Masturbación femenina: una carta de amor a la revolución

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“Todo en la vida trata sobre el sexo, excepto el sexo.
El sexo se trata sobre poder”
Oscar Wilde

por Mili Pasquini (@ibuprof3n0)

Los mandatos sociales atraviesan todos los aspectos de nuestra vida. Extienden su moral represiva sobre nuestros genitales, fantasías, placeres, cuerpos, sexualidad y sobre cómo experimentamos cada uno de ellos.

La sociedad y sus imposiciones se meten hasta en nuestras camas. Lo heterosexual, occidental y patriarcal es nuestra norma vigente.

El sistema nos entrega una lista de qué cosas podemos y no hacer con nuestra sexualidad, para que esta se desarrolle de manera funcional a él. Cuando se nace mujer, la lista se convierte en un discurso, al que debemos escuchar y educadamente respetar. Pero hasta en el discurso dirigido a nosotras: el eje es masculino, el sujeto principal de la sexualidad es el varón.

Nuestros cuerpos están a servicio del goce y placer masculino. Nuestra “virginidad” se “pierde” cuando somos penetradas por un hombre. No hay sexo sin coito. Lo que se realice antes de la penetración es solo una “previa”. El sexo se termina cuando el hombre eyacula, porque su placer es el propósito. Si decidimos dejar de depilarnos no deberíamos quejarnos si a nuestra pareja le disgusta. Somos objeto de hipersexualización ante sus ojos partiendo de la naturaleza de tener una vagina. Ellos son los que “nos cogen” porque nosotras somos sujetos pasivos en el sexo, dispuestas para atender a sus necesidades y garantizar su satisfacción. La sexualidad es un lugar incómodo para la mujer, del que no podemos hablar en voz alta. Debemos disfrutar del sexo lo suficiente pero sin llegar a gozar de plena expresión y experimentación sexual, porque eso significaría desplazar demasiado al principal actor en esto: los hombres. ¿Las lesbianas? entre dos mujeres sólo hay ausencia del hombre.

Todo se resume a dos tipos de mujeres: la puta y la santa. Ambos tipos, hijas de la culpa y la vergüenza. Y estos, son sólo algunos de los interminables enunciados del discurso patriarcal.

“Ninguna mujer tiene un orgasmo limpiando el piso de la cocina”- Betty Friedan

“Dama en la calle, ama en la casa y puta en la cama” ¿alguna vez escucharon esta frase o sus variables? Yo sí, la primera vez que la escuché fue a los 15 años cuando un varón 2 años mayor que yo me dijo que la mujer perfecta se definía así. Me gustaría decir que mi respuesta fue larga y formada en las cosas que hoy sé, pero a esa edad y en esa situación solo pude atinar a reírme incómodamente. En el camino a casa no dejé de cuestionarme a mí misma con vergüenza y finalmente llegué a la conclusión de que nunca podría ser la mujer perfecta. No me entristeció para nada este descubrimiento, pero en las cuadras faltantes no sentí más que culpa, vergüenza y un poco de asco. Ya en mi habitación, en mi cama, en mi silenciosa y oculta intimidad, me masturbé. Al terminar me reí, me sentía más ligera y con cierto poder entre mis manos. Quería buscar al causante de mi disgusto y decirle que ya no me importaba el sexo, que un hombre nunca podría darme el placer que yo misma me daba, que no me importaba ser esa mujer perfecta porque me gustaba mucho más ser una mujer satisfecha. Obviamente no lo hice, en parte porque la vergüenza a nombrar mi sexualidad en voz alta seguía y también porque entendí que a él no le importaba mi placer. Así comencé a entender cómo un hombre tenía el poder de hacerme sentir inválida en mi propia experimentación sexual.

Con el tiempo, encontré más profundidad en aquella frase que a los 15 años me causó tanta confusión. La desintegré en sus tres partes:

  • Dama en la calle, las mujeres nos desenvolvemos bajo disciplinas de vestimenta, belleza y comportamiento para garantizar la comodidad de la virilidad. Si rompemos con la obediencia, los hombres se ven con la autoridad de recordarnos nuestro lugar. Por esto recibimos sus comentarios en la calle cuando vestimos algo que consideran demasiado tentador para sus incontrolables impulsos, cuando nuestros cuerpos no se amoldan a su belleza hegemónica o cuando caminamos solas. Deben recordarnos que tanto el hogar como el espacio público debe estar bajo su tutela. Ser una “dama” en la calle, es caminar bajo el umbral de la aprobación masculina.
  • Ama en la casa, el rol de la mujer en el hogar debe ser de artefacto reproductivo, realizada al ser madre y satisfecha con las reglas que su esposo imponga. Una ama de casa debe ser dócil, debe entregar su cuerpo de mujer para ser transformado en un cuerpo materno sobre el cual no tiene autoridad ni autonomía. La escritora Elsa López dice “El comienzo de un machista está en el hogar”. Si un hombre no puede demostrar su autoridad masculina en su propio hogar ha fallado ante sus pares.
  • Puta en la cama, por supuesto no puede faltar nuestros cuerpos como artefactos sexualizados, erotizados y cosificados para consumo masculino. Para ellos está bien si sos “puta” en sus camas, si ellos te nombran así es en una forma de llamarte “suya”, de declarar su propiedad. La pornografía ayudó mucho a difundir esta idea, en su discurso presenta el cuerpo de la mujer como objeto exclusivamente sexual, para deseo y consumo masculino.

El sexo es una expresión de poder falocéntrico. El sexo es propiedad de los hombres. Por eso la violación es un acto de sometimiento y la masturbación femenina un acto revolucionario: una mujer que estimula con sus propias manos al placer de su cuerpo, ha transgredido los límites entre los que tiene permitido andar.

Una mujer que tiene un orgasmo masturbándose, entiende que es un punto que marca un antes y un después en ella. Sabe que algo cambió y que no hay retorno. Es llegar a esa tierra prometida, que siempre pensó que eran puros mitos y leyendas que cuentan las chicas más grandes a escondidas en los baños del colegio. Una mujer que se masturba es una mujer que se nombra en mayúsculas, como sujeto activo y central de su sexualidad.

La curiosidad a nuestros cuerpos es cuestionar las “verdades” que nos dieron. Romper el primer mandato en el discurso: es poner el goce a servicio de nuestros cuerpos.

La masturbación femenina es quitarse la culpa, es perdonarse haber nacido con una vagina entre las piernas, es celebrar haber nacido con una vagina entre las piernas. Es un punto de consciencia de nuestro cuerpo como humano, y no como una fabricación cultural.

 

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