Al parecer somos la generación que no vive en el mundo real

[Capitalismo ft Catolicismo, Ocio, Trabajo, Jesus, Cicerón, Instagram, historias, Twitter, vida real, vida virtual]

por Den Sartori (@posssmo )

Anda un poquito a la calle, disfruta el día, salí al mundo real.

A mi generación (90-2000) se le suelen achacar muchos males de la cultura contemporánea, pero de la que más me interesa hacer eco en este brevísimo ensayo es en la (falta de) escucha. En las tres frases que dan inicio a este texto, se puede dar cuenta de cierta tópica inconsciente y colectiva según la cual los sub-30 estamos como en una nebulosa, desconectados de nuestro entorno y ensimismados en nuestro propio mundo, lleno de tecnología, videos, imágenes y redes sociales, lo que para un +45, salvo excepcionales casos, es estar desconectado del mundo real.

Se nos culpa de estar, digamos, pelotudeando.

En esta relación aparentemente ingenua, de tildarnos de desinteresados, vagos o con falta de ganas por lo que nos rodea, habitan muchas cosas menos ingenuas de las que se podrían entrever a simple vista. La primera de ellas, nuestra relación con el ocio o el tiempo de ocio. Haciendo una etimología flash(era) de la palabra descubrimos que existen varias acepciones, todas con una cierta cuota de verdad: la palabra original es Otium y en un primer momento se oponía a la idea de Negotium, es decir, planteaba la cuestión en términos de intervalos o en ‘‘tiempos para’’ tal o cual cosa. Que el ocio se opone al negocio es algo harto- abido en las ideas que llevamos inoculadas bajo la égida del sentido común. Ahora bien, existe otra acepción, que es la que retoma Cicerón: ese tiempo dedicado a actividades preferidas, para quien se ha retirado de la vida activa (lo que en Roma es igual a retirarse de la vida pública/política). A menudo asociada con la “tranquilidad”, también se vincula al placer. ​ Todas éstas ideas, además de estar explicadas en Wikipedia bajo la búsqueda ‘‘Etimología de Ocio’’, se coadyuvan con la idea de tener que sacrificarse para llegar a ese momento de poder disfrutar del retiro de la vida activa. Parece, entonces, que hay que sacrificarse para llegar al puro placer sino no vale

¡BINGO!

Cristianismo y cultura sacrificial auspiciadas por Cicerón.

No hacés nunca nada, estás todo el día con el celular.

En líneas generales y explicado para quien aún hoy defiende a Cacho Castaña, el gran logro de la dupla capitalismo ft. cristianismo, fue interpretar al tiempo como una totalidad lineal infinita que sólo corre hacia adelante, lo que en el cristianismo significa que tenés que sufrir como el primer mes de gimnasio durante toda la vida (‘‘el pecado original nos condena a vivir en este valle de lágrimas que es la Tierra’’) para después disfrutar en el paraíso. En el capitalismo es lo mismo, pero cambia sufrir por trabajar y paraíso por jubilación. Según esta idea, todo lo que pasa en la tierra es medio al pedo porque todo lo bueno viene después. La lógica del burro y la zanahoria es más vieja que Jesucristo.

Otra idea que surge es la supuesta diferencia de mundo virtual y mundo real. La gran interpretación que ya hicieron muchos, pero a la que adhiero fervientemente, es la siguiente: los adolescentes, jóvenes y jóvenes adultos cuyas infancias se desarrollaron entre los 90 y los 2000 crecimos con la tecnología como correlato de nuestra vida y es muy difícil proponernos una existencia por fuera de ella. Acusarnos de abstraídos, poco inteligentes, desinteresados o descuidados es un poco una punta de lanza para reafirmar una generación que no se quiere quedar vieja por no entender los cambios que acontecen a su alrededor. Es nuestro Pergolini bardeando a Futurock cotidiano. La realidad es que nuestra generación es nativamente digital, multitasking y conectada, nuestra relación mutua está mediada por las redes, nuestra información cotidiana viene de portales web, nuestras vinculaciones sentimentales están mediadas por el intercambio a partir de pantallas, emojis, arrobas y hashtags, nuestras relaciones amorosas comienzan en un chat de Facebook, nuestras reuniones con amigos se organizan en un grupo de Whatsapp, nuestras posiciones políticas están en nuestra descripción de Twitter y toda la carne al asador, filtros a montones mediante, la ponemos en Instagram.

