Escribir frente al mar

por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

Me voy a tomar un párrafo-prólogo para presentarme puesto que es mi primera nota para Nadie Es Cool y puesto que ustedes no pueden evitarlo. Me llaman Federico Frittelli (ellos, yo cuando me llamo digo “Yo” y al toque vengo). Tengo dieciocho años en el documento, quince en la cara, setenta en el alma y he vivido un par. Escribo, escribo, irrefutablemente escribo. No sé cómo ni por qué, Pablo Durio se dio cuenta y me instó a que lo haga para la revista. Acá estoy, de alguna manera, si son ustedes de la clase de lectores que imaginan un diálogo con el autor. La lectura después de todo no es más que una conversación en que uno de los interlocutores está ausente, como todas las conversaciones. Si leen asiduamente la revista, debo advertirles que lo siguiente (me refiero a toda mi participación desde hoy) no sigue del todo la misma línea. Si no la leen frecuentemente, les recomiendo hacerlo.

-***-

Por ser este nuestro primer encuentro, tengo que aclararles que hay solamente dos sustantivos que dominan toda mi vida: la duda y la literatura. Dudar de todo y literaturizarlo todo, a eso me dedico y me es imposible escribir sin que la una entre en la otra. Esta hermosa antinomia dialéctica me lleva a reflexionar en forma de ficción, a imaginar permanentemente diálogos que no han tenido lugar pero que perfectamente pudieron haber sucedido, donde mis propias dudas y las timidísimas respuestas que llego a aventurar se personifican en hombre-que-pregunta y hombre-que-intenta-responder. El esquema que más prefiero para introducir estas dudas es el de maestro-alumno. Alumno: joven que confía en la existencia de soluciones a su cúmulo de angustias. Maestro: viejo con las mismas angustias que el joven, solo que se ha acostumbrado a asignarles ciertas respuestas pseudo-satisfactorias.

tumblr_med7npoGA91rlla8ro1_500Imaginemos, al modo inverso de “Borges y yo”, a un Federico Frittelli de cincuenta años, con cierto prestigio de escritor y un cómodo pasar como profesor universitario; y supongamos que en un encuentro con el Federico Frittelli de dieciocho (el Yo de quien les hablé en el prólogo), recibió una pregunta fundamental:

— Para usted, ¿qué es escribir?

Qué tipo molesto.

— Yo creo que escribir es una actitud frente al mar – me dijo – Están los escritores que escriben parados, mirando al horizonte interminable azul y celeste, que les remite a otras profundidades, a otros azules y a otros celestes, a una simplicidad en el infinito, a lo innecesario de la complejidad; esos son los escritores que más abundan y entre los que encontramos grandísimos exponentes. ¿Por qué no hablar de Shakespeare y de cómo resume la angustia social, el deber, el destino y la psicología en una sola pregunta? Ser o dejar de ser. Maravilloso. Simplísimo. Un escritor ha vertido ya, en el siglo XVII, a toda la humanidad en el monólogo de Hamlet. ¿Los existencialistas? Camus, Sartre y nuestra versión local, Sábato. Somos lo que hacemos para soportar la existencia, lo logremos o no. Kafka, siempre hay que volver a Kafka. Virgilio, el héroe como pura misión, como puro propósito que jamás llegará a ver.

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Luego vienen los escritores venturosos, esos que se adentran al cuello en el mar y escriben esquivando las olas, aprovechando la adrenalina del vaivén del ahogo y del peligro de que se moje eso que para ellos lo único imprescindible, su lapicera, la máquina de hacer mundos. Lucha constante y a la deriva. Los escritores que dialogan, los escritores que en su ficción refutan, insultan y defienden, están en esta categoría. Dame a Hemingway (¡el increíble Hemingway!), que soporta su marea de alcohol junto a sus amigos de la Generación Perdida, Fitzgerald, Dos-Passos. Su hijo, otro perdido en el tiempo y en el espacio, riéndose del oleaje de París entre sátiras e ironías, Cortázar. ¿Por qué no, si está Julio, no agregar al resto del Boom Latinoamericano? García Márquez, digamos, por no olvidarnos tampoco de Vargas Llosa, perdidos en Latinoamérica, combatiendo el rival que indefectiblemente habría de vencerlos. Quevedo, perdido en el Siglo de Oro. Los Románticos, perdidos en la historia. Eurípides, perdido en Grecia. Anthony Burgess, perdido junto a Alex en la moral.

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También están los que se sientan en la playa de espaldas al mar, y lo escriben sólo por el rumor de sus olas. Son los que niegan el predominio de la visión y prefieren la música de las cosas, la poesía, su canto. Son los que escriben un rato y se van, sea porque les incomodó la postura, sea porque sienten que no estuvieron a la altura de lo que querían escribir. Los cuentistas, los escritores de canciones y algún que otro novelista intrépido más conforman esta categoría. Quizás sea muy obvio decir Borges por su ceguera. Nunca es obvio decir Borges. Con todo su conservadurismo a cuestas ha encontrado la tecla exacta que hace sonar al mar en su mejor tono, tecla que por demás se ha buscado desde entonces hasta nosotros mismos (vos y yo, Federico). ¿No escriben así también Charly García y Spinetta? Whittman, Baudelaire. ¡Neruda! Galeano, por qué no, aunque podría entrar a su vez en el anterior grupo. Es que todo esto que te digo no tenés que tomártelo tan a pecho, trato de definir la actitud general de estos hombres, pero ellos son tan volubles, tan volubles.

Por último están los poetas, que acostados boca abajo con los pies apuntando a la playa y la cabeza al mar, colocan el cuaderno en el suelo y versan, esperando con deleite que venga una pequeña ola que remoje las hojas y cambie de lugar sus palabras, las resignifique, las hidrate, la prenda fuego, en fin, las borronee lo suficiente para que sean poesía. No les interesa mojarse un poco las manos ni mojar la lapicera, descreen de la una y de la otra, también descreen del mar y de la playa, del rugido de las olas y la danza de las gaviotas. Las piensan todas como partes ineludibles de una farsa final de un Alguien que está a punto de develarla. Y aquí el Siglo XX, el ineludible siglo de las Vanguardias, del Teatro del Absurdo. ¿Qué tienen en común Tzara y Beckett? ¿Aragón y Ionesco? Lo que harían si estuvieran escribiendo frente al mar. Farsa todo. La comunicación, el individuo, la sociedad, el Arte, el mar, el pensamiento, Dios y la idea de que estemos solos y abandonados a nuestra suerte. Me encantaría encontrar el coraje de pertenecer a este grupo.

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— Y usted, maestro, ¿a qué grupo pertenece entonces? –quise saber.

Qué tipo molesto.

Lo vi ruborizarse y mirar al suelo, signos infalibles de quien está por entregar una gran verdad que le humilla el ser. Entonces el prestigioso señor Frittelli me dijo:

— Yo no estoy en ninguno. Pertenezco al grupo de farsantes que, sentados en la comodidad de su escritorio a mil doscientos kilómetros del mar, lo escriben como de memoria, describiéndolo como seguramente ya no es, tratando de disfrazar con sinónimos de la palabra azul un profundo desconocimiento de la azuleidad del mar. Nunca le mientas al mar. La gente no se dará cuenta, pero verás pasar por la calle a aquel empapado hasta la cabeza, al otro con los ojos rojos de sal, a este con los oídos llenos de arena y al último con la mochila empapada. Y cuando te miren, deberás bajar la vista.

Tengo que confesarles algo: este diálogo me aterra.

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