolls y ciencia

Según un estudio de la revista Wired (1) los aportes de los trolls pueden clasificarse en una escala, con categorías que van desde comentarios no tóxicos (simplemente contrarios), medianamente tóxicos (argumentos opuestos pero ofensivos) hasta altamente tóxicos (puros insultos). Su estudio, llevado a cabo sobre una muestra de población estadounidense, también brinda datos sobre sus horas preferidas para comentar: la hora más tóxica resultó ser las 3 am. Hay también un documental breve producido por el diario inglés The Guardian donde algunos trolls (que parecen haber sido elegidos en algún casting marginal) dejan pasar a las cámaras a sus hogares.

Creo que es útil distinguir, como hace Wired, entre los meros “contreras” a los que no les gusta tal o cual situación y sufren de declaracionitis, por un lado; y por otro lado a los violentos verbales que demuestran que las palabras pueden doler más que una piña en la panza. Mientras que algunos se divierten molestando a las feministas, a la farándula o a los de X partido político, otros terminan amenazando de muerte o pregonando métodos de tortura. Cómo bajar los niveles de violencia verbal sin caer en la censura es un enigma, que suele resolverse cerrando la ventanilla y desactivando la posibilidad de comentar para todos por igual.

Incluso hay quienes van más allá y desde la psicología (3) ponen a los trolls junto a la “tríada oscura”: psicopatía, maquiavelismo y narcicismo. De nuevo hay enormes generalizaciones ante un panorama que de homogéneo no tiene nada. ¿Sabrán los grandes científicos del trolleo que una gran mayoría de los peores comentarios salen de la mente de niños y adolescentes? ¿Se les ocurrirá que, muchas veces, las peores cosas que se dicen sin cuidado son ocurrencias juveniles? A la hora de medir riesgos y consecuencias futuras, la adolescencia puede hacernos comportar como verdaderos psicópatas.

Don’t feed the troll (no alimentes al troll)

Este “otro” virtual, gracias a su alta indefinición, termina entonces siendo definido por “nosotros”, los no – trolls. Imaginamos a hombres, a adolescentes, a inadaptados sociales, a criminales de guerra o a toda clase de locos orquestando estas respuestas. A lo mejor algunos se ajusten a estas definiciones. Pero en Internet nada es lo que parece. Puede haber enfermos crónicos que se cansaron del desprecio social, puede haber monjas aburridas, puede haber abuelas olvidadas por sus familias, puede haber profesionales intachables queriendo portarse mal un rato. Puede haber cualquier persona detrás de un comentario. Puede haber, incluso, un psicólogo social registrando algún experimento insólito.

marco310711

¿Por qué elogiar a quienes eligen patear el tablero y despreciar las reglas de la argumentación lógica? Porque sin ser nada durante tanto tiempo terminan siendo algo. Porque detrás de su insistencia en desoír consejos, detrás de su negación a cambiar de opinión, detrás de su firme tozudez hay un servicio a la comunidad. Hay alguien que desnuda su precariedad argumental sin intentar disfrazarla con academicismos. Hay algo de niñito que se porta mal ante el que muchos adultos supuestamente civilizados terminan perdiendo la paciencia. Hay algo de kamikaze que se mete en el centro de las polémicas más progresistas para hacer explotar su hipocresía desde adentro.

Porque las grandes falencias discursivas, las omisiones más vergonzosas o las peores fallas de calidad no van a salir de boca de los simpatizantes. Porque los que incomodan con su sinceridad, aparte de los borrachos y los niños, son los trolls.

(1) https://www.wired.com/2017/08/internet-troll-map/

(2) El mini documental puede verse en YouTube https://www.youtube.com/watch?v=8JyTW4Rg2tE aunque está en inglés. Hay una nota en el diario El País que lo analiza en nuestro idioma: https://elpais.com/elpais/2017/03/28/opinion/1490704112_469189.html

(3) https://hipertextual.com/2016/10/mente-del-troll

 

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