Construimos relatos de nosotros mismos y de nuestro entorno, armamos las historias y entendemos al mundo a partir de un código que tiene mucho más que ver con el lenguaje y no tanto con cómo sean o sucedan efectivamente las cosas. Qué es lo que cuento, cómo lo cuento, qué digo, qué no digo, qué muestro y qué escondo. Seguimos teniendo secretos, miedos, angustias y desilusiones, pero no las mostramos, como hacían nuestros abuelos con sus hijos, y nuestros padres con nosotros. Nos mostramos cotidianamente a partir de una cronología incesante de datos que van y vienen a una nube que no es blanca ni está en el cielo, pero que sostenemos como Imagen Pública. Construimos ficciones, aceptamos mentiras, defendemos aquellas causas de las cuáles podemos hacernos cargo. No hay más realidad virtual y realidad real. Hay realidad y hay relatos que la cuentan. Estamos en esa, no sé si está bien o mal, pero es lo que hay.

-Pero, ¿y la escucha, maestrx?

-¡Awantá, ansiosx!

-Se meten en su mundo y de ahí no los sacás. Viven en una burbuja.

Hay un punto de conexión entre ambos mundos, el del ocio y los relatos, que tiene que ver con la escucha. Hay una escucha activa, que tiene que ver con la mirada, el silencio, la gestualidad comprensiva y el involucramiento en el relato del otro. También hay una escucha pasiva: esa que nos encuentra cumpliendo órdenes, contestando preguntas y respondiendo sin mucha vacilación. La escucha para la comprensión difiere mucho de la escucha para la respuesta. Quizás ahí tengamos un problema, pero todos, no sólo los sub-30.

Una de las cosas que más profundo me caló a la hora de hacer una revisión personal en relación a la escucha y la importancia que le daba en mi vida, tuvo que ver en primera medida con mi terapia, la situación propia del análisis, la posición que uno toma respecto de sí mismo y la manera en que se hace cargo de lo que está diciendo (y no) y lo que está escuchando (o no); pero también hubo lugar al replanteo a partir de los talleres literarios en los que participé y, de modo más general, con cualquier situación grupal en la que me haya tocado estar. La primera situación tiene que ver con la posición netamente individual, cuándo nos mentimos, de qué manera nos pensamos, cómo nos relacionamos según la imagen que tenemos de nosotros mismos, qué culpa estamos sosteniendo y por qué, qué lugar le damos a nuestro propio deseo (el común y el psicoanalítico, que no son el mismo) en el armado general de nuestra vida. La segunda, en cambio, tiene que ver absolutamente con la apertura al lugar del Otro. Que el Otro pueda decir, hablar, desdecirse, sincerarse, equivocarse, contar, mentir y enojarse tiene más que ver con el lugar de quien escucha, que con el de quien habla. El que habla, tarde o temprano es tomado por el lenguaje y es ese mismo lenguaje el que se va a encargar de ‘‘traicionarlo’’ o ponerlo en su lugar. El tema es que para que alguien hable tiene que haber, necesariamente, otro que escuche, y en la mayoría de los casos en los que me vi hablando con un otro totalmente ajeno a mí, me di cuenta que atrás de toda esa maraña de palabras que solemos decir, solamente está alguien que quiere ser escuchado.

Acá no hay distinción generacional que valga: todo aquel que habla, habla para ser escuchado.

Como toda demanda, la escucha es una demanda de amor.

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