Los límites del humor: el corsé de la corrección política

[Humor. Límites. Corrección Política. Dios. Antiguo Testamento. Disparen al humorista. Ricky Gervais. Ofensa. Indignación. Paradigma]

por Favio M. Campos (@FavioM_Campos)

La discusión de los límites del humor es tan vieja como el Antiguo Testamento, como cuando en el capítulo 18 del Génesis Dios increpa a Sara por reírse para sus adentros ante la noticia de que iban a ser padres, porque claro, su carcajada ante la sola idea que el cuerpo flácido de su anciano esposo Abraham sea capaz de procrear genera la ofensa del todopoderoso. Y hasta en el siglo pasado el concepto “con esto no se jode” pertenecía a una concepción católica de la moral y buenas costumbre que los individuos debíamos acatar, pero curiosamente hoy en día también está incorporado en las líneas argumentales de algunos sectores progresistas. Los tiempos cambian, el humor cambia, los límites cambian.

En 1986, luego de que el transbordador espacial Challenger explotara en el aire a setenta y tres segundos de despegar de Caño Cañaveral, y en la que fallecieran instantáneamente los 7 tripulantes, surgió un chiste que decía algo así: “¿Sabés qué significan las siglas de la NASA? Necesitamos Ahora Siete Astronautas”. Esa broma surgió a horas del siniestro, pero según un estudio de la propia agencia, recién se popularizó 17 días después de la explosión, por lo que a veces se tomaba ese dato como referencia “científica” para saber cuál sería el tiempo de espera necesario para bromear con estos temas. Hoy con las redes sociales el humor viaja más rápido, se lo descontextualiza, se lo toma como algo unilateral y se lo lanza hacia los colmillos de ese fenómeno que acompaña a las nuevas tecnologías: la costumbre de tener una opinión sobre todo.

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Pero el contexto no es sólo temporal como el caso del Challenger, también tiene que ver con el contrato de lectura que el humorista tiene con su público, que es el mismo acuerdo que se tienen con otros géneros en donde visualizamos y contextualizamos el marco de referencia para saber si estamos hablando de un atentado o un drama referido al teatro, pero que nunca lo hacemos con respecto al humor. Lo cual demuestra una moralidad sobre la comedia que no la tenemos en los otros géneros.

En un su ensayo gráfico Disparen al Humorista, Dario Adanti, historietista y editor de revista Mongolia, levanta este punto. El autor habla del humor como ficción  y por eso es que dentro de la misma el humor no debe tener límites, porque justamente es eso, un lenguaje ficcional. Pero esto no significa que un chiste no puede ser juzgable. Claro que no hay que santificar al humor para que sea incuestionable porque también tiene que arriesgarse y exponerse a la crítica que es lo que lo hace crecer y mejorar en calidad, como pasa en las demás ramas. Lo que no se puede es pedir la desaparición de la broma.

Porque hay una cosa que se debe tener en cuenta, que a pesar de lo insultante o de mal gusto que puede ser un chiste en la superficie, la intención de quien lo cuenta no necesariamente tiene que ocultar un pensamiento abominable, y la principal crítica que recae viene desde una posición de pseudo superioridad intelectual que nos quieren explicar de qué debemos reírnos y de qué no, a la vez que subestiman al receptor porque según esa línea de pasamiento un chiste puede ser nocivo para su persona. Y aunque el humor tiene la responsabilidad de disparar hacia el poder, y eso lo convierte en una de las víctimas de la represión, no es una condición sine qua non porque la libertad de expresión del humor queda sitiada también desde las buenas intenciones, como por ejemplo el caso de la página de Eameo a la cual hace poco se los acusó de transfobia por hacer un chiste con Florencia de la V.

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Y es que nos encontramos en una época en donde los límites al humor se cierran cada vez más. Y ya no es solamente desde el poder político o sectores conservadores institucionales o de a pie los que cuestiona la materia prima del humor, sino también desde discursos que a primera vista se muestran afines a la defensa a la libertad de expresión, como son las facciones de izquierda y su culpa pequeña burguesa que terminan colaborando e incluso promoviendo este corralito. Y a veces es por un sentimentalismo que pretende que sólo veamos la parte buena de la humanidad porque desde  esa visión del mundo crearemos una sociedad a imagen y semejanza de esa ficción que no existe.

Y en eso mismo Slavoj Zizek dice que la corrección política no funciona y se equivoca cuando cree que cualquier chiste sobre mujeres, inmigración, etcétera, son de por sí una agresión hacia ellos. Por supuesto que los chistes racistas pueden ser extremadamente opresivos y humillantes, pero la solución, dice, es combatir el racismo creando una atmósfera para hacer esas bromas de manera que funcionen como una chispa de contacto obsceno que funde una verdadera cercanía entre los individuos. En cambio, la corrección política es una forma de autodisciplinamiento que no permite verdaderamente superar el racismo, sólo es discriminación oprimida y controlada. Si yo visito un país extranjero, detesto ese respeto políticamente correcto de “Oh, ¿cómo es tu comida, cuál es tu cultura?” ¡No! Yo les digo que me cuenten un chiste verde sobre ellos y así nos hacemos amigos.

Porque una vez más tiene que ver el contexto de intimidad siempre que sea pactada entre las dos partes, para que la agresión no se entienda como violencia si no como algo inclusivo que no te aparte del grupo, más bien te contenga dentro del mismo. Ricky Gervais decía “Y no intentaba ofender. Y si he ofendido a alguien, y seguro que lo hice, no me disculpo. Y no creo que deba hacerlo. Tenés que ser capaz de defender todo lo que hacés (…) Cuando hacemos una broma de mal gusto, es con un consentimiento expreso de que la otra parte realmente lo comparte”. Contrariamente pasa con, por ejemplo, las cámaras ocultas, en donde esa forma de ganar las risas del otro es impuesta desde quien hace la broma. El humor es como un juego con reglas y argumentos propuesto por un maestro de ceremonias que es el humorista. Y para que ese sistema de juego funcione, necesita de la complicidad del público que acepta ese mecanismo, su alcance y sus limitaciones.

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El humor tiene que tener siempre la libertad de ficcionar sobre las propias miserias del individuo y del mundo, de mostrar las contradicciones, los miedos, los pensamientos más oscuros y poder jugar, como público o como humorista, con los otros “yoes” a ser o no ser, sin miedo a que el mundo crea que ese es nuestro verdadero yo.

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