Fake news y patitas de pollo: es basura y la como si quiero

por Abril Fernández

Me gusta cuando las palabras se van por ahí, muy lejos de donde salieron, y terminan en cualquier parte significando otras cosas. Basta pensar, por ejemplo, en la palabra chatarra, que hasta suena a chapa y a tarros y a lo que significa en verdad: basura metálica. En los años noventa a alguien se le ocurrió que los restos de comida procesados una y otra vez hasta parecer alimento (y terminar en cadenas de comida rápida) podrían llamarse comida chatarra. ¿Estaba hecha de metal? No, pero estaba hecha con descartes y de ahí la idea. Tiempo después alguien usó la expresión TV chatarra, rebautizada más honestamente como telebasura. Esa pantalla reutilizaría una y otra vez sus contenidos ya emitidos, regurgitándolos con onda y bajo nuevos títulos.

Pero los noventa se quedaron cortos, y cuando los medios de prensa empezaron a pasarse datos con más y más velocidad, no sólo la televisión pudo ostentar sus cualidades de gran recicladora de desechos. La tendencia alcanzó a los medios gráficos y especialmente a los virtuales. Muy pronto nos encontramos rodeados de contenidos que olían a refrito por todos lados. La infobasura ya no se usó sólo para rellenar páginas, o para completar los minutos que le faltaban al noticiero de las ocho con alguna “nota de color”, se convirtió en una categoría por sí sola, independientemente de los reportajes más serios, y su éxito superó toda expectativa.

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Al igual que la comida chatarra, la infobasura parece aprovecharse de nuestras pocas ganas de pensar y de lo fácil que nuestro cerebro se deja seducir, visualmente hablando. Lo que brilla y es breve suele llamar la atención más que una masa gris de letras (como ésta). Pero la información “sana”, a diferencia de la comida, no puede reconocerse tan fácilmente. Todo va a depender del paradigma invisible guiando nuestras vidas o, para decirlo más sencillamente, de nuestro propio criterio sobre lo aceptable (o del criterio ajeno si es que no tenemos ganas de pensar…). Algunas personas creen que la información debe ser elaborada por periodistas de cualquier extracto social, género y procedencia; otras no. Algunas personas creen que las noticias siempre van de la mano de las publicidades; otras no. Algunas personas creen que la información es un servicio público y su funcionamiento debe regularse; otras no.

¿Podrá existir acaso algún parámetro universal para la información saludable? ¿Será posible que alguna vez nos pongamos de acuerdo en qué clase de contenidos hacen bien al cuerpo y cuáles atentan contra nuestra salud mental? Nadie se hizo estas preguntas gracias a los memes con consignas violentas, ni gracias al periodismo policial lleno de retorcidas historias difundidas sin un marco legal o psicológico adecuado, ni gracias a tantos otros contenidos potencialmente dañinos. No, señor. La verdadera preocupación por cuidar la calidad de las noticias que consumimos llegó gracias a la política. Con ella llegó también la expresión de moda de esta época, fake news (hay quienes insisten en llamarlas por su nombre antiguo, mentiras).

El tema de los contenidos no chequeados circulando por toda la internet sólo empezó a ser importante cuando se metió con las elecciones presidenciales. Porque, claro, para elegir primero hay que conocer cuáles son las opciones, y para conocerlas hay que ponerse en contacto con datos reales, quizás exagerados, pero no falsos. Los candidatos suelen embarrar la cancha con estrategias diversas, eso no es novedad. Pero el límite de lo permitido en la competencia por cargos públicos se corrió bastante en estos años. Y no fue precisamente por el proceso electoral de cualquier país que la infobasura se volvió tema de agenda: la cuestión cobró relevancia recién durante las elecciones los Estados Unidos.

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Vamos a hacer un poco de memoria: en 2015, a medida que se acercaban los comicios presidenciales en nuestro país, las redes sociales empezaron a mostrar un sinfín de noticias ridículas y escandalosas, con todo el aspecto de la infobasura, pero que no lo eran realmente. No eran nada, no había un diario sensacionalista atrás ni un periodista jugando con los límites entre realidad y ficción [1]. Se trataba de sitios que te invitaban a “crear tu noticia falsa”. Una vez que llenabas un formulario con el titular que se te había ocurrido y te inventabas unas líneas del supuesto artículo, el sitio se encargaba de difundirla con todo el aspecto de un informativo real. Muchas personas se ponían a discutir en las redes la “noticia” compartida, sin hacer clic nunca en el enlace que revelaba el engaño. El apuro por comentar y compartir cualquier cosa provocó desastres. La velocidad con la que se difundieron estas noticias – broma arrasó con todo intento de contenerlas.

Hay quienes creen, en una recreación moderna del mito del buen salvaje, que en un tiempo pasado los periodistas eran gente noble con mucha verdad y nada de mentira. Nada que ver. La razón por la que el periodismo era ejercido con un poquito más de responsabilidad social antes de internet es que siempre había alguien con nombre y apellido a quien se podía señalar y probablemente sancionar. En cambio, hoy la red nos deja transmitir desde el completo anonimato. Incluso quizá podamos hacer responsable a una página web por habernos dejado publicar, aunque hayamos sido nosotros los que armamos el lío. Gracias al difuso panorama legal internacional cualquier sanción se vuelve casi imposible. Y hablar de los límites del periodismo también, no vaya a ser cosa que se nos acuse de censura [2].

La infobasura había abierto su propio espacio para noticias poco serias o contenidos livianos. Y fue por este lugarcito que se fueron colando asesores de imagen, publicistas y otros seres con intereses cada vez más manipulativos y menos recreacionales. Por eso hoy existen proyectos como el de Propaganda Computacional en la Universidad de Oxford, analizando el consumo de noticias de los electores de derecha, por ejemplo (3). No sorprende que sean quienes más infobasura consumen y probablemente lo hagan creyendo que leen noticias confiables. Pero no son los únicos. Aquí es donde los algoritmos de las redes sociales, que nos acercan sólo a quienes piensan como nosotros, se la pasan deformando nuestra percepción sin que lo notemos [4]. En este estudio, los investigadores casi ni hablan de las fake news; prefieren el término junk news, es decir, infobasura.

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Saber qué es lo que estás consumiendo no te vuelve un intelectual sino un poco menos idiota. Una cosa es saber qué consecuencias trae el exceso de estas lecturas, y otra cosa es ignorarlas. El contenido sano puede parecer como las ensaladas, saludable y bastante aburrido; no es cuestión de hacerse extremista sino de saber qué tenemos enfrente y cómo llegamos ahí. Pero hay veces que ni la realidad más cruda logra que dejemos de lado ciertas elecciones. Como cuando le mostraron a un grupo de niños que las patitas congeladas de pollo son restos de carne, huesos y cartílagos picados hasta quedar bonitos [5]. El chef les preguntó “Ahora ¿quién va a seguir comiendo esto…?”

Y todos levantaron la mano.

 


 

[1] Experimentos socio – periodísticos: http://www.lr21.com.uy/mundo/1329384-messienvorterix-falsa-entrevista-mario-pergolini-argentina

[2] Si el que intenta poner orden es el fundador de Wikipedia no se dice censura, se dice progreso.  http://www.bbc.com/mundo/noticias-39705716

[3] https://www.insidehighered.com/views/2018/02/09/essay-study-junk-news

[4] Charla Ted sobre la burbuja de filtros por Eli Pariser. https://www.ted.com/talks/eli_pariser_beware_online_filter_bubbles?language=es#t-151792

[5] Pobre Jamie Oliver.

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