La Facultad y los hippies

[Hippies. Costa Oeste. Viajes. Yuppies. 1960. 1990. Manu Chao. Mano Negra. Clandestino. Universidad de la calle]

por Abril Fernández

Estudio una carrera universitaria porque soy porfiada y no quiero dejar algo así sin terminar. No he sido precisamente una alumna constante. Todavía tengo que rendir algunas materias y mi conocimiento académico se vuelve disperso e intenso a la vez. Algo que normalmente se estudia con rapidez a mí me puede retumbar durante días. Y a veces, un renglón o dos se juntan con un posteo de feis y se me aparecen fenómenos. Ahora por ejemplo estoy conviviendo con uno y tengo que anotarlo. Es migratorio, latino, contrahegemónico y desordenado. Un fenómeno que en el barrio se conoce con el nombre científico de “los hippies”.

¡¿Quiénes son?!

Como en muchos otros países del mundo entero, aunque con varias particularidades en el caso de América Latina, tuvimos períodos de intenso debate social que intentaron resolverse mediante una vieja técnica: señalar a un grupo X como responsable de todos los males y proceder a su eliminación física. Cuarenta y pico de años, las noticias, la globalización (?) y un montón de cosas pasaron desde el último de estos períodos. Pero en nuestra región quedaron por todas partes los pedacitos tirados de lo que se intentaba borrar.

Para señalar estos restos significantes de una cultura, un saber, una cierta manera de ver la realidad, quedó una palabra, “hippie”, aparentemente neutral pero que se usa con cierta carga de desprecio. Es evidente que cualquier cosa haya ocurrido por acá, desde los años setenta en adelante, no es más que una versión folclórica de un movimiento que ni siquiera en su país de origen conservó la fuerza y la dirección que prometía. Para decirlo fácil, los hippies de acá nunca fueron exactamente los hippies de la Costa Oeste, y los de allá tampoco fueron, después de todo, verdaderos hippies [1].

Es la era de Acuario

Por supuesto que entre aquellos tiempos y los de ahora ocurrió algo muy gótico, vaporwave y flúor: los ochentas. Esa no fue una década próspera para casi nadie, salvo para quienes apostaban al crecimiento de grandes ciudades, a la cultura financiera empresarial como último escalón evolutivo, al amor por los chiches tecnológicos y al progreso como Dios manda. El resto de los mortales optó por bailar desenfrenadamente, adaptarse a la modernidad y dejar que la ciencia y la razón occidental hicieran lo suyo. Cualquier sistema de pensamiento alternativo había sido declarado inútil.

Ser hippie quedó, en los ochentas, como algo muy pasado de moda, obsoleto, pero también como representativo de una época trunca, de finales difusos, oscuros.

Honestamente, creo que Manu Chao, de nacionalidad francesa y padre español, fue quien volvió a dignificar (o popularizar) el jipismo en América Latina. Mientras él abría la puerta con Mano Negra, se colaban los rastas y de a poco el rock latino iba destilando lo suyo, probando otros espacios. Hubo algo en la cabeza de Manu, en su forma de tejer su experiencia en Mano Negra con su carrera solista, en los ritmos que fue incorporando, en su construcción como personaje nómade que se volvió viral. Su disco Clandestino es casi una enciclopedia de las propuestas marginales que las bandas punk, sónicas, candomberas y latinas habían abrazado en los noventas. 

La universidad de la calle

Como habitante de una ciudad que podría llamarse polo universitario y como joven que empezaba a pulular por calles y pasillos de facultades cuando Manu Chao estaba de moda, empecé a notar la gran cantidad de chiques que no lograban adaptarse a esta enseñanza superior. Chiques de acá, del interior, con plata, sin plata. Muchos amigos y amigas se cuestionaban este saber sagrado que lleva algo así como cuatrocientos años intentando implantarse en esta ciudad. Mejor dicho, implantado como el objetivo más noble y superior que un ser humano puede alcanzar: el título universitario.

