Gallavich: cómo en Shameless narraron el amor

[Gallavich. Ian Gallagher. Mikhailo Aleksandr Milkhovich. Shameless. Serie. Homofobia. Amor. Gay]

por Lautaro Carrera (@lautyrace )

Este escrito no planea ser de ninguna manera teórico. Por el contrario, consistirá básicamente en un vómito inconexo de puras expresiones de amor y admiración por el personaje que unos escritores pelotudos con un superpoder para arruinar todo-que-se-mueva supieron construir.

Mikhailo Aleksandr Milkhovich es un (es él) personaje de una comedia que devino en drama llamada Shameless. Resumiendo, es un delincuente que entra en la historia buscando cagar a trompadas a Ian Gallagher (protagonista) por supuestamente haber violado a su hermana; cosa particularmente difícil dado el hecho de que Ian es gay. Gracias a un altercado producto del intento de Ian de recuperar un arma de las manos de Mickey tienen sexo y, desde ahí, la historia no parará de hacerme explotar el pecho de fuegos artificiales.

Mickey hace carne el concepto mismo de amor. Víctima de una homofobia externa atroz por parte de su padre, un criminal de carrera violento e hijo de p(y)uta, y una homofobia internalizada aún más despiadada, irá dando pasitos de bebé hacia la reconciliación consigo mismo. Por Ian. Todo por Ian.

Siempre que pienso en Mickey, es decir todos los días, se me viene a la cabeza que amar es poner al otro primero. Una idea simple pero contracultural en los tiempos del individualismo, la cultura del consumo, la degradación de los lazos comunitarios, el egoísmo y la competitividad. Allí donde la cultura nos propone hacer eje en lo que quiero, lo que siento, lo que pienso y lo que me pasa y cagarme en lo (el/la/le) otro, reencontrarme con lo mismo, leer a los que están de acuerdo conmigo, hablar sólo con los que me caen bien y en mi cama no fats no asians no fems, negándome deliberadamente a cualquier posibilidad de que me pase lo que no espero, lo que no busco, el acontecimiento, Mickey ama a Ian como corresponde: más que a sí mismo.

De allí que amar no sea una experiencia necesariamente “buena”, de allí sus inconvenientes. Si uno piensa un poquito en detalle, los seres humanos no somos muy duchos en el fino arte de cuidarnos entre nosotros. Especie (auto y hetero) destructiva si las hay, el único freno a la pulsión irrefrenable de tratar a los otros como cosas que sirven para mi propia satisfacción masturbatoria es el amor. Los niños cuando nos pegan no saben que nos duele, hacen uso de nuestros cuerpos sin registro de que somos personas dolientes como ellos hasta que hacemos el acting de que lloramos. Ahí sí, lloran ellos también.

Entiéndase: el límite es el dolor del otro y el dolor del otro opera como límite porque le amo y no quiero hacerle doler. Cuando amo, el dolor del otro me duele a mí.

Mickey, durante todo el arco impresionante de desarrollo del personaje, atraviesa una metamorfosis no necesariamente metafórica a la mariposa que siempre debió ser… por amor a Ian. Llega a algo parecido al amor propio y la experiencia de un sutil orgullo gay solapado a través del amor a Ian. Aunque a RuPaul no le guste, un camino al amor propio es el amor al otro.

Es como si dijera: ¿a Ian le duele que no lo bese? Lo beso. ¿A Ian le duele que estemos juntos en secreto? Salgo del clóset en el bautismo del hijo que tuve con la prostituta que me obligaron a cogerme a punta de pistola para sacarme lo puto y termino lleno de sangre por cagarme a trompadas con mi viejo y toda mi familia. ¿Ian está bailando en un boliche completamente duro y me lo encuentro, luego, desmayado afuera sobre la nieve? Me lo llevo a mi casa, aunque estemos peleados. ¿Ian tiene trastorno bipolar? Lo cuido yo, acá y se queda en casa, conmigo. ¿Ian, en pleno episodio maníaco, secuestra a mi hijo y se lo lleva a México? Lo voy a buscar y cuando lo encuentro le doy un abrazo, sin un sólo reproche. ¿Ian tiene que hospitalizarse por representar un peligro para sí o para terceros? Lo llevo hasta la puerta, lo abrazo, lloro, pregunto si puedo entrar con él. ¿Ian me abandona en una cárcel un año, visitándome sólo una vez en la que le muestro que me tatué su nombre mal escrito en el pecho, para luego no volver a verme más? Me escapo y lo primero que hago es ir a buscarlo. ¿Ian me ilusiona con escaparse a México conmigo y vivir felices para siempre para luego arrepentirse en la frontera y dejarme ir? Lo beso y me voy sin él, porque eso es lo que quiere. ¿Me entero que Ian está en la misma cárcel que yo? Delato al cartel narco para el que estaba trabajando y arriesgo mi vida con tal de que, al menos, me dejen compartir celda con él. ¿Se entendió?

Amar es querer tener al otro cerca, hacerle feliz. Nada más, no hay más vuelta. Mickey nunca pidió ni esperó retribuciones porque el amor trasciende, atraviesa el narcisismo, el deseo de que la otra persona me ame como yo creo que debe amarme para mi propio beneficio, como si me prestara un servicio. El amor no es equivalente ni armónico. El amor es olvidarse de uno, un estar fuera de sí, alienado, soy allí en el terreno de lo Otro.

Mickey Milkovich es la representación misma de la entrega a la pasión inexplicable y muchas veces contraproducente de querer sin miramientos.

El amor es antieconómico, dice Darío Z. No lo estoy recomendando, no lo estoy “romantizando”, lo estoy describiendo. En el momento en el que aparece la duda, en el que nos preguntamos si será justo que “demos” tanto a alguien que nos “devuelve” tan poco, ahí ya no hay amor. El amor es una locura y si algo caracteriza a la locura es la ausencia de duda. Los locos no dudan en su delirio, lo afirman como certeza, como verdad divina, como absoluta. “Te amo” es un delirio. El amor no es justo, es diametralmente opuesto al balance entre el debe y el haber del cariño, no es una transacción.

Amo a Mickey porque nos muestra el amor sin velos ni ornamentaciones. Sin galas, crudo, fiero y humano como es. Ian no es Carrie Bradshaw y Mickey no es Mr. Big, gracias a Dios. Amar es, muchas veces contra nuestros propios intereses, querer cuidar. Es una posición ética donde se sostiene al Otro, valga la redundancia, como Otro. Se lo ama en tanto Otro, en tanto inentendible. No se elige, no se evalúa, no se delibera. Es una pasión y las pasiones se sufren como se sufre una tragedia: de manera absolutamente inesperada, fortuita, impredecible, loca.

Mickey nos marca el camino: el amor (como la Patria) es el Otro.

O como él lo definiría: “You’re under my skin, man. The fuck can I do? The fuck can I do”.

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