Más argentinos que el dulce de leche: los Ramones y Los Simpsons

[Ramones. Los Simpsons. Argentinidad. Rock barrial. Obras Sanitarias. Estadio Monumental. Fans. Coca Cola. Colección de tapitas. Telefe. Memes. Springfield]

por Guido Rusconi (@KamaronBombay)

Cuando era chico y todavía no me interesaba plenamente por la música, el nombre Ramones me sonaba a algo familiar, a algo local. Al ser Ramón un nombre más común en países de habla hispana, imaginaba que esta banda de flacuchos pelilargos pertenecía a nuestro ecléctico rock nacional. Además siempre se les decía “los Ramones”, así que no había duda: eran argentinos. Años después me desayuné con que no sólo no eran argentinos sino que tampoco eran contemporáneos ya que su época dorada -los 70- había quedado atrás mucho tiempo antes de que naciera.

No obstante, mi confusión infantil tenía cierta fundamentación. Los Ramones, después de todo, son casi palabra santa en la música nacional, siendo tan influyentes en el movimiento punk vernáculo y en lo que sería el denominado “rock barrial” y la construcción del estereotipo del rollinga, casta que dominaría la escena rockera durante la década de los 90. Por lo tanto, cada recital que daban en el país (y fueron muchos) consistía realmente en una ceremonia que era atendida por mucha más gente de la que la banda neoyorquina acostumbraba. Entre 1987 y 1996, los Ramones tocaron un total de 25 veces en suelo argentino, y si bien la mayoría de aquellos recitales fueron en el estadio Obras Sanitarias, también trascendieron los límites de la ciudad capital para dar shows en Mar del Plata, Rosario y Bahía Blanca, una rareza en esa época. Incluso, y quizás como dato más representativo de la fascinación argentina por la banda, nuestro país fue elegido como lugar para el cierre de su gira de despedida “Adiós amigos!”, en el estadio Monumental. Si bien la historia de ese recital (o al menos lo relativo a su previa) es conocida, siempre es necesario recordarla para quienes no estén familiarizados con ella.

Corría marzo del 96 y la empresa Coca-Cola no tuvo mejor idea que lanzar una promoción en la que se podía canjear cinco tapitas por una entrada para el recital. Días antes del show se armó un verdadero caos en el microcentro porteño, dado que al ver que no tenían suficientes entradas para todos, Coca Cola se echó para atrás y anunció que ya no las entregaría más. Los destrozos y corridas en Florida y Lavalle no se hicieron esperar. Fanáticos de la banda sosteniendo bolsas enteras con 100 o 200 tapitas empezaron a destrozar vidrieras y saquear negocios reclamando aquello que les pertenecía. Finalmente, luego de que se reestableciera el orden, el centro de canje fue trasladado lejos del centro de la ciudad y los ramoneros pudieron adquirir sus entradas a cambio de pedazos de plástico.

¿Entonces qué es lo que hizo que los Ramones se sintieran tan a gusto en Argentina? ¿Por qué acá llenaban estadios, mientras que en otros países (incluido su lugar de origen), apenas tocaban para un centenar de personas? ¿Cuál es la razón para que Marky Ladrone (perdón, Marky Ramone) se pusiera una heladería en Buenos Aires? Quizás uno de los motivos sea que el público joven argentino de los 80 y los 90 se vio identificado con los músicos de la banda: esa imagen de adolescentes eternos, con cierta rebeldía pero nunca desde una perspectiva totalmente anárquica (sensación que mejor podría transmitir una banda como los Sex  Pistols). Los Ramones -y más aún su líder Jeffrey Hyman, mejor conocido como Joey Ramone – encarnaban a la perfección el sentimiento de juventud eterna, de querer abandonar nuestras responsabilidades como en el video de Rock N’ Roll High School e irnos a tomar una birra con nuestros amigos. La música de los Ramones, así como sus integrantes, tuvo la particularidad de no madurar nunca (y esto es un halago en realidad), y así pudieron mantener esa iconicidad por la que son recordados hoy en día. En épocas donde la juventud argentina se vio obligada a crecer repentinamente debido a la coyuntura sociopolítica, las canciones de los monchos sirvieron como un elixir de la juventud y el agradecimiento del público argentino se tradujo en una admiración hacia la banda inédita en otros países.

