Entrevistas de trabajo y exámenes finales: mostranos cuánto vales en 20 minutos

[Entrevistas de trabajo. Exámenes finales. Entrevistas. 20 minutos. Recursos Humanos. Don Draper. Weber. Realidad. Ficción]

por Patricio Pérez (@sandiaconqueso)

Digamos que atravesar una carrera universitaria me hizo un poco más pillo en estos temas y ahora puedo decir que, al menos, lo aprendí por mi cuero: a veces todo se define en una conversación.

Digo lo de la facultad un poco como para tantear un marco teórico: una de las materias que más disfruté estudiar, Lingüística, enseña que la conversación se parece menos a un inocente intercambio que a una puesta en escena de fuerzas, inferencias, suposiciones y silencios. Así, una tranquila conversación se vuelve tan complejo y teatral como suena.

Uno como estudiante busca el anclaje que une lo que estudia con “lo real”. Yo lo encontré pocas veces, pero esta sin duda es una. Y qué es más “real” que esos momentos que definen tu destino a corto plazo: esto es, una entrevista de trabajo o un examen final.

Lo digo un poco molesto, pero al mismo tiempo me doy cuenta de que por ahora no hay métodos mejores. Suena absurdo que tu destino próximo se defina por una conversación de veinte minutos con un superior autorizado. Esto tiene como corolario una sola cosa (los estudiantes lo comprobamos a los bochazos): a veces pesa más dominar la “técnica” de la conversación que las bolillas que preparaste.

Ponele que tenés veinte minutos para causar una buena (¿primera?) impresión, tanto en el caso de una entrevista de trabajo (donde te vendés como fuerza de trabajo idónea para la vacante) como de un examen final (donde hacés gala de un abanico de saberes que, probablemente, hayan sido absorbidos en su mayoría la noche anterior, a punta de resúmenes ajenos y latas de energizante). Una vez que esos veinte minutos definitivos concluyen, hay toda una vida por delante para demostrar lo que uno realmente sabe en el trabajo cotidiano (o no: quién no tiene la sensación de no recordar un carajo de esa materia que aprobó con honores hace no más de tres o cuatro años). La instancia fatal, para sí o para no, es esa: la de los veinte minutos.

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Todo esto no tiene mucho que ver con saber o no realmente algo sobre una cátedra o ser idóneo para tal o cual puesto: es más un saber práctico, retórico. Saber estructurar las ideas. Esquivar elegantemente aquello en lo que uno se siente inseguro. Recular inmediatamente al percibir un gesto raro en la persona que tiene enfrente (los profesores universitarios más experimentados, a la hora de tomar un oral, sostienen una pokerface terriblemente molesta para el alumno). Sobre todo, saber cuándo callarse. Para los estudiantes y los postulantes, esto genera toda una escala de inequidades que, de nuevo, no tiene mucho que ver con lo que realmente sepan (o lo que realmente “valgan”): generalmente, los que triunfan lo hacen porque saben hablar.

(“Me puse nervioso”: no controlé mis gestos, mis palabras, mis silencios, no mantuve la compostura, hablé más de lo debido, fui impertinente. Todo esto es señal segura de un fracaso. Uno lo sabe y lo lee en la situación, incluso antes de que se le comunique que, en efecto, reprobó el final: cuando llega el aplazo ya no es novedad, es una cuestión de presentimiento o, como dicen los hippies, de “mala vibra”).

Ahora bien. Vaya a saber quién me inculcó un desprecio casi obsesivo por las inequidades del mundo. No lo voy a descubrir acá. Estoy como si rindiera un final ante ustedes que me leen: más preocupado por “hablar bien” que por mostrar lo que sé. Lo cierto es que después de haber visto fracasar a compañeros súper preparados, y de haber fracasado yo mismo más veces por nervioso que por burro, lo que quisiera es poder inducir, y compartir, ciertos tips universales para manejar mejor esta poderosa clase de conversación que es una entrevista de trabajo o un examen final.

No sé si sería un golazo si esto pudiera armarse en una especie de manual o, al menos, en ese formato tan cristiano como pedante de los diez mandamientos. Si se estructurara así, y si este manual fuera percibido como un saber que le sirve a todo el mundo, los profesores mandarían el “Manual del Examen Final Perfecto” como apéndice obligatorio de todos los programas y esta asimilación no haría más que complicar la situación, añadiendo un contenido teórico extra que el alumno debe saberse como requisito para rendir bien.

Acá viene, pues, el verdadero alcance de eso que llamaba subversivo más arriba. “Descubrir” la verdadera naturaleza de una entrevista o un examen final (el hecho de que, a pesar de lo que quieren parecer, “no son más que conversaciones”) equivale en gran parte a saber “hackearla”: saber todo eso que conviene hacer y que los profesores o RRHH, conscientes de la fragilidad de su método, prefieren dejar que uno descubra a los golpes. Estructurar este saber en un manual prescriptivo, hacerlo comprensible, sumarlo a los programas, es entregarle los mapas al enemigo.

De modo que, sea por pereza o por esta extraña vocación de partisano, si diera con estos tips, no los escribiría como si fueran los diez mandamientos. Puedo escribir acá todo lo mucho o poco que aprendí fracasando en entrevistas, conductas que uno tiene que retener (postura erguida, mirar a los ojos, no boludear tanto con las manos, jamás tocarse el cuello de la camisa…) pero eso sería, de nuevo, obligarles a que se aprendan de memoria algo más de lo que ya de por sí tienen que estudiar (porque, a todo esto y al menos que seas un suicida, no hay que olvidar que para rendir un final es importante saber al menos algo).

411839aa62dd25fef60476955c28ee98-2Con gusto este texto viene a ser algo distinto a un simple manual de instrucciones. Quiere, como tantos otros, desacralizar algo: una entrevista o un examen final no sólo no es de vida o muerte (argumento fácil: “ocurren todos los días en todas partes todo el tiempo”) sino que no es más que una conversación; y que dominar la técnica de la conversación, tarea tan empírica, es un poco la clave para el éxito. Y que el entrevistador, con todos sus prejuicios (cuyo peso no hay que subestimar), sabe que este método para definir el valor de una persona es falible. Se preocupa por perfeccionarlo, hacer preguntas específicas, meter presión ante la persona que tiene enfrente: tarea tanto más fácil si esa persona lo sigue percibiendo como un ser superior, dotado de un aura de autoridad irrevocable.

Al final del día, enseñan tanto Weber como Don Draper, dadas las condiciones de la modernidad, aquél que mantiene una postura racional, relajada, coherente y consistente es aquél que “triunfa” en el mercado (lingüístico, nos gustaría añadir con Bourdieu), pero este triunfo es tan modesto como la entrevista misma: ganaste una conversación, no la Copa del Mundo. Y si la perdiste, lo mismo. Una vez más (llegar acá me llena de satisfacción, porque comulga con el “kill your idols”, máxima que adoro y que es como mi mantra en los momentos difíciles), desacralizar como respuesta al fracaso. Y ahí uno empieza a aprender.

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