La esfera maldita

por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

-Me alegra ver que has vuelto, Leo.
-Nunca me fui.
(Pep Guardiola y Lionel Messi, Vuelta de Semifinal de la Champions League)

No soy el primero ni el último que va a escribir de fútbol. Ya lo hacen con muchísima infelicidad los periodistas deportivos semana tras semana. Tampoco, creo, voy a decir nada nuevo ni nada que pretenda ser de validez universal. Es mi intención simplemente detallar un terreno escabroso en las discusiones futbolísticas y del deporte en general: la polémica entre jugar bien y jugar lindo.

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Hablar de fútbol en Argentina es complicado porque todo el mundo es un experto, teórico de sillón, tirapostas del teclado. La consigna “ERA POR ABAJO, PALACIO no es sino una marea de desagrado teórico-práctico de un pueblo ilusionado y sabedor –que, claro, no sabe hasta dónde desconoce todo lo que le pasó por la cabeza a Palacio en ese momento-. Por lo dicho, voy a hablar menos de fútbol que de arte. Ahí te quiero ver.

Pero volvamos. Dije que quiero zanjar la discusión fundamental del deporte en tres páginas, la distinción entre belleza y efectividad. Los términos en lo que voy a exponer lo que pienso son simplísimos; el fanatismo y la ignorancia –en el fondo primos hermanos- han llevado a difuminar un límite claramente trazado a principios de siglo pasado.

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Voy a considerar al fútbol como deporte y no como actividad filosófica (al modo existencialista de “jugamos para hacer tolerable la existencia”), sólo porque me interesa que me lean. Además, voy a tratar de evitar lo máximo posible su carácter de espectáculo ya que me obligaría a introducir ciertos conceptos económicos, además de una lógica de público/obra que no me interesa analizar de momento. En cuanto deporte, lo considero en sus objetivos, modos y reglas. A ver: hay que meter la pelota dentro de los tres palos blancos, dos verticales y uno horizontal, jugando dentro de las líneas marcadas de cal, sin usar las manos, etc. Lo que sabemos, lo que mamamos.

Kant dividía al hombre y la vida humana en tres esferas interrelacionadas pero diferenciables: la ética, la estética y la cognitiva. Muy bien, vamos a tomar su forma y dividir al fútbol en dos esferas por nuestra cuenta: la estética y la funcional. El problema es que la primera está dentro de la segunda. Y acá empieza la discusión (comodísima por demás si pensamos que en realidad yo estoy discutiendo sólo y ustedes discuten con una página de internet): no tiene sentido un fútbol estético por fuera de la funcionalidad.

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Jugar bien al fútbol es tratar de hacer más goles que el rival, sufriendo la menor cantidad de situaciones de gol en contra y provocando la mayor cantidad de situaciones a favor, dependiendo lo mínimo posible de la suerte y del arquero. TODOS los equipos, sin ninguna excepción posible a no ser que en el medio se meta el amaño de partidos, TODOS quieren jugar bien al fútbol. Lo que confunde el asunto es la aparición de grandes equipos históricos que, además de ser increíblemente efectivos, producen placer estético. Entonces los fanáticos automáticamente confunden las causas a los efectos, los modos a los hechos, los fines a los medios.

Un ejemplo crítico de lo que quiero decir sucedió durante la estadía de Martino en Barcelona. El técnico proponía un ligero ajuste en el juego del Barcelona, teniendo algo menos la pelota que lo que la tenía el equipo en los últimos años, ya que consideraba que ese juego se estaba agotando; sea por pericia de los rivales, por fatiga propia. El sábado 21 de septiembre de 2013 el Barcelona aplastó de visitante al Rayo Vallecano en Madrid, ganándole por 4 a 0. Las tapas de los diarios, lejos de reflejar una victoria de rutina con floreo de los cracks, criticaba al equipo por haber perdido la posesión de balón contra el rival. Por haber tenido alrededor de un minuto menos la pelota que el Rayo Vallecano, los diarios hablaban de un equipo “sin esencia” –oh, pero qué devotos de la metafísica los diarios deportivos españoles-, del fin de una era –quizás sí, el fin de perder partidos por intentar ser lo que ya no se era-, de la pérdida de identidad. Es casi como si dijeran “Oh, ese equipo que no se sabe cuál es ha destrozado en su cancha al enemigo, pero que calamidad tan espantosa”. Claro ejemplo de confusión de medios y fines. Guardiola no impuso su sistema hiper-estético porque pensase que los videos de sus partidos iban a terminar en un museo –como deberían- sino porque pensaba que así iba a ganar la mayoría de los partidos contra la mayoría de los rivales. No tengan dudas que la estética del Barcelona está subordinada a la funcionalidad. A Martino se lo comió el Monstruo de las Épocas Doradas, quiso hacer demasiado pronto lo que está haciendo Luis Enrique ahora: cambiar en pos de la funcionalidad.

