Autor: Gonzalo Zanini

 

Mi ojo derecho se enrojece todo el tiempo. Es el ojo más pelotudo, el menos atractivo. Mi ojo derecho se enrojece todo el tiempo, repito, y quisiera repetirlo muchas veces, para que me escuche, ahora que está adentro mío y todavía no se murió.

Entiendo que la presente situación no debe ocupar muchas palabras. Un amigo me sugirió que escribiera un cuento para una revista digital de la que está participando. Que me dedique a escribir. Que él arreglaría todo. Me gustaría que se tomara las cosas con gracia y que no se preocupe tanto.

El tema es que darle protagonismo a mi ojo derecho puede desviar la atención y correr el riesgo de no valorar ciertas cuestiones más importantes. Pero tampoco es que merezca más atención que mi ojo derecho.

No es nada fuera de otro mundo, es un ojo común y corriente, para nada original. Sí tiene problemas de salud, que podían derivarse a problemas más abstractas y tontos y difíciles de ubicar por ser abstractos y tontos. Calculo que si llegó a los últimos tramos de su vida es porque pasan muchas cosas por mi ojo derecho. Las suficientes como para catalogarlo de moribundo. Ejemplo fugaz: por mi ojo pasan partículas de luz que parecen perder cadencia y deteriorarse. Es como si de repente los colores y las luces me dijeran que gozan tranquilamente de una fecha de caducidad similar al de una lata de arvejas.

También es un órgano muy sensible. Hasta el punto de ser un inoperante para cumplir responsabilidades básicas. No sirve para nada: todo le afecta visualmente. El esmog que sale de los caños de escape de los colectivos de línea. El humo de nicotina de los transeúntes adictos. El pelo verde fluorescente de una chica en un cuarto mal iluminado y ruidoso. El cálido y hediondo aliento de mi tío cuando me encuentra jugando con su hija y me grita. Todas esas sustancias son conducidas por el viento y las direcciona hacia mi cara. Y mi ojo derecho reacciona como enojado. Las pequeñas arterias y venas empiezan a ramificarse cerca del iris y copan con su presencia roja la blancura del ojo. No puedo imaginar una combinación más clara de irritación.

Mi amigo puede que esté esperando otra cosa en estos párrafos. Prefiero aclarárselo: me parece muy pelotudo hacer una lista de lo que podría llegar a hacer en los días previos a que mi ojo derecho se termine muriendo. Improvisar de manera estúpida y falsa una especie de lista de compras en la que La leche, El Pack Económico de café Dolca, El kilo de manzanas y Un paquete de galletas Diversión sean sustituidos por Un patético atardecer hollywoodense desde la ventana que da a mí cama, Caminar por algún bosque otoñal, Ver una película proyectada en un cine antiguo con olor a humedad y Leer un libro de más de mil páginas. La lista cambiaría el sentido alarmante de mi situación. Como si el hecho de perder un ojo por una causa orgánica pudiera ser comparado con la necesidad cotidiana de ir de compras para abastecer el estómago humano y la heladera del departamento.

Aunque mi situación no es tan trágica como pretenden demostrar todas estas palabras. No es trágica porque ya tiene solución. Sí quizás aclarar que los días que paso con un ojo que decide abandonar la autoridad del cerebro que exige que todo se mantenga vivo provoca una sensación de mierda.

Por eso si las cosas están así de mal con mi ojo derecho, si prácticamente al perder el ojo voy a perder un gran porcentaje de material visual que tengo al frente todos los días, entonces puedo tomar cualquier tipo de decisión.

Llamar a mi amigo. Juntarnos a tomar algo. Pedirle que proceda a envenenar mi taza de café de Starbucks. Después caminar hasta el Parque Sarmiento. Caminar hasta perder la monstruosidad de los edificios. Sentarme solo, en algún banquito pedorro de por ahí. Dejar que todo pase. Podría repetir esto, para incorporarlo bien. Ir al Starbucks del Buen Pastor, procesar la conversación con un poco de superficialidad, ver cómo el contenido arenoso es introducido en el vaso de papel-cartón, y después no sentir nada más que el viento que se amontona a medida que voy avanzando hacia el parque. Y que el viento sea lo último que termine sintiendo cuando se me apague todo el sistema.

Supongo que lo voy hacer. Estoy decidido. Por primera vez. Entiendan que mi ojo derecho es enquilombado. Mi oftalmólogo dice que es el ojo más débil, el ojo que menos capacidad tiene para ver y que por lo tanto intenta, hace el esfuerzo de funcionar correctamente, como lo hace el ojo izquierdo, que sería como el vencedor de esta batalla de percepción visual.

Ahí hay algo bastante fantasioso. Los dos ojos de mi cara peleando. Suena tan patético. De todas las disputas que traté de zafarme, las peleas familiares de mis viejos arruinando el cumpleaños de mi hermano menor dejando como único sonido el ronroneo del motor del pelotero. O las puteadas amorosas cuyas acusaciones hacia mi persona incluían un dedo firme que subrayaba en carne las situaciones que mi interlocutor con sus palabras evocaba y que mi memoria no registraba. Entre toda esa maraña de conflictos, jamás pensé que algo tan adentro de mi organismo pudiera provocar un problema tan personal y difícil de rechazar.

No había forma de que mi cerebro autoritario, actuando muchas veces con desinterés, me avisara sobre el conflicto que llevaban estos dos órganos desde hace años. Podrían ser tantas las causas. Es decir, la culpa es mía, la pelea desquiciada de mis ojos no ocurre en Plutón. Sino en mi cuerpo. Tendría que estar padeciendo algún tipo de ceguera para no darme cuenta de la bronca que se tienen estos dos. Aunque realmente pueden ser muchas las causas que vuelven antagónicos a mi ojo derecho y a mi ojo izquierdo. Y creo que puedo enumerarlas, esta vez sí (aunque sigo teniendo la sensación de que debería estar enumerando o enlistando otra cosa):

1_ Cuando trato de encontrar el final de la extensión de los edificios en los puntos panorámicos de la ciudad. Surge ahí la competición entre mis ojos por ver quien alcanza con su visión el edificio más alejado.

2_ El embole que ambos sienten por el humo de fumadores sobre cuyas actitudes tóxicas nunca hago nada al respecto por cagón.

3_ Las veces que cubro mis ojos para taparlos de los rayos del sol. Con la carencia de que mis manos inoperantes permiten que por mis dedos se cuelen ciertos fragmentos de luz y se direccionen inevitablemente hacia mi ojo derecho.

4_ La vida visualmente patética que le presento a mis ojos todos los días. La misma parada de colectivo. El mismo dolor en el codo cuando extiendo el brazo para aboyarle la cara a mi hermano. Las mismas conversaciones sin sentido acumuladas en el celular. Esas cosas.

Más bien, una lista más práctica (en vez de una lista de posibles causas que terminan matando a mi ojo derecho) sería una lista de instrucciones incorporada en el cuento para que el cometido propuesto anteriormente se cumpla.

Una lista de instrucciones, así de práctica. Mi amigo debería considerar esas instrucciones antes, durante y después del proceso de envenenamiento. Por lo tanto debería leer el cuento en Starbucks. Quizás la primera instrucción fuese que 1) No importa la autoría del cuento. Y que pueda 2) Encontrarle algún título. También que 3) Me interprete tomando todo con gracia sin preocuparse ni exagerar, y que pueda 4) Cambiar este final porque realmente no tengo un final muy sorprendente.

Entre muchas otras consideraciones más, supongo.


 

Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.