Pero volviendo al episodio del recital del 96 y las tapitas, la histeria colectiva del evento me hizo pensar en que los argentinos no solamente adoptamos a los Ramones como propios, sino también a otro producto nacido en Estados Unidos: Los Simpson.

Esto no constituye ninguna novedad, pero la serie animada tiene en nuestro país una fanbase que a partir de incesantes repeticiones en Telefé ha aprendido cada uno de los diálogos de todos los capítulos (al menos de los que valen la pena, digamos las primeras 11 temporadas). Y la cosa no termina ahí, ya que la identificación simpsoniana-argentina es de una naturaleza casi simbiótica. Hoy en día es muy común entrar en Facebook, Twitter o Instagram y encontrar páginas y cuentas enteras dedicadas a memes de la serie que comentan sobre la situación actual del país, ya sea en cuanto a lo económico, lo político, o lo cultural (en especial en lo que refiere al mundo del fútbol).

Esta identificación nacida del fanatismo, hizo que la serie y sus personajes se volvieran universales. En cierto sentido, esa fue la intención de Matt Groening al nombrar Springfield la ciudad donde vive la familia, dado que es un nombre que varias ciudades comparten en el país norteamericano. Y al no especificar a qué estado pertenece (cuestión con la que a menudo se bromea en el programa), se puede considerar a la familia Simpson y a su amplio abanico de vecinos y conciudadanos como una representación del yanqui promedio. Y aquí es donde la identificación de nuestro pueblo hace mella, con la gente de Springfield como sociedad, no con la estupidez supina pero adorable de Homero, o con la rebeldía juvenil de Bart, sino con todo el amplísimo elenco que las serie nos presenta.

Por supuesto, esto no quiere decir que un argentino sea similar a un estadounidense, pero la idiotez colectiva que con frecuencia vemos en los habitantes de Springfield funciona como un espejo con el cual podemos reírnos de nuestras desgracias cotidianas (que no son pocas). Los ejemplos sobran: en el lema de la oficina del alcalde Diamante se puede leer la frase (en un latín apócrifo) “corruptus in extremis”; y es sabido que la corrupción política es algo inherente a nuestra sociedad, sin importar qué partido acuse a cuál de haber robado más o menos millones. Empresarios inescrupulosos como el Sr. Burns también abundan entre nosotros, así como fanáticos religiosos a lo Flanders, policías ineficientes como el Jefe Górgori, y la lista sigue. Sin embargo es cuando todos estos personajes se unen en una turba iracunda que la homologación se completa. Si hay escenas dantescas, dickensianas o hitchcockianas, aquella de los fanáticos de los Ramones provocando destrozos varios por no poder conseguir sus entradas es sin duda simpsoniana en su mayor expresión.

Más allá de estas conjeturas, ¿cuál es realmente la esencia del ser nacional? A principios del siglo XX, con la llegada del primer centenario del país, se dio lugar a una ola de nacionalismo intolerante en la sociedad argentina a raíz del aluvión inmigratorio que provenía de las zonas más pobres de Europa. Con la ayuda de autores como Leopoldo Lugones, se reivindicó la figura del gaucho (apoyándose en el poema de José Hernández El gaucho Martín Fierro) como arquetipo del ser argentino, cuando cincuenta años antes constituía una casta perteneciente a los márgenes de la población. Ya pasado más de un siglo de este hecho, las cosas han cambiado drásticamente. Ya no se piensa al argentino como una figura unívoca y cristalizada poco propensa al cambio. La influencia de las sucesivas inmigraciones durante el siglo XX y el posterior advenimiento de elementos como la televisión, la música y la internet hicieron que la “argentinidad” sea en realidad una quimera, una mezcla de diversos factores y contextos provenientes de todas partes del mundo y que nos convierten en personas que no se arraigan tanto en una tradición social y cultural, sino en una universalidad que es capaz de adaptarse constantemente.

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