por Federico Fritttelli (@fedefrittelli)

Desde que el hombre puede hablar (desde que el hombre puede mentir) ha creado una enorme cantidad de historias, mitos, fábulas, etc. más para entretenerse con la dicha de un conocimiento relativo que para salir de ignorantes. Me interesa especialmente volver por un segundo allá, a los principios, al primer hombre que mintió. Con ese hombre se inaugura, no solo la historia del engaño, sino también la historia de la literatura. Si hay algo con lo que nos machacan a los estudiantes de Letras es que la literatura presenta un pacto ficcional, casi de autor-lector o de texto-lector, en el cual el segundo acepta como válidas las propuestas del primero aun conociendo las diferencias de lo narrado con la propia “realidad objetiva-compartida”.

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Así la literatura se inscribe como una mentira aceptada. Es más, cabe perfectamente la suposición de que la primera mentira fue una literatura. Supongamos, para ilustrar este último punto, una tribu africana de cazadores miles de años atrás. Uno de ellos decide tomar un camino alternativo para encontrar alguna presa para sí mismo, pero tropieza con una raíz y se lesiona. El pie o también la frente. Al volver, el grupo de cazadores le recrimina la ausencia y le pregunta dónde estaba. El lastimado está en una encrucijada: si cuenta lo ocurrido será objeto de burlas e ignominias. Entonces miente y, a la vez, crea. Dice que se rezagó por un desperfecto en su vestimenta y que en el interín fue atacado por una hiena, cuatro hienas, una manada entera de hienas. Que una le mordió el tobillo y que en un giro otra lo lastimó con la cola. Cuenta cómo heroicamente se deshizo de las cuatro hiriéndolas, y cómo ellas se escaparon. Los cazadores dudan pero no saben por qué. Lo palmean, le dejan volver a la tribu, y siguen por dónde venían.

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¿Cómo iba a imaginarse ese hombre que miles de años más tarde los cazadores se darían cuenta de su mentira y que volverían a unir el nudo que él había logrado con los hilos del engaño y la literatura? Pasaron los siglos y el género literario fue gradualmente separado del engaño cotidiano por ser sublime. Pero en el siglo XX aparece uno nuevo que los reconcilia: me gusta llamarlo “Los cazadores inconformes” o “Teorías conspirativas”. La teoría conspirativa es una literatura que dice que la historia es un engaño. Es decir, son los cazadores que han escuchado al lesionado y deciden no creerle su versión y en su lugar inventar otra. Como no tienen forma de demostrar que su creación es lo que verdaderamente sucedió, se limitan a que sea enteramente posible. Construyen una verdad alternativa sin fisuras, que podría ser reemplazada tranquilamente por la legitimada. Eso es el quid de las teorías conspirativas. Que a todas luces pueden ser verdaderas. El género fantástico viene a trastabillarnos el mundo porque nos cuenta lo endeble de la realidad y cómo de fácil puede ser sacudida por un fantasma o dos; el género conspiracional viene a poner sobre la mesa otra forma de la realidad mucho más amplia e intrincada: la verdad nunca es la que nos cuentan los que más saben. El que realmente ha vivido el acontecimiento, nos cuenta la conspiración, no nos va a contar la verdad porque un pie atascado en una raíz no le sirve a nadie. Va a reemplazar la verdad por una literatura que encaja y la va a asegurar con la autoridad del que ha estado ahí, del que te la cuenta de primera mano. Pero los cazadores –¿ya se dieron cuenta que los cazadores somos nosotros?– van a tomar esa versión y van a responder que no, que esa no es la verdad. Que si vos inventas yo también, qué te pasa. Entonces las Torres Gemelas fueron un plan de Bush para armar una guerra con Oriente y para iniciar el espionaje a niveles estratosféricos. Entonces “Dark side of the moon” está compuesto para coincidir exactamente con los acontecimientos en la película “El mago de Oz”. Paul McCartney murió en 1966 y hemos estado viendo a su doble todo esto tiempo. Lo que sea. La Teoría Conspirativa es otra historia. Es la negación de la historia autorizada. Casi como si dijera: “está bien, mi versión es mentira también. ¿Pero por qué habría de ser peor que la tuya?”

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Lo que va a buscar la teoría conspirativa entonces es un doble ataque al lector o receptor: lo va a convencer (al menos lo va a hacer vacilar) y lo va a asombrar. Para esto, tiene que estar herméticamente cerrada y sin fisuras para encajar en el rompecabezas de la realidad; y además, tiene que ser sorpresiva, enorme, siniestra o diametralmente opuesta a la versión legítima de los hechos. Porque decir que El Mago de Oz fue el molde de un disco de Pink Floyd es leve y hasta entraría (si fuese la versión original) en lo denominado Fun Facts. Pero ya decir que la historia de la civilización humana está coordinada por los masones desde un escritorio con siete u ocho tipos es casi darle un cachetazo al hombre que mira hacia atrás para decirle que mire hacia atrás pero también hacia arriba. Los masones son probablemente los hombres sobre los que mas pesan las teorías conspirativas del mundo. Sin ir más lejos, se habla de masonería para explicar cualquier movimiento histórico-misterioso que escapa a la lógica secuencial de la política y al natural comportamiento del poder. Así, sólo para ver el marco argentino de conspiración, hablamos de masones cuando tratamos la batalla de Pavón y la inexplicable retirada de Urquiza. Nosotros, lejos de aceptar las versiones autorizadas (“Quizás la información en la batalla estuvo mal provista a los generales, que pensaron que iban perdiendo al dar la orden de retroceso”), creamos una mucho mas emocionante: Urquiza era masón. In media res de la contienda recibe una orden. Retira sus tropas y se va a descansar a su casa para siempre. Con eso basta. Es casi como si estuviéramos diciendo: “dame lo que pasó, que yo te lo explico como más me entretenga”.

