Autora: Angie Pagnotta (@AngiePagnotta)                                                                                                                     CUENTO INÉDITO

 

La casa está silenciosa y tranquila. En la habitación principal la cama está desarmada y las sábanas que quedaron abolladas son el refugio de un gato gris y atigrado que está dormido. Es temprano en la mañana de un jueves de quietud en el que el tiempo parece detenido. Después de un rato se escuchan los pensamientos de Alexia mientras juega con su pelo entre los dedos.

Va hasta la cocina, pone la pava, apoya sus manos en lo alto de una columna y estira su cuerpo largo y aún dormido, como si ella también fuera un felino atigrado recién levantado. Sacude su cabeza. Su cabello rojo caoba zigzaguea sensual de un lado a otro. Acaricia sus rulos con la yema de sus dedos, como queriendo ablandar los pensamientos que comienzan a insistir.

Camina hacia el baño y el gato le maúlla desde la habitación. Ella sonríe y cierra la puerta. Se mira al espejo, tuerce su cara en busca de un ángulo perfecto que le devela algo que nunca sabe encontrar. Rota su mentón a la izquierda y nota sus pómulos algo hinchados y lo mismo ocurre con su boca, efecto de seguir dormida, efecto de todos sus despertares.

Va hasta el living y se sienta o, más bien, se derrumba en el sillón. El color del día es tan intenso que le molestan los ojos y los refriega. Hace un esfuerzo por sostenerle la mirada al cielo y se pone de pie para salir al balcón. El calor de marzo le resulta insoportable pero permanece un rato mirando sus plantas y a algunas les da pequeños pero aliviadores sorbos de agua. Algunas gotas le caen en los pies y va dejando huellas en el piso al entrar.

 

Un ruido suena a chispa en el living.

 

Nadie atiende el teléfono y sin embargo, yo escucho el “clac” del tubo levantarse. Un tubo con su cable enredado, con el parlante y el peso de mil almas, un tubo azabache —tal como una antigüedad de los años cincuenta— eso digo y eso escucho: un tubo negro y espeso. La voz del otro lado nunca aparece y aun así, puedo escucharla. Se trata de una voz profunda, como de macho alfa erguido, dominante. Una voz marcada por la ronquedad de un cigarrillo a punto de colisionar en el suelo, siempre a punto de derramar su ceniza blanca.

Es una voz profunda, aterciopelada, inquieta, firme. También escucho el piecito de ese alguien latiendo. Casi puedo ver que mueve el pie derecho con presunta impaciencia ante un interlocutor ausente que no dice nada.

No dice, quizás, porque ella (tiene que ser ella) no lo escucha o no llega a escucharlo aunque, igual que yo, ella también percibe el sonido de ese pie inquieto que se mueve, ese pie tintineando en el suelo de madera, estremeciendo una a una las tablas del parquet.

La voz profunda, ahora, dice “Hola-hola” insistente, como queriendo clavarle agujas de tejer a cada circulo ínfimo del parlante del teléfono. “Hola, ¿hay alguien?”, pregunta. Para dominar y confundirlo ella ahora respira suave, despacio. Muy delicadamente emite un pequeño quejidito sensual, sonido al que acude de inmediato la voz profunda, que con ansiedad, reclama: “Ya sé que estás ahí, atendeme” y ella, desde la calma de su departamento en el que huele a té de vainilla, vuelve a gemir levemente, suave, muy despacio, como si la voz profunda estuviera interrumpiendo algo inapropiado.

El silencio aparece estacado al suelo. Casi sonriendo, ella dice suave y espaciadamente “más, así, sí” y agrega —con el tono más provocativo que puede— un suspiro hondo y enmudecido, un suspiro blanco que proviene de la imaginación de su sexo con él y su voz en los oídos; un suspiro hondo que únicamente nace del recuerdo de sus manos acariciándola. Pero a falta de silencios compartidos, la voz profunda se vuelve imperativa y condenatoria: “si llegás a estar con ese tipo, lo mato” y la amenaza no hace más que entretenerla. Estaba por terminar la llamada pero esa sensación de poder la volvió fuerte de golpe y la impunidad de no verse las caras hizo que ella diga frases contundentes que terminaron en un apasionado “así, más, me volvés loca” seguido de gemidos a la nada de su habitación vacía, de inventos fingidos para la ficción telefónica, de sonidos de amor que no eran más que invenciones provenientes del recuerdo.

Entonces la voz profunda y varonil de antes se convierte en una mancha de tuco en la camisa de alguien. Él se estruja ante el teléfono y dice “no, por favor, no me engañes” con tono de derrota, con la voz partida de un final anunciado.

Ella corta la comunicación y él, por las dudas, se larga a llorar.


 

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