Maldita C.!

Por Abril Fernández

No puedo ser tan mala onda de hablar pestes sobre Sex & the City cuando la vi desde los 16 hasta los 19 años. A mí siempre me gustó el girl power y estas mujeres eran, en ese entonces, las anti-heroínas. Pasados los 30, las cuatro amigas aprendían a sobrellevar sus días de soledad (ninguna tenía un gato, anoto) apoyándose unas a otras, dándose consejos malos y gastando su dinero. Porque, aclaremos, eran unas cínicas y unas inconformistas, pero en pleno Manhattan, mi amor.

El primer gancho para alguien de mi edad era, sin duda, el vestuario. Cada personaje tenía un carácter propio traducido en un estilo único, que la distinguía de sus pares pero a la vez la hacía parecida a ellas. Un fetiche loco que también observaba en las Spice Girls o en las hermanas de Mujercitas. Una invitación a elegir cuál era el personaje más parecido a vos. Una invitación a autoetiquetarse, y no en el sentido feisbuqueano de la palabra.

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Viendo cualquier episodio hoy, diez años o más después de esos primeros contactos con las locas aventuras de Carrie, me doy cuenta de lo obvio que es todo. Que no era ninguna genia al haber descubierto los cuatro estilos. Carrie siempre llevaba un accesorio delirante, Samantha tenía que usar rojo o escote por lo menos durante 20 minutos, Miranda siempre se vería como vestida por Falabella y Charlotte, como la chica bien. Todo está calculado, todo cae en su lugar cada vez que aparece un nuevo episodio.

Con el correr del tiempo me empiezo a concentrar también en los dormitorios, los interiores de los departamentos, las decoraciones. Y de nuevo la misma historia: Carrie tiene uno a la moda, todo es blanco o de madera clarita; Samantha tiene sábanas de seda negras o rojas; Miranda vive en medio de los muebles de Falabella y Charlotte está enterrada entre dorados a la hoja, porcelanas antiguas y puertas gigantes.

Toda la serie se trata de ellas escapando de algo; curiosamente, las etiquetas. Cada vez que Samantha está por ser sexy de nuevo, o que Carrie está por decir algo muy bobo y parece que es lo que va a funcionar, ¡bum!, ellas ya no quieren jugar ese juego. No quieren ser lo que parecen. De repente encuentran una arista nueva. La epifanía las golpea más fuerte cuando perciben el peligro de caer en un cliché. No importa que, por ejemplo, Charlotte se desviva durante muchos episodios hasta encontrar el marido perfecto. Amenaza con renunciar a todo cuando descubre que el muchacho tiene más pelos en la espalda que Wolverine. Cuando se acercan a su objeto de deseo (pueden ser hombres, trabajos, lugares), muy cerca, les ven los defectos y entran en crisis; tantas veces hacen lo mismo que ya no distinguen entre detalles y tragedias.

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Y empieza el falso tira y afloje. Durante los primeros años está todo bien, las chicas van incorporando una que otra buena costumbre, van dejando de lado su cinismo. En la superficie, parecen seguir un camino extraño, en una ciudad donde sólo se sienten cómodas cuando se encuentran entre ellas. En el fondo, van acomodando su imagen a esa de la mujer perfecta, juiciosa, experimentada, independiente, trabajadora, open minded, estilosa e ingeniosa que nunca es encarnada por nadie.

Al quinto o sexto año de ver siempre la misma dinámica, sin embargo, algo empieza a desvanecerse. Es muy útil para esto servirse un capítulo de la primera temporada y otro de la última. Ya no quedan restaurantes de moda por visitar (o los que hay ya no son de su agrado). Ya no quedan ganas de salir a tener aventuras por la noche neoyorkina cual Insomniac. Las chicas ya no tienen treintipico, ya tienen casi cuarenta. ¿Cuándo dejaron de ser divertidas? ¿Qué pasó con la liberación que traían entre manos? ¿En qué momento se volvieron un cliché? Para ser exactos, en algún momento entre el último episodio y la llegada de las pelis, Sex & the City 1 y 2.

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Acá ya entramos de lleno en el absurdo. Creo que vi la primera, pero nada recuerdo. Sé que andan por Dubai y por otros lugares locos, que usan la ropa más estúpidamente cara del universo, que seguro las marcas son escupidas a una razón de millares por segundo, como gotitas de un estornudo. Toda transgresión, toda rebeldía inicial ya ha sido deglutida por una sociedad que cambió y que ya no se sorprende con los dichos de Samantha. No sólo eso, sino que los personajes ya lograron un cierto reconocimiento social en la ficción, escalando hasta la misma cima del éxito.  Y también, claro, parejas especiales aparecen casi de la nada para la escritora irreverente, la ninfómana incurable, la abogada recia y la pacata erudita.

Hay que aclarar que no soy la única que pensó que, en principio, Sex & the City era revolucionaria. Los ejecutivos de HBO también lo pensaron, y por eso la apuntaron a su ya polémica, noventosa y descarnadamente real grilla: junto a Queer as Folk o Taxicab Confessions, conformaban la delantera perfecta que puso a la señal de cable entre las primeras en liderar los horarios prime time. La novedad es que lo hacían mostrando el desencanto grunge de la época, sin mucha edición ni pompa.

Candace Bushnell es el nombre de la verdadera Carrie, la muchacha que quería pasarla bien y huir del status quo, ser moderna sin ser snob, divertirse sin importar dónde, descubrir la ternura de cada personaje en una ciudad superpoblada de locos. Bushnell escribía una columna para un diario de NY llamada igual que la serie. Luego de esto llegan el contrato por la serie, contrato por pelis, contrato por más y más libros. Candace saborea las mieles del éxito. El mismo éxito que atraviesa la realidad y condena a Carrie al estrellato ficcional.

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Mientras a Carrie le cambiaban sus modales, le salían tentáculos y le crecían emociones inesperadas, Sex & the City llegó a su fin. Su autora hizo un nuevo intento por conquistar la platea femenina con Lipstick Jungle, una serie que jugaba con las idas y venidas de tres mujeres exitosas, bellas y, por supuesto, con dinero. Pero se le pasaron un par de cosas por alto. Alguien le habrá mentido terriblemente cuando le dijo que era algo así como la gurú de las series-que-ven-las-chicas. Candace no tenía enormes expectativas con su columna semanal, y de ahí salían las historias diversas, urbanas, algo trágicas. Cuando esta inocencia inicial queda atrás y los personajes empiezan a retorcerse hasta lograr su final feliz… bueno, es cuando vemos más logotipos entre las pilchas, cuando Charlotte termina siendo la más subversiva de todas.


 

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