La casa de papel: donde el machismo vive

por Jero Maina

Cualquier producto audiovisual puede ser analizado a través de los esquemas de género que propone / reproduce / problematiza. En La Casa de Papel esta lectura es intencionalmente buscada por parte de los creadores. Alusiones directas a estereotipos, luchas y realidades de género aparecen en la boca de distintos personajes a lo largo de la serie, siendo el punto cúlmine la sentencia que inmortalizó Alba Flores desde el papel de Nairobi: “Empieza el Matriarcado”.

¿Qué sentidos crea la serie de habla no inglesa más vista en Netflix en relación al género? ¿Son consistentes sus mensajes, se contradicen? Si bien a una primera lectura la tira parece ser progresista en varios aspectos (construye personajes femeninos fuertes como los de Nairobi y Tokio, expone lo difícil que es para Raquel ser mujer en el cuerpo de policías, nombra como debe los abusos que sufre Ariadna por parte de Berlín), lo cierto es que subyace en toda la serie un machismo profundo, que estereotipa las conductas de los personajes y reproduce esquemas obsoletos de hace tiempo.

Raquel y el Profesor: Eso que llaman amor

Raquel Murillo, la inspectora al mando de la investigación, es presentada como una mujer que ha alcanzado el mayor puesto en su profesión. Está atravesando una situación difícil al haber interpuesto una orden de alejamiento a su ex-marido, se encarga por sí sola de criar a su hija y de cuidar a su madre que sufre de alzheimer. Raquel es una mujer que ha logrado sobrepasar el estereotipo de “lo femenino”. En un cuerpo de policías integrado casi exclusivamente por hombres, se pone la investigación al hombro y le frena el carro hasta al jefe de Inteligencia cada vez que quiere correrla mediante comentarios alusivos a su vida personal. Soporta las preguntas como “¿qué lleva puesto?” y “¿cómo fue su primer orgasmo?” en las charlas telefónicas con el misterioso secuestrador. Mantiene el profesionalismo y la entereza a pesar de todo. Es un personaje prometedor.

Y a la primera de cambio se enamora y echa todo por la borda.

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Raquel se enamora del Profesor (sin saber quién es el, claro) y a partir de acá se cuece una trama que la deja cada vez más a ella como una mujer ingenua a quien el enamoramiento enceguece, y a él como un hombre hábil, calculador y racional.

A Raquel la llamaron por ser la persona más competente para el caso. Tiene trayectoria, tiene experiencia. Ha logrado trascender los prejuicios con los que todavía deben cargar las mujeres en el ámbito profesional. Y, sin embargo, su enamoramiento (que promete llenar el “vacío” de su separación) puede más que todo lo otro. Su “condición de mujer” es más fuerte.

Y ojo que el Profesor también esgrime, una vez descubierto, que se ha enamorado de ella, que no era algo planeado, que eso ha desestabilizado su estafa maestra a la Casa de la Moneda. Y este es el punto crucial donde la serie hace agua: Raquel le cree, la serie también. El Profesor es el “malo” bueno de la película, el Robin Hood, un hombre encrucijado entre el crimen, el amor, y la lealtad por su padre muerto.

La serie termina poniendo en pie de igualdad a Raquel y al Profesor, dos profesionales sumamente inteligentes a quienes haberse enamorado les hizo perder el profesionalismo. Pero su situación es radicalmente distinta. El Profesor ha engañado a Raquel, a conciencia, una, tras otra, tras otra vez. La manipuló para que ella esté de su lado, para retrasar la investigación, para obtener información. Y finalmente consiguió su cometido.

Se confunde indiscriminadamente amor y manipulación, envolviendo la historia romántica con un “final feliz” en el que ambos se encuentran como cuando se conocieron por primera vez. Mientras el plan del Profesor triunfó, Raquel fue echada de la investigación, desprestigiada ante la opinión pública y apartada de su hija. Pero está feliz.

Porque está enamorada.

 Nairobi y Berlín: Empieza el Matriarcado

La única frase dicha a cámara en toda la serie, con la firmeza y contundencia de Alba Flores y la intriga que supone el final del episodio, se viralizó en todas las redes, se imprimió en remeras, inspiró notas sobre cómo había sido filmada y hasta fue usado por la misma actriz en Twitter para el #8M.

