por Lucio M. Flores (@sandiaconqueso)

Probablemente, si tenés una creencia, alguien ya se haya burlado de ella. Esto no parece ser tan grave si pertenecés al Club de Amigos Imaginarios del Papa Francisco, y de repente viene un ñoño diciéndote que cree en un monstruo volador hecho de tallarines con tuco. Mal que mal, el cristianismo aprendió a ser un poco más tolerante que sus vecinos.

La burla más certera es la que se dirige hacia lo que en apariencia es eterno o indestructible. Como la religión. O los íconos revolucionarios. O los superhéroes.

Siempre me acuerdo de una frase que leí en una revista una vez: “el hecho de que el superhéroe siempre triunfante sea un fenómeno tan exitoso, es síntoma de una sociedad con terror al fracaso”.

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Erigir un ídolo es todo un proceso cultural. Casi que estamos esperando que se muera algún banana para enaltecerlo como un dios pagano. A veces, adoramos a un tipo que está vivo y el tipo se aprovecha y se fabrica un aura de misterio, que se pincharía tan pronto lo pillemos con los calzones por la rodilla y sentado en el caquero.

Desnudar al ídolo, volverlo mundano, aburrido y hasta torpe es una de mis perversiones preferidas del arte. Lo hizo Joyce cuando transfirió las cualidades de un héroe épico griego en un judío irlandés mediopelo, sensible, cornudo y un poco pervertido. Lo hizo también Mike Myers, cuando en vez de encarnar al sofisticado detective americano, le añadió acento inglés, dientes torcidos, pelo en el pecho y un groove irresistible para las damas, digamos. ae2a76cb5559b8a6a06333ce7378e237 En ese palo tenemos a Greg Guillemin. Él se lo toma con humor. No es demoledor, ni cínico. Probablemente Superman pueda venir a salvarnos, pero va a necesitar afeitarse primero. Porque no es boludo, y sabe que va a haber cámaras cuando llegue.

Ése podría ser el eje para entender a este artista, aunque probablemente no haya que hacer mucho esfuerzo. Usando las técnicas gráficas del cómic, Greg Guillemin dibuja a los héroes en situaciones cotidianas como reventarse un grano, y en situaciones un poco más bizarras como Chewbacca al lado de una crema depiladora Veet o Batman y Robin en un apasionado beso francés. Todos sus cuadros están ligeramente fuera de foco, jamás captando al personaje a cuerpo completo sino apenas partes claves de su vestuario, su fisonomía y lo que hace.

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Pero mientras Robin y Chewbacca no existen en la vida real, y por lo tanto no tiene que preocuparnos que mañana o pasado sean los cabecillas de un movimiento político, Greg le da un giro provocador al dibujar al Che o a Mahatma Gandhi.

Así, el líder pacifista indio aparecerá un poco angustiado por lo que parece una notificación en Facebook dibujada en la frente, mientras que el Che disfrutará con placer de (ay, qué inesperado) una fresca lata de Coca Cola.

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Ahora bien, no creo que lo de Greg se trate de mero arte decorativo aunque sin duda es vistoso y bien digerible como puede serlo cualquier cómic a color. Tampoco creo que sea sólo un juego.

Hablando de frases que recuerdo cada tanto, Umberto Eco tiró una vez un caño semiológico: “cuando quiero leer algo tranqui, leo ensayos medievales. Cuando quiero leer algo serio, leo el Corto Maltese“. Y el vulgo quedó como “¡wow! qué tipo profundo“.

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¿Qué significa esto? La batalla es cultural y discursiva. Con los discursos, la afrenta se actualiza a cada minuto. Y hoy, todavía más. Por eso, como dice el dottore Eco, puede tener más vigencia (y por ende, importancia) el mensaje de un cómic que el de un ensayo medieval. Que algo invite al pueblo a “tomar conciencia” parece ser la solución mágica para todos nuestros quilombos, desde el micromachismo hasta el deshielo polar.

Pensándolo así, el gran héroe es quien da el ejemplo de una moral pura y fuera de toda cuestión. Y no son los héroes yanquis, precisamente. Batman cayó en la sospecha de ser nada más que un tipo con mucha plata.

Los líderes son líderes por algo. Y ojo, no hay que meterse con el Che o Gandhi, porque sus luchas son sagradas. Y nadie quiere ser un facho, sobre que ya se es un pilincho sin talento que jamás lograría una revolución aunque se atara los huevos a un cóctel molotov.Greg-Guillemin-The-secret-life-of-heroes-BatDilemma

Greg Guillemin sugiere que humanizar a esos ídolos, que parecen tan puros, es también una operación lógica que corresponde al arte. Y es algo que se adapta bien a la viñeta gráfica, con su brevedad y su claridad contundente.

Poner al activista en guardia contra su propio guía, es traerlo un poco a la realidad: nadie es perfecto. La revolución es una cuestión de voluntad, y ahí está lo lindo, porque nunca se da naturalmente. Gandhi será todo lo revolucionario que vos quieras, pero nada te impide pensar que también puede estar esperando que la Madre Teresa le dé un me gusta a su foto de perfil.

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