En algún momento entre 1918 y los dosmiles la facultad terminó muy separada de los intereses y necesidades de la juventud. Para cualquier estudiante con dudas o ideas diferentes hoy es más fácil encontrar contención en un bar que en un aula. Así, muchas personas que conozco cambiaron los sacrificios que la vida universitaria exige por los que la sabiduría popular demanda. “Me dijeron que Humahuaca está bueno”. “Voy hasta el salar de Uyuni”. “Vamos a llegar hasta Cuenca”. “Ya estamos en Montañita”. Como en una progresión adictiva, esta gente junta unos pesos y se va gracias a la referencia de otres que ya viajaron y conocen bien (sin guía turística), con los recaudos necesarios (sin obras sociales de excelencia), para ensayar una independencia distinta (sin hashtags).   

Las ciudades suelen producir ese desencanto en ciertas personas, que suelen encontrarse con límites para moverse o para vivir plenamente sus deseos. A veces una ciudad puede ser muy grande y aún así no tener ni un lugarcito como el que se busca. O puede volverse una escena tan repetida que empieza a causar angustia. Pero en el fondo, para mí, lo que pasa es hay quienes se cansan de hacer siempre las mismas preguntas y de escuchar siempre el mismo tipo de respuestas. Y entonces algún rumor de lugares donde las respuestas son diferentes (o donde esas preguntas ya no tienen mucho sentido) empieza a seducir. Hacer ciertas rutas por esta parte del continente, recorrerlo  en dirección Norte o Sur, Este u Oeste, suele ser la cura para jóvenes que no aceptan tan fácilmente la propuesta extorsiva del progreso. A veces logran perdonar a la ciudad y regresan con ideas para habitarla distinto, a veces la búsqueda se vuelve la manera de vivir. 

Con la lentitud que me caracteriza, tardé mucho tiempo en unir todos estos elementos. Hippies, renegades, que viven de la música o del arte o del deporte, que dejaron la facu, que dejaron y retomaron, que viajan y vuelven, que no vuelven más. Son un montón. Algo me dice que sólo resaltan los peores ejemplares, que creen que la “universidad de la calle” es donde aprendés a dar lástima o a sentirte superior moralmente, para freeloadear al mundo entero. Que se olvidaron que estaban buscando otros saberes, y entonces se cocinan en su propia mala onda por estar fuera de un sistema que nunca les gustó mucho en primer lugar.

Pero después hay otres. Que con cada amanecer agradecen poder sobrevivir a su manera. Que dignifican el nomadismo, el pertencer a todas partes y a ninguna, tan basureado desde tanto tiempo [2]. Que en cada lugar nuevo toman nota del protocolo local, y arman paquetitos con costumbres raras que después, con algún vinito, me contarán. Que practican una diplomacia ad honorem y unas relaciones internacionales por debajo del radar. Algún día se van a organizar y van a armar la universidad de la calle. O a lo mejor ya la armaron y soy la última en enterarse.

[1] Las contraculturas existen para oponerse, criticar o rechazar a la cultura dominante; se apartan conceptualmente y a veces espacialmente de la sociedad en general; ofrecen un marco teórico donde sus participantes redefinen su propia identidad y su relación con el resto de la sociedad. A medida que ganan adherentes van abandonando su status de minoría y cobran relevancia social, aumentando su número de participantes (leído en American Countercultures: An Encyclopedia of Nonconformists, Alternative Lifestyles, and Radical Ideas in U.S. History, de Gina Reneé Misiroglu). Este crecimiento suele ser polémico ya que, a partir del siglo XX, supone que la contracultura es reabsorbida por la sociedad a la que originalmente critica, y sus fundamentos se vuelven un nicho de mercado. Más o menos lo que les pasó a los hippies originales.

[2] La bandera gitana tiene dos franjas horizontales de colores: una azul que representa el cielo, una verde que viene a ser la tierra, y una rueda de carreta al medio que representa el movimiento. Estoy tan sorpresa como todos ustedes.

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