Matar a un loco de la calle

Autor: Federico Frittelli –@fedefrittelli

Hace un par de horas yo cenaba en lo de mi primo cuando me di cuenta que era tarde y que estaba totalmente a pata -ni yo ni él tenemos auto-; así que lo saludé, nos vemos en la semana, suerte con la rendida, saludo a los tíos y qué se yo. No hay más de cinco cuadras entre los dos departamentos. Pero, últimamente y gracias a nuestro gran amigo Ramón, la luminaria es pésima y casi me animaría a decir que hay más cuadras que postes de luz funcionales en ese trayecto.

El barrio se perdía con tanta oscuridad así que yo sólo podía sentirlo en la dureza de las baldosas, la mayoría de ellas quebradas. La experiencia y cierta regularidad en caminar hasta lo de mi primo me permitían esquivar los baches y puntas salientes más peligrosas.

Estaba a mitad de camino cuando sentí:

—Pst.

Me paré en seco, cagado hasta las patas como corresponde. “Ya fue, para qué quería un celular igual” pensé.

—Pst. Acá, Fede. O Fefo, como vos quieras.

— ¿Quién sos? –pregunté mientras giraba en mi eje para encontrar el origen de la voz.

—Acá, a tu derecha. Acá. … Eeeeeso. Acá estoy. ¿Me ves?

—Apenas. ¿Te conozco? ¿Qué querés?

Tirado en la vereda había un cuerpo inmóvil. Desde donde estaba parado yo, sólo se le veían nítidamente las piernas. Una especie de campera gris le cubría el pecho y la cara estaba totalmente irreconocible entre la negrura general. El tipo estaba acostado contra la pared de un edificio como un linyera. Si no me hubiera llamado antes, seguramente me lo hubiera chocado al caminar uno o dos pasos más.

—No me conoces, Fede. Yo a vos sí, obvio. Quiero que escribas mi historia. Vos sos escritor y necesito que escribas mi historia. Un cuentito, nada loco. Pero tiene que ser ficción, sí o sí, por eso te necesito a vos.

De más está decir que yo seguía paralizado por el cagazo y cuando le hablaba me temblaba la voz.

— ¿Me estás jodiendo? ¿Quién sos, boludo? Sos Pablo, ¿o no? Dejá de joder boludo tengo miedo posta.

—No, no sé quién carajo es Pablo. O ese Pablo al menos. No tengo un sólo nombre. Tengo todos los nombres al mismo tiempo. Todos los que fueron o son literatura, al menos. Mirá, no hay muchas maneras de explicar esto, así que te lo largo: yo vivo en carne propia todos los poemas y narraciones. Todo lo que se escribió en la historia, todo hermano, todo lo estoy viviendo en este preciso instante que estamos hablando. Y al mismo tiempo.

Entre el miedo y la confusión por el monólogo que me tiró, sólo pude preguntarle un tímido “¿Qué?”

— ¿Tenés un libro en la mochila Fede?

—Dejá de hablarme como si me conocieras, por favor.

— Es que te conozco, querido. Si supieras cuánto te conozco. Bueno, Señor Frittelli, ¿tiene usted o no tiene un libro en la mochila?

— Sí. Me parece que tengo “El túnel”, de Sábato.

— Obvio, claro, sí. Era imaginable. Abrilo en cualquier página que tenga un diálogo y leeme lo que dice uno de los personajes. Cualquiera.

Ahora miro hacia atrás y pienso que capaz me prendí en la huevada porque estaba recontra aliviado de que no me quisiera chorear la billetera ni el celu; pero qué cosa extraña la manera en que me dejé llevar y le hice caso. Abrí la página 36. Me acerqué la hoja hasta los ojos para ver bien las letras. Entonces leí:

“¿Por qué huyó?” dice…

— Dice Castel, sí. Y María le responde “No sé. También querría huir ahora”

— ¿Cómo hiciste eso? –le pregunté maravillado como un gil.

— Yo no hice nada, Fede –insistía con el apodo- te digo que María me lo está diciendo en este momento. A la cara. Y también soy María diciéndoselo a Castel. Y la gente en la Plaza mirándolos. Soy todo el universo del Túnel en este instante.

— ¿Y dónde está todo eso que estás viviendo entonces?

— No está en un lugar. No es tan simple. Para vos sería como tener miles de millones de cabezas, porque tu consciencia es única y focal. Esto que habla con vos es sólo una personificación de todo lo que soy: la forma que me deja bajar a este mundo y pedirte que me escribas. Pero en realidad estoy en todos esos universos ficcionales ahora mismo y en sucesión. Soy Oliveira en París y Oliveiraen Buenos Aires, ya y siempre. En todo momento. Soy un robot en Trantor y Aquiles en laIlíada, también el más pedorro de los soldados que Aquiles mató, también la lanza que usó para matarlo y también la punta de esa lanza. Todo vívido, todo tan lúcido como lo que vos ves y sentís ahora. ¿Me entendés?

— ¿Me estás diciendo que sos Dios, boludo?

