Marie Kondo y el orden de nuestra vida superficial

[Marie Kondo. Netflix. Autoayuda. Orden. Caos. Immanuel Kant. Daniel Goleman. Feng Shui. Fordismo]

por Gonzalo Zanini

Una vida equilibrada y ordenada parece ser el punto máximo que podemos aspirar como seres humanos. El orden es palabra sagrada, el concepto que pretende anclar al ser humano como tal para diferenciarse de las otras especies. Pero no hay orden sin caos, ni Dios sin el Diablo, ni Carmen Barbieri sin Moria Casan. Imposible creer en una sociedad exenta de caos. El caos es tan humano como el orden. Por lo tanto hay que aceptar que contamos con impulsos que nos llevan al caos y al orden todo el tiempo.

Ahora bien, el orden y el caos son una de las parejas antagónicas mas conocidas. Hacer una historización de las disputas y reflexiones que generaron estos dos conceptos confrontados sería una tarea bastante pesada aunque fácil de googlear. Pero sí valdría la pena una sola aclaración: las reflexionas dominantes en torno al orden y al caos siempre tuvieron a su gran vencedor, querido y odiado al mismo tiempo (una especie de La Masa de Lucha Libre): el orden. Podemos decir que el progreso de las civilizaciones siempre dependió de la forma en la que se reducía el caos por medio del orden. Como en el caso del caudillo Faustino Sarmiento que pensó que la mejor forma de imponer un orden bien europeo y pipí cucú en Argentina era aniquilar el desorden que habían hecho los supuestos usurpadores de la Patagonia

Racionalizar el mundo a través de la mente humana es quizás el salto filosófico más grande después de los aportes socráticos y presocráticos en el campo de la filosofía. Es decir, depende de nosotros el control del mundo. Esa es la pura racionalización. Entonces podemos controlar el mundo, podemos ordenarlo a nuestra semejanza. Y se lo debemos todo a Immanuel Kant, aquel alemán de vida cronometrada. Dato interesantísimo: Kant, de vida despojada de acontecimientos emocionantes y dignos de contar, salía a caminar todas las tardes a la misma hora, haciendo el mismo recorrido y ocupando la misma cantidad de tiempo en ese recorrido. Kant mantuvo una vida sobria, entregada completamente a la docencia, configurando una suerte de vida computalizada. Una suerte de cyborg en un siglo XVII donde estábamos lejos de pensar en tecnología con cable. Kant sería hoy el empleado del mes de alguna megaempresa capitalista. Es decir, no nos sorprende que la humanidad haya aprendido a racionalizar cada vez más la sociedad si uno de sus grandes representantes parece tener insertado en la cabeza un reloj a cuerda.

Entonces Kant.

Y la razón como forma de orden.

Y la sociedad después de Kant: los arbustos con formas geométricas, las escuelas para adoctrinar, el trabajo para mantener encerrado y ocupado al sujeto, la policía y el Estado para controlar y vigilar y también, por qué no, para castigar. Y ahí van, al menos, unos tres, cuatro siglos de historia.

Autoayuda: ese manual que siempre garpa en todo

El problema del orden es cuando se transforma en una herramienta de fácil uso cotidiano. Y no me refiere al orden racional como problema cuando el orden llega al alcance de las supuestas masas. Sino cuando el orden se vuelve un concepto tan fácil de conseguir en la vida diaria que parece tener la capacidad de cambiar el mundo, como realmente lo hizo a lo largo de la historia, pero en procesos largos y densos.

Digamos que nadie se va a volver un sujeto racional y ordenado hoy en día por leer a Kant. Es sabido que nuestras vidas no van a ser ordenadas por incorporar a nuestros hábitos lecturas de filósofos y sociólogos de todo tipo (y de hecho, si fuera así, sería una vida lamentable, deprimente, para nada satisfactoria). Es por eso que ante alguna futura confusión, ante alguna mínima dificultad de lectura, siempre va a estar, por supuesto, el género autoayuda. Ese género que sirve para alivianar toda reflexión compleja y difícil de bajar a tierra. Quién puede necesitar al viejito Platón cuando el maduro y apuesto Daniel Goleman nos enseña y nos exige la (insoportable) inteligencia emocional para vivir mejor. 