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Todos los equipos intentan jugar bien. Los equipos que juegan con cinco defensores y tirando pelotazos al nueve, quieren ganar de la misma forma que los que juegan con siete mediocampistas emborrachando a la pelota de tanto vaivén. Por supuesto, no todos los equipos lo logran, en ambas perspectivas. Belgrano, hoy, hace un juego perfecto en la funcionalidad y cada vez más vistoso en la estética, pero esto último se debe sin duda a que lo considera el modo idóneo de incrementar la efectividad. Para el Brasil del ´70 la manera de jugar bien (resumiendo: dominar y vencer) era atacar desmesuradamente desprotegiéndose en defensa. Eran conscientes de que, golpe por golpe, ningún rival podía hacerles frente. Para la Grecia campeona de la Eurocopa del 2004, equipo tildado de mezquino, jugar bien era no recibir jamás goles, y aprovechar lo poco que se tenía para hacer uno.

No siempre que se juega bien se gana. El objetivo, mal que nos pese, siempre es ganar. La esfera funcional apunta a la consecución del triunfo. Nadie juega a nada para perder, menos a nivel profesional. La diferencia está en que ganar jugando mal resulta una casualidad, porque jugar mal es precisamente haber sido dominado, haber dependido de la suerte. Cuando un equipo juega bien, sea la concepción que sea, es altamente posible que gane, porque habrá impuesto su modo a un rival que pasará a no depender de sí mismo.

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¿No quedó claro? Habrá que explicitar: jugar bien no es necesariamente jugar lindo. El enganche que juega parado tirando caños y participando tres veces por partido podrá hacer el juego más hermoso del mundo, pero no le sirve a nadie. No juega funcionalmente bien, juega estéticamente bien. El dos que juega a destrozar tibias sin que lo expulsen, metamorfoseando en su cabeza a la pelota en una amenaza que debe ahuyentar, será seguramente un jugador horrible de ver, pero será también un jugador altamente efectivo. No es estético, es funcional.

Jugar lindo es uno de los modos, el que más me (¿nos?) gusta pero no el único, de jugar bien. Se confunde el qué con el cómo. El objetivo con el medio. Porque podemos discutir todo el día la consigna maquiavélica del fin que justifica los medios, pero estaremos de acuerdo –a menos que nos ciegue el fanatismo o la tibieza- en que el medio por sí no justifica los finales (un equipo con 90 por ciento de posesión de balón que pierde todos los partidos por goleada puede llegar a ser un buen grupo de artistas, performers o malabaristas – pero estamos seguros de que no será un buen equipo de fútbol).

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Por jugadores como Aimar, Riquelme, Maradona, Romagnoli, etc. hay en Argentina un amor fanático al enganche. Nadie se detiene un segundo a pensar la tremenda efectividad de esos jugadores, sólo se concentran en lo periférico, en el caño, en el amague en la línea, en un beso a la pelota antes de patear un tiro libre ángulo. ¡Y cómo criticar el amor de un pueblo criado en el odio, cómo refutar la sed estética de una gota de arte en cualquiera de sus formas, cómo no decir que lo más significativo de un tipo que trabaja de ser amado por lo que hace es retribuir el amor con arte! ¿O acaso no me emociona ver que Mancuello hace un gol olímpico y la gente, en vez de gritarlo, lo aplaude? Son jugadores que tienen conciencia de todo. En especial, tienen conciencia del rival. Se equivoca Pagani: jugar bien al fútbol no es todo lo que hace Riquelme, si así fuera todos los jugadores serían Riquelme, ya que nadie juega mal a propósito. Él hace de jugar bien un espectáculo, es expresión lanzada a favor del objetivo. Juega bien y, sobre eso, juega hermoso. Por eso es Riquelme.

El arte y la belleza evidentemente no agotan lo posible del fútbol, pero sin duda lo justifican.

***

P.D. a quién sea:

“El hombre es una bestia triste a quien sólo los prodigios conseguirán emocionar. O las carnicerías.” Así dijo Arlt. Así es el fútbol. Un péndulo hermoso y terrible. Una adorable convivencia monstruosa de prodigios y carniceros.

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