La generación de las redes y su estética del poder

[Redes. Realidad. Ficción. Pose. Felicidad. Fama. Celebridades. Construcciones sociales. Like. Depresión. Andy Warhol. Bejamin. Aura. Posteo. Feed]

por Lara Nicolás (@laranicolas_)

Museo Moderno, Estocolmo, Suecia, 1968. Un joven Andy Warhol se encuentra exhibiendo sus obras cuando, casi sin pensarlo, lanza una frase que quedará grabada como el oráculo de lo que la revolución tecnológica de los años 90s traerá consigo: “En el futuro, todos serán famosos mundialmente por 15 minutos”. Los límites de la imaginación del artífice del arte pop, sin embargo, fueron demasiado acotados. Hoy en día, cualquiera puede incluso transmitir en vivo lo que está haciendo desde la comodidad de su casa.

Luego de la caída del muro de Berlín, el mundo entero asistió a una reorganización sin precedentes. En primer lugar, las nuevas tecnologías de la comunicación informacional permitieron por primera vez hablar de una sociedad mundial híper conectada, para la cual las fronteras pasaban a ser solo un desperfecto físico en el sueño globalizador. Lo que sucede en cualquier punto del planeta, ahora, poco tiene que ver con el territorio, y más con la construcción que desde internet se le da a hechos concretos para que puedan ser conocidos por el resto.

Ahora bien, para ser considerado parte de una sociedad es necesario cumplir con los roles y modelos que esta impone. Así, podemos hablar de una estética global que fue atrapando a todos aquellos que navegan por la red. Hablo de modas pero también de patrones fijos de consumo. Veasé, cómo mantener el feed organizado o correr a comprar cualquier prenda de segunda mano que se parezca, al menos posando para una foto, a lo que algún famoso como Kylie Jenner postee en sus redes.

Por otro lado, es cierto que toda sociedad capitalista está organizada de manera jerárquica. Esto no es distinto en el caso de la población que vive dentro de las aplicaciones. En un mundo que está constantemente sometido al flujo de imágenes, la primera ostentación de poder pasa necesariamente por lo visual. Incluso la palabra escrita al margen de una publicación queda nula de importancia si no sigue los modelos fijos.

De la misma forma que consumimos lo material, también consumimos al otro como una publicación flotante. Al mismo tiempo, nosotros mismos somos solamente objetos para quienes nos encuentren en internet.

Las primeras proyecciones que Hollywood repartió al globo convirtieron a seres humanos comunes y corrientes en objetos de consumo, y por lo tanto, de deseo. Hay casos ejemplares como las figuras de James Dean o Marylin Monroe. Para Benjamin, la respuesta a este fenómeno pasa por la necesidad de volver real para el público aquello que la técnica había despojado de toda humanidad. Más tarde fueron las revistas o las pasarelas, con sus cuerpos moldeados a la medida de las ansiedades del resto del mundo, quienes repartieron los estereotipos a cumplir. Hablamos, en este caso, de una sociedad que aún ejecutaba la función de público.

En el día a día apenas percibimos el bombardeo de imágenes como un continuo de la vida cotidiana. No es casual que incluso la manera en la que nos relacionamos con los productos audiovisuales haya cambiado. Lo que sorprende es que, aún desconectados casi por completo de eso a lo que Benjamin nombró como aura, la intencionalidad con la que nos exponemos a formar parte del flujo infinito de imágenes tiene todo que ver con la necesidad de querer exponer de manera constante un “aquí y ahora” artificial. Incluso al subir una historia mínimamente sincera sobre lo que estamos pensando o sintiendo, no hacemos más que continuar con el mito de las celebridades: el poder formar parte, al menos de manera recortada, de su existencia real.

Hace no tantos años, los medios se posicionaban como una estrategia para construir una colectividad, haciendo que los tipos más diversos de personas pudieran desear, enojarse, llorar por las mismas cosas. La ficcionalización de la vida nos convierte en protagonistas de nuestra propia telenovela o sitcom, según se prefiera. El mito de las grandes estrellas, que el cine ayudó a construir durante el siglo pasado, se vuelve una fantasía posible para todos. Aún más, cualquiera que tenga acceso a internet puede pasar a ser un influencer si aprende al pie de la letra las reglas del juego.

Nos encontramos frente a un discurso construido en base a y a partir de la estética. Es  importante cuestionar qué signos de ese discurso responden a las estrategias establecidas por el poder. Un sistema que nos quiere, en primer lugar, conformes, no dejará ni un hueco en el que podamos expresar la totalidad de la experiencia humana con sus contrastes y matices. La fantasía del “aesthetic” como una forma de marketing nos lleva a deshacernos necesariamente de todo aquello que no tenga posibilidad de ser likeado en las redes. Quiero decir, si la época histórica que nos toca vivir se rige por un continuum de imágenes, toda forma de discurso que no se encuentre navegando por la red pierde su peso real.

Somos participes de la hegemonía de lo visual. Contribuimos, incluso sin ser conscientes, a la edificación de un imaginario que ya no busca resaltar una colectividad compartida, sino que exalta la individualidad en cuanto nos convierte en estrellas de un público que, a su vez, tiene sus propios espectadores. Al ser los personajes principales de la cultura del consumo, el otro se convierte en una simple ilusión óptica sobre la que deslizar el dedo.

No sorprende entonces que incluso nuestras relaciones afectivas queden enmarcadas en el universo de las redes. Del mismo modo que antes se elegían los círculos por los cuales moverse según su posición económica y social, ahora lo hacemos por su lugar, como seguidores de la estética del poder.

Sin embargo, lo que aburre no es el desfile de cuerpos a los que aceptar o rechazar, siguiendo el espejismo del deseo según nos convenga. Lo que agobia es que todos caemos en el mismo lugar común: se vuelve agotador ver caras perfectas en una pantalla con el brillo demasiado alto. En un punto porque, al ser uno también protagonista, conoce muy bien que detrás de esas fotos existe un trabajo técnico: buscar el ángulo correcto para que tu nariz parezca chiquita y tus labios más gruesos, elegir la ropa que más se asemeje a los estándares del mercado, llenar la carpeta de fotos del celular con selfies perfectas mientras tu casa está dada vuelta.

A la vez, cansa el ser consciente de que nada tienen que ver esas imágenes con la cotidianidad. Si el cine lo logró con las estrellas fue, sobretodo, porque la sociedad era demasiado inocente frente a los cambios acelerados como para notar la técnica que construía el sueño disfrazado. En la actualidad, más que ser inocentes estamos hipnotizados: demasiado absortos por nuestro papel principal como para frenar a cuestionarnos los métodos.

Pero nadie escapa del todo a la fantasía de las redes, somos la generación para la cual el mundo físico es demasiado hostil en comparación con la facilidad de nuestros posteos. Nuestra vida se resuelve en su paralelismo con una aplicación para descargar.

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