La navidad que nos espera: entre Papá Noel y el Grinch

por Lara Nicolás (@laranicolas_)

A medida que se acercan los últimos días del año, la navidad se instala en nosotros como parte de una agenda imposible de posponer. Pero no todos son bendecidos con el espíritu navideño, sino que muchos se identifican en cambio con ese ser peludo y verde presente en la cultura popular por su odio a la noche buena.

En 1957, Theodor Seuss, autor estadounidense de libros para niños, publicó “Cómo el Grinch robó la navidad”. El Grinch, una especie de monstruo que vivía en las afueras de la ficticia ciudad de los Quien, detestaba tanto la navidad que decidió arruinarla. Le pareció oportuno para ello robar de las casas los regalos, los árboles, la comida y todo los elementos relacionados a la fiesta. Una vez que se deshizo de las cosas que podrían despertar el espíritu navideño de los Quién, volvió a su cueva, seguro de que ya nadie tendría motivos para festejar al día siguiente. Pero pasada la noche lo despertó el sonido de cientos de voces entonando villancicos. El Grinch, enternecido, terminó por compartir la fiesta con los habitantes de la ciudad.

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En un principio, en el hemisferio norte se festejaba la navidad con ocasión del solsticio de invierno. Diferentes culturas celebraban la fecha como el nacimiento del sol. Cuando el cristianismo comenzó a tomar mayor fuerza, surgió la necesidad de convertir las fiestas paganas en propias. Vieron la oportunidad perfecta con el nacimiento de Jesús, aún cuando según los evangelios su natalicio estaba lejos de coincidir con el 25 de diciembre.

Papá Noel, símbolo de la navidad aún más que Jesús, también sufrió la metamorfosis de pasar por distintas culturas hasta convertirse en un icono. Lejos de la creencia popular de que “lo inventó Coca Cola”, ya los vikingos hablaban del abuelo invierno como rey de la estación. Más tarde, esa figura fue unida a la de San Nicolás, quién vivió durante el siglo III y entregó regalos a las familias pobres. Así, la iglesia consiguió nuevamente unir las tradiciones paganas con las que le pertenecían.

De todas maneras, el Papá Noel que conocemos hoy en día fue creado recién en el siglo XVIII, cuando Thomas Nast dibujó al hasta entonces flaco personaje como un gordo de traje, basandose en un poema escrito por Washington Irving algunos años atrás.

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Coincidente con el asentamiento del capitalismo a nivel mundial, durante el siglo pasado la figura de Papá Noel comenzó a ser utilizada como estrategia de marketing. Gracias a una publicidad de frigoríficos estadounidenses, se determinó que su domicilio quedaba en el polo norte y que se transportaba en un trineo tirado por renos. Más tarde, Coca Cola adquirió los derechos y decidió que el traje, hasta entonces verde, sería a partir de entonces y para siempre rojo.

De este modo, el principal protagonista de la fiesta se convirtió en un gran empresario. En su nombre se compran regalos, se lanzan campañas publicitarias, y se buscan decoraciones dos meses antes de la fecha.

Según Bauman, la sociedad de consumo existe porque promete satisfacer los deseos materiales sin hacerlo nunca del todo: lo material se vuelve desechable. Así, cada navidad resulta ser el momento ideal para pedir aquello que consideras indispensable y que al poco tiempo termina por aburrirte.

Además, la sociedad de consumo necesita aportar la visión de que el producto genera felicidad, tarea perfectamente realizada por las publicidades durante la temporada navideña. Más allá de los regalos, la navidad significa comprar comida, ropa, realizar viajes, comprar un árbol nuevo con sus respectivos adornos. Incluso, a partir del 2014 se lanzaron aplicaciones que permiten seguir el rastro de Papá Noel en su recorrido global.

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Pero habría que ser demasiado amargado, aferrarse por demás a tus principios, o el mayor intelectual de café del mundo para odiar la navidad sólo por el hecho de que represente mejor que nada a la sociedad de consumo. El Grinch tiene que tener una razón más fuerte que una tesis sociológica.

En la navidad todo adquiere un tono de tragicomedia sólo apta para público nostálgico. La cuenta regresiva de los minutos, los regalos que alguna vez pensaste que dejaba un tipo gordo en traje, la tía que siempre termina llorando cuando el reloj marca las doce y todos se abrazan. Y lo peor: para llegar al año nuevo, y a su sensación de que ahora sin ninguna razón concreta tu vida va a cambiar, primero hay que sobrevivir a la navidad. Después de todo, para muchos la navidad es un evento vacío, la fiesta de cumpleaños a la que no queres asistir pero tenes que ir igual. Para muchos, la navidad carece de cualquier sentido, su alegría artificial se parece más a una distopía a lo Black Mirror en la que todos están forzados a ser felices y quererse, aunque no se hayan visto durante el resto del año.

La magia que en algún momento tuvo la idea de que un extraño excedido de peso se metiera a tu casa para entregarte regalos, desaparece para dejarnos un evento obligatorio, sobre actuado y superfluo.

Jack, el esqueleto de Tim Burton que intenta apropiarse de la navidad, es la contracara del villano de la ciudad de los Quién. Embobado por el espíritu navideño, se vuelve loco con la idea de encarnar él mismo al protagonista de la noche. Jack, que vive en el mundo del Halloween, alucina con los colores y el clima festivo de la noche buena. Se obsesiona con la idea de que es injusto que tanta magia no pueda ser recibida también en su mundo de terror. A diferencia del Grinch, Jack no odia la navidad, sino que está desesperado por poder ser parte él también.

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Quizás si nos permitiésemos seguir creyendo que los paquetes abajo del árbol fueron hechos por duendes en algún punto remoto del polo sur y no que el shopping estaba insoportablemente lleno y fue casi imposible pasar la tarjeta, la navidad seguiría siendo la fecha por la que esperas todo el año.

Quizás los Grinchs del mundo, al igual que Jack, solo reclaman recuperar una ilusión que, a diferencia de los regalos, no sea desechable.

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