— No. Dios es algo de lo que soy, no todo. Un personaje más. Uno de los más poderosos y de los más aburridos también. Pero no soy Dios. Soy un pobre tipo. De nene no era así. Era como vos, re normal. El portal se abrió en mí como a los cuatro años. Al principio eran todas fantasías para niños, hasta me hacía feliz ser Peter Pan y Robin Hood y el Patito Feo. Cuando empecé a morir fue muy duro. ¿Sabés lo que es morirse todo el tiempo hermano? No te acostumbras. Nunca. Porque no sabés lo que hay después, tampoco así. Cada vez que me muero siento el mismo vacío, como un grito de pánico sin aire ni sonido – un grito de puro músculo. Por eso me quiero morir para siempre. Cerrar el portal y morir. Saber lo que hay después. De paso te aviso: Dios (el de la Biblia, al menos), tampoco sabe. Es muy triste.

Era el loco más entretenido que me crucé en mi vida. Me gustaría haber visto al menos una esquina de su cara para poder acordarme mejor de ese momento en el futuro. Cuando terminó de hablar me tomé unos segundos para procesar todo lo que me decía y le pregunté:

— ¿Vos querés que escriba tu muerte? ¿Que te mate querés?

— Siempre fuiste rápido. Me gusta bastante ser vos, te tengo confesar. Sí, necesito que me mates. Que escribas que me muero. Y que se cierra el portal. Como si fuera un cuento. Automáticamente yo pasaría a vivirlo, porque es ficción. Entonces se cerraría el portal en mí y yo moriría dejando vaya a saber qué cuerpo. Capaz muera como un nene. Mi cadáver capaz sea un pibito, el que era cuando empezó todo.

— ¿Con qué nombre te mato?

— El que más te guste. Tenés el privilegio de nombrar a tu propio Dios.

—Te voy a poner Celestino. Celestino Ruiz. Así, bien borgeano.

— Como quieras. Es un nombre horrible y detestable pero si te ayuda a escribir, dale nomás.

— Está bien. Voy a escribir tu muerte. No me cuesta nada. A decir verdad estoy tan contento de que no hayas sido un choro que haría lo que me pidas de puro agradecido.

— ¡Un choro! –gritó- ¡Tenías miedo que te roben el celular y la billetera! –gritó de nuevo. Le dio un ataque de risa que debe haber despertado a todos los vecinos.- ¡Realmente no lo ves! ¡Es increíble! ¡No lo ve!

— ¿Ver qué?

— ¡Que todo esto es una farsa, Federico Frittelli, una farsa! ¡Una ficción, un cuento, una mentira! El celular, que pedazo de culiado. Cómo me hacés reír, boludo.

Ya me estaba dando miedo de nuevo así que lo saludé y empecé a caminar para mi departamento. Cuando llegué a la esquina escuché “No te olvides de matarme, hermano. No te olvides”. Después, silencio y oscuridad.

Llegué a casa. Sin pensarlo mucho agarré mi cuaderno y empecé a escribir lo que pasó hasta este mismo instante. Sí, llegamos al presente. Ahora me toca matar al personaje. Voy a tratar de hacerlo con solemnidad, a ver:

Celestino Ruiz no varió en un centímetro su posición en su última hora. Sus ojos que son todos los colores miraban, sin ver nada, la noche en penumbras. Con cierto goce revivió por última vez todas sus epopeyas, sus cobardías, sus nacimientos, sus garches, sus muertes y sus agonías y simplemente esperó el momento en que su escritor elegido le diera fin. En este, un momento como cualquier otro, colmado de toda la ficción y de todo lo que no es mundo en el mundo, Celestino Ruiz, aquel que nació, creció y se convirtió en todo lo que no es, en lo imposible y lo posible, aquel a través del cual viven todos los escritos, deja de existir. Como quien cierra una grieta, todos los personajes que están escribiéndose quedarán solamente escritos en el papel y jamás pasarán por aquel que ahora muere; y todas las historias que en él estaban contenidas y que ya habían atravesado el portal comienzan a borrarse, a desvanecerse como un sueño que se pierde de a poco al despertar y que si no se escribe queda en el olvido.

Federico Frittelli apoya la lapicera a un costado del papel y relee dos o tres veces el párrafo asesino. Lo domina una especie de combinación entre la satisfacción y el cansancio. Se lleva la mano a la cara para rascarse los ojos. Hace el movimiento y no siente nada: sus dedos han desaparecido. Mira al suelo pero no puede encontrarse los pies. Se acerca a un espejo y se encuentra desgarrado de inexistencia. Ve, al darse vuelta, que su departamento es ahora un vacío. Entiende entonces por qué Celestino sabía su nombre: él mismo era ficción, Celestino Ruiz también era él. Con terror, con un suspiro larguísimo de calma, piensa que alguien está escribiéndolo, que otro lo escribió en primera persona y que así como le dio el ser, ahora se lo reclama. Finalmente, Federico Frittelli entiende que yo, Federico Frittelli, estoy matándolo al hacerlo matar a Celestino, y se desvanece.

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