por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

Música. Ruido. Santiago del Moro con una campera de cuero haciendo caras de loco. Locutor que presenta el programa. Juego de luces. Otra vez Santiago del Moro, esta vez más acompasado, dándonos la bienvenida al nuevo round. Corte comercial o, si tenemos suerte, presentación del primer tape-disparador sobre actualidad política (partidaria). Fin del tape. Apertura del debate por parte de Del Moro que da la palabra a un invitado. Respuesta inmediata de la contra-parte con contra-argumentos o ni siquiera. Pelea. Superposición de vociferaciones. Alguien se va de mambo. Interviene Del Moro y rectifica los causes morales del programa y la discusión. Agotamiento o interruptio del tema. Nuevo tape-disparador, y se retoma desde allí en secuencias tape-debate-agotamiento.

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El esquema de Intratables no es ni difícil ni indescifrable ni nuevo ni trascendental ni mucho menos inteligente. Vamos con los personajes.

Brancatelli es un pelotudo. Silvia Fernandez Barrios es una pelotuda. Vilouta es otro pelotudo, sólo superado por la pelotuda de Agustina Kampfer. Del Moro es un pelotudo que no entiende su programa. Los invitados más o menos usuales son todos unos pelotudos. Cuando llevan a alguien inteligente lo tapan a gritos y lo llevan a gritar, por tanto, lo pelotudizan. Vos también, que estás viendo un programa donde todos son pelotudos, sos un pelotudo. El más, dirá alguno. No sé.

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El que ve Intratables para informarse o ver debatir sobre la actualidad política argentina es indefectiblemente un pelotudo. En el programa ni se informa ni se debate. En el programa se pone un pedazo de carne en el medio de dos grupos de lobos y se filma lo que pasa después. Y como vos sos un pelotudo, lo más probable es que estés del lado de alguno de los bandos de lobos.

Intratables no es un programa de debate. Intratables es una serie diaria que opina sobre la realidad política del país. En tanto serie y en tanto opinión sobre nuestra realidad, los personajes forzosamente tienen que ser pelotudos.

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En literatura, se habla del texto literario como perceptron, que es un modo de imaginar la sociedad en un punto determinado. Es decir, la literatura no sería un reflejo directo –un efecto espejo como diría Engels, que fue el puntapié del realismo soviético- sino más bien una forma específica de imaginar –de percibir- a la sociedad por parte de miembros de la misma. Intratables es un perceptron de la grieta argentina. La que se define a lo hincha-termo de Boca: “O sos de Boca o sos anti-Boca”. O sos K o sos anti-K. Estar en el medio es ser Anti-K, para los K. Para el del frente, ese que está al medio es porque algo el kirchnerismo le gusta, entonces es un K sin huevos.

Vuelvo. Intratables no es un debate, es una serie. La gente que opina adentro del programa es un elenco. Todos hacen de pelotudos porque la forma de percibir la grieta que tiene Intratables es como una manga de pelotudos que gritan cosas –siempre más o menos las mismas cosas. Todos tienen un muerto en el placard porque la forma de percibir a la gente argentina es así. Los invitados inteligentes o, por lo menos, especialistas en algún tema son apabullados por dos o tres frasecitas esloganescas porque ¿no es así, en realidad? El conductor es un pelotudo que no entiende lo que está conduciendo y que a cada rato interrumpe para establecer el marco moral al grito de “este programa repudia profundamente los genocidios de la dictadura” o “en cualquier caso que se le pegue a una mujer, está mal”. Ya sabemos, papá. ¿A qué le tenés miedo? Parece como si a Del Moro no le hubieran dicho que su programa es una serie.

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Intratables es arte y es literatura, en tanto es expresión pura y ficcional de una forma de percibir la realidad político-partidaria argentina. Realidad que, según nos han contado, es binaria y antinómica. Intratables es, en chiquito, lo que nosotros formamos en nuestra cabeza a lo grande. El programa no busca cerrar la grieta suturando las dos orillas. Muy al contrario. A nadie le conviene que se cierre la grieta. Los fanatismos siempre son grandes oportunidades para quienes tienen los recursos para seducirlos. Jamás un programa de aire con llegada masiva tenderá a aplacar los fanatismos, más bien intentará exacerbarlos. Para exacerbar un fanatismo no hay nada mejor que oponerlo a otro. Hay una imagen común de un fanático como una persona que con ambas manos se tapa las orejas, tiene los ojos cerrados y la boca bien abierta gritando. Intratables lo que hace es poner frente a frente a dos individuos con esas características; y luego pegarles una cachetada para que abran los ojos, vean al otro gritando e intenten gritar el doble. Por eso el ruido, el tape-disparador, los invitados, los pelotudos. ¿Por qué digo que Del Moro no entiende el programa? Porque sólo debería ser un avivador de fuegos, intensificando cada vez más las discusiones. Sus interrupciones éticas-de-cartón son, sin excepción, anti-climax.

En el esquema Boca/anti-Boca de la política partidaria argentina el demonio no es el otro, porque el demonio tiene que ser unánime. Si a los nazis y a los soldados rusos de 1942 en Stalingrado se les mostraba una imagen del diablo, ambos reconocerían automáticamente al demonio. Habría unanimidad, más allá de que el enemigo es el enemigo y este cargado de significados negativos. Bien, hoy el demonio es “el del medio”. El neutral, dirán ambos. El que es del otro pero no es lo suficientemente valiente para reconocerlo. El descomprometido. El dejado. A ese no se le pregunta el argumento ni se lo incluye en el debate.

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“¿Pero no ven que es todo mentira?” dirá el pobre tipo. “¿ustedes piensan realmente que está en juego algo? ¿Ustedes realmente piensan que el enemigo es el lobo de otro color y no el tipo que deja la carne al medio? ¿El que filma?” Pero a esta altura ya las vociferaciones lo habrán consumido, y elegirá o gritar inútilmente o irse silbando bajito.

Esta nota es muy triste. Y es triste porque en realidad Intratables no es una serie. Sí es un programa de debates. O a eso apunta. Es un programa ideado por gente muy inteligente y poderosa, hecho por pelotudos para pelotudos. La única forma de escapar a su pelotudez es pasarlo por una lectura subversiva. “Leer la Odisea como si la hubiera escrito Céline” dice Borges. Mirar Intratables como si fuera una serie. Como si los panelistas fueran personajes. Como si todos hicieran de pelotudos. Pero en realidad no lo es. Es un programa que vende la superación de la grieta, pero en vez de cruzar puentes sobre la zanja, hace meterse adentro a todo su ejército de pelotudos, que se disponen en bandos enfrentados, dándole la espalda al enemigo, y así, nuca contra nuca, pechan su orilla cada uno para su lado, gritando desaforadamente, ensanchando el vacío que queda al medio cada vez más. Vacío que no es vacío. Porque estos vacíos siempre están llenos de pelotudos.

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Al principio de esta nota parecía que yo realmente pensaba que Intratables es una serie. Di muchos argumentos. Insulté miles de veces. Esta nota casi podría leerse a los gritos.

Lo mismo hacen ellos.

A despertar.

Todo es ficción.

Te ruego que dejes de ser un pelotudo.

***

P.D. a algún corrosivo:

La democracia te parece una virtualidad, una pantalla de los poderes económicos, ¿verdad? Votar te da cierto asco, ¿verdad? Estás harto de discutir en la superficie cuando lo que odias el centro, ¿o no? ¿Y te cansaste, también, de la repetición infinita de slogans por parte de gente que admirabas o al menos querías? Contactame. Tomemos un café, una cerveza. Siempre estoy más o menos cerca.

Yo, el demonio.


 

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