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La disparadora de esta reflexión fue la llamada “Teoría Pixar”. Eco llamaría a esta teoría un “uso” de las lecturas de las películas, contrario a una “interpretación” más comprometida con la intención del autor. Esta propone que todas las películas del hermoso mundo infantil forman parte de la misma trama. No sólo con alusiones indirectas –sea un afiche, un muñeco, etc-, las cuales son muy comunes a todas las películas de las mismas productoras, sino que realmente forman una lógica encadenada cuyo orden sería el siguiente:

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Los Increíbles – Toy Story

Valiente                                    Abandono de la Tierra -Cars – Wall.e – Bichos – Monsters Inc.

Buscando a Nemo – Ratatouille – Up

(Animales)

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Una historia intrincadísima que nos cuenta que la bruja de Valiente, que tiene la capacidad de animar lo inanimado con ayuda de los Wisps, no es otra que Boo, la niñita de Monsters Inc. Una trama donde los animales y los objetos toman conciencia a niveles de inteligencia y se rebelan contra la humanidad haciéndole inhabitable el planeta. Los humanos, dependientes de las máquinas, abandonan el mundo y no vuelven sino hasta Wall.e. Desde allí, la humanidad amedrentada no tendrá más opción que procrear con los animales inteligentes que habitan el mundo, dando origen a los monstruos. Monstruos que sufren problemas energéticos pues los humanos ya habían agotado los recursos. Y los buscan precisamente allí donde están seguros que abundan: en el pasado. Las puertas de Monsters Inc. no son pasajes entre mundos paralelos, sino máquinas del tiempo. Sully encuentra a Boo en uno de esos viajes pero no puede visitarla para siempre. Boo pasa su vida investigando la tecnología de las puertas temporales, la magia de la madera y de los Wisps y lo logra recién anciana. Lamentablemente, sus puertas no terminan de conducirla nunca al futuro de Sully, en vez de eso la llevan de película en película donde va dejando rastros de su paso y llevándose cosas consigo cada vez. Cansada, decide terminar su viaje en la Edad Media, desde donde va a comenzar ella misma la rueda que la llevará –paradójicamente- a conocer en un futuro lejano, siendo niña, a Sully.

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Díganme que una invención así no es impresionante. A la Teoría Conspirativa no le hace falta hablar de poder político: se conforma con cuestionar, por medio de la creación, las verdaderas intenciones o razones detrás de cualquier clase de poder –en este caso, el poder de la Industria Cultural Infantil.

Parecerá una estupidez, pero el género de conspiración es una forma de decirle al que nos cuenta la historia que estamos acá, que estamos vivos. Que si nos va a mentir, la mentira va a tener que ser igual de espectacular que nuestras expectativas, porque de otra forma reemplazaremos su versión con la que más nos plazca y cierre. Que si su cuento no detalla, lo haremos detallar. Que si no hay trama más allá de los episodios, sacaremos de la galera las sogas para anudarlos. Que así de fácil podemos creer en que la tierra es hueca y que adentro habita una raza extraterrestre –Teoría de la Tierra Hueca-, que así nomás creemos que “Rasguña las piedras” la escribió Charly para una novia que le enterraron viva. Que somos una máquina de crear verdades facsímiles y nuestra batería es internet. Que no nos contentamos anémicos apuntando nuestras caras tiesas a un sol de bijouterie que nos mueven ellos.

Rogamos que sea falsa también esa Teoría Conspirativa: que todos los demás son mentira.

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P.D. al autor:

Qué corto te quedaste en tu restricción del concepto. Vengo a decirte que incluso hay algunas de las más prestigiosas iglesias que afirman y perjuran que todo lo que somos no es más que creación de un ser divino, celeste, eterno y despreocupado. En Australia, dígase de una vez, los más imbéciles pugnan por la existencia de un animal mitad pato, mitad castor, y le dedican fanfarrias y documentales, y tienen el atrevimiento encima de nombrarlo espeluznantemente “ornitorrinco”. La vida sin mitologías implicaría bastarnos a nosotros mismos, y eso es insoportable. Dejenme creer que cuando nos saludamos y doblás la esquina, seguís existiendo. Dejenme creer que más allá del horizonte sigue el mundo.

Yo les dejo creerme lo que quieran.


 

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