Y acá llegamos a la parte más importante. Parece que Japón no solo dio nombres relevantes de la cultura universal como Akira Toriyama, Haruki Murakami, Yasunari Kawabata y Akira Kurosawa. La nueva creación made in Japón es Marie Kondo, una persona realmente encantadora, que aparece en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista Time. Pero el presente ensayo no se va a encargar de hablar de su personalidad.

Marie Kondo provocó un boom con sus consejos prácticos para ordenar el espacio domestico. Consejos en donde el factor afectivo y el orden de las cosas confluyen de una manera armoniosa. Porque la vida, para la autora, está llena de objetos que nos atan emocionalmente y mantenerlos desordenados por toda la casa es como una avalancha de oscura materia emocional que nos vuelve infelices. Hay que tirar. Desechar lo que no sirve, lo que no provoca ningún sentimiento. Esa es una de las primeras reglas de Kondo (en total son nueve, al resto la pueden buscar por internet). Los espacios que nos rodean están ahí, alrededor nuestro, para ser espacios productivos, efectivos y bien vistos. Esa es la teoría que propone Kondo como una suerte de fordismo del feng shui. Los muebles no pueden almacenar mucha ropa. Las estanterías no deben tener apilados muchos libros. En el mágico orden de Marie Kondo predomina la practicidad, tal cual el capitalismo siempre se empeñó en promulgar, y que no está mal al menos que de esa supuesta practicidad dependa tu estado emocional. 

Por lo tanto, lo mejor es tener pocos objetos dando vuelta por tu casa y quedarse solo con lo esencial. Kondo mezcla lo mejor del feng shui con lo peor de la literatura de autoayuda y crea un libro (La magia del orden, entre otros) y una serie (por supuesto, sacada por Netflix) que se vuelven instantáneamente una tendencia mundial. Pero ese supuesto boom, en vez de ser una explosión liberadora que desparrame todo por todos lados, es un pufff aburrido que te convierte en una persona prolija y ordenada (y, como ordenada, feliz, muy, muy feliz…). Depender del orden de los objetos materiales que nos rodean para definir nuestra liberadora felicidad es, desde un primer momento, una idea tan seductora como simplona. Remodelo mi casa y los traumas toman el mismo orden pulcro y simétrico que los muebles y los calzoncillos en sus respectivos cajones. Como si el problema siempre hubiera estado ahí, al frente de nuestros ojos, todo este tiempo, ahí, justo ahí, en la forma con la que te relacionabas con tus remeras, con tus pantalones, con tus peluches.

El orden de los objetos materiales, para Marie Kondo, es sinónimo de orden en la vida interior. El orden es felicidad, es avena, es sano, es el eslabón que toda alma descarrilada y desordenada necesita para provocar un giro copernical que dé vuelta su existencia. El orden como paradigma popularizado, como fórmula que todo individuo debe llevar a cabo de manera sistemática, es quizás la clase de orden que más molesta. Digamos que el orden como seudoreligión es, como toda religión, opresivo. Una vida pendiente del orden no es una vida liberadora. Sobre todo en una sociedad de consumo en donde los avances tecnológicos y las novedades de la moda se vuelven cada vez más atractivos y la acumulación resulta inevitable.

Hace ruido que sigamos viendo en el orden la solución a todos nuestros problemas. Como si el orden en malas manos no hubiera provocado suficientes estragos. La supuesta magia del orden es simplemente eso: la magia de creer que todos nuestros problemas son mágicamente solucionados por cuestiones superficiales como ordenar la pieza. Porque, sí, por supuesto, la sensación de satisfacción es real. Ver el cambio de una pieza sucia a una pieza limpia es tan reconfortante como un buen plato de comida. Pero es realmente efímero. Y está bien que sea efímero. No vinimos al mundo para ordenar nuestra vida por medio de un orden práctico y productivo sino por un orden que vamos afianzando a lo largo del camino, con paciencia y reflexión.

Es fácil de visualizar que el orden de los objetos sigue formando parte de la superficie del problema. Es quizás una respuesta muy sencilla ver que todos nuestros problemas pueden ser solucionados con un poco de orden domestico. Nuestros problemas como seres humanos merecen mucha más complejidad, y mucho más tratamiento que eso, por muy doloroso que sea el padecimiento. Así que por el momento prefiero mantener mi biblioteca llena de libros (de mucho más de treinta libros)

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