Reconstruyamos la historia: T2 E3 (Netflix). A Berlín se le están yendo las cosas de control después de sacar a Tokio por decisión propia y enfrentarse a o. El clima es tenso ante la ausencia de llamadas del Profesor. Nairobi enfrenta a Berlín, a lo que él responde que sus comentarios no van a servir de nada. “Esto es un patriarcado”, le escupe en la cara, agregando que es él el que manda, y marchándose con un “¿qué coño te pasa, se te ha sincronizado la regla con Tokio?”.

Sabemos que Nairobi (junto con Tokio, las únicas mujeres en el grupo de atracadores y dos de los personajes más fuertes de la historia) no va a quedarse callada. Al final del capítulo, cuando finalmente reciben la llamada, Nairobi le da un golpe en la cabeza a Berlín y toma el teléfono, para comunicarle al Profesor que ahora es ella quien está al mando, mirar a cámara, y sentenciar que el matriarcado ha comenzado.

El problema es que matriarcado y patriarcado se ponen en pie de igualdad, como un par de conceptos perfectamente opuestos (sí/no – blanco/negro). Como si la ausencia de uno significara necesariamente la presencia del otro. El patriarcado es un sistema fuertemente arraigado en nuestra sociedad, demasiado complejo y sofisticado como para que desaparezca mágicamente apenas una mujer toma el mando. Recuerda a la oposición que algunos intentan instalar entre machismo y feminismo (o “hembrismo”, en el mejor de los casos), reproduciendo una visión dicotómica de la realidad, que opone categóricamente a hombres y mujeres e invisibiliza la superioridad estructural de los primeros.

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Está bien. Puede ser una frase ingeniosa, que condensa un sentimiento colectivo del momento histórico en el que estamos, que quizá no deberíamos sobreanalizar por el simple amor al sobre-análisis. Pero ya es difícil no hacerlo cuando, dos capítulos después, el matriarcado cae de golpe y Nairobi acepta, cual niña que descubre que su padre tenía razón, la vuelta al mando de Berlín. Nairobi, mujer fuerte y determinada, asegura, vencida, ante los rehenes que han intentado escapar: “soy buena. He sido buena (…) He intentado daros oxígeno, y vosotros me habéis dado por culo”. Su condición de mujer (empática, emocional) la ha vencido. Vuelve Berlín, vuelve el orden, vuelve la razón por sobre la emoción. Vuelve el Patriarcado.

Para concluir, en el último episodio, cuando Berlín decide sacrificarse para resguardar a sus compañeros en un acto heroico, le dice a Nairobi: “Tú y yo quedamos en que yo era un machista. Las mujeres y las maricas primero”. Ha sido (y es) un camino largo demostrar que la caballerosidad se sustenta en la creencia (machista) de que la mujer es más débil que el hombre, y por lo tanto debe ser protegida por él. Nairobi se va gritándole que lo odia, pero no desde el enojo sino desde la angustia y la desesperación. Lamentará la muerte de su compañero porque, a pesar de todo, los unía el afecto. Con esta línea, Berlín se consagra como el héroe de la serie y produce una revalorización del caballero (autodenominado machista) que es leal, le pone el pecho a las balas, piensa con una racionalidad incorruptible y, cuando las papas queman, es capaz de entregar hasta su propia vida.

Para el final de la serie, el Profesor y Berlín son héroes caracterizados por su coraje, su valentía y su inteligencia racional extrema. Si bien ambos tienen momentos en donde aflora la emoción, esta nunca consigue amenazar sus planes. Nairobi y Raquel, por su parte, son también mujeres fuertes, inteligentes y determinadas. Pero en un punto de la serie las desestabiliza y vence el accionar desde la emoción. La “sensibilidad femenina”, quizá. Tokio es, hacia al final, el único personaje que verdaderamente le hace honor al género.

Por lo demás, el tratamiento que hace la serie sobre el aborto, a través de la historia de Mónica, merece un análisis que La Primera Piedra ha hecho con precisión